Nuestra cantora se llama Josefina. Quien no la ha oído no conoce la
potencia del canto. No hay nadie a quien no arrebate su canto: esto debe
valorarse porque nuestra raza, en general, no ama la música. La quietud
es nuestra música más querida. Nuestra vida es difícil, y no podemos
—siquiera cuando tratamos de desprendernos de todos los cuidados
diarios— elevarnos hasta cosas tan lejanas como la música.
Sin embargo, no nos quejamos: no llegamos a tanto, consideramos que
nuestra mayor virtud es una astucia práctica, que por cierto necesitamos
con extrema urgencia, y con la sonrisa de esa astucia solemos
consolarnos de todo, hasta de añorar la dicha que tal vez produce la
música (pero esto no sucede). Pero Josefina es la excepción: ama la
música y también sabe comunicarla: es única, y cuando nos deje
desaparecerá la música de nuestra vida, quién sabe hasta cuándo.
Suelo preguntarme qué sucede realmente con esa música. Puesto que
somos nulos para ese arte, cómo comprendemos el canto de Josefina (pero
Josefina niega nuestra comprensión, tal vez sólo creamos comprenderla).
La respuesta más simple sería que es tan grande la belleza de este
canto, que hasta los sentidos más torpes no pueden resistirla, pero esa
respuesta no satisface. Si así fuera debería tenerse, de inmediato y
siempre ante ese canto, la sensación de que en esa garganta resuena algo
que nunca se oyó antes y que podemos oír porque Josefina, y sólo ella,
nos capacita para oírlo. Pero justamente, según mi opinión, no sucede
así, no siento eso y no he notado que otro sintiera algo parecido. En
círculos íntimos, confesarnos abiertamente que el canto de Josefina no
es nada extraordinario como canto.
¿Es siquiera un canto? A pesar de que no sentimos la música tenemos tradiciones de canto.
Información texto 'Josefina la Cantora o el Pueblo de los Ratones'