(Memorias de un estreptococo)
Tuvimos que esperar más de dos meses. Nuestro hombre
tenía una ridícula prolijidad aséptica que contrastaba cruelmente con
nuestra decisión.
¡Eduardo Foxterrier! ¡Qué nombre! Esto fue causa de la vaga
consideración que se le tuvo un momento. Nuestro sujeto no era en
realidad peor que los otros; antes bien, honraba la medicina —en la cual
debía recibirse— con su bella presunción apostólica.
Cuando se rasgó la mano en la vértebra de nuestro muerto en disección
—¡qué pleuresía justa!— no se dio cuenta. Al rato, al retirar la mano,
vio la erosión y quedó un momento mirándola. Tuvo la idea fugitiva de
continuar, y aun hizo un movimiento para hundirla de nuevo; pero toda la
Academia de Medicina y Bacteriología se impuso, y dejó el bisturí. Se
lavó copiosamente. De tarde volvió a la Facultad; hízose cauterizar la
erosión, aunque era ya un poco tarde, cosa que él vio bastante claro. A
las 22 horas, minuto por minuto, tuvo el primer escalofrío.
Ahora bien; apenas desgarrada la epidermis —en el incidente de la
vértebra— nos lanzamos dentro con una precipitación que aceleraba el
terror del bicloruro inminente, seguros de las cobardías de Foxterrier.
A los dos minutos se lavó. La corriente arrastró, inutilizó y abrasó
la tercera parte de la colonia. El termocauterio, de tarde, con el
sacrificio de los que quedaron, selló su propia tumba, encerrándonos.
Al anochecer comenzó la lucha. En las primeras horas nos reprodujimos
silenciosamente. Éramos muchos, sin duda; pero, como a los 20 minutos,
éramos el doble (¿cómo han subido éstos, los otros?) y a los 40 minutos
el cuádruple, a las 6 horas éramos 180.000 veces más, y esto trajo el
primer ataque.
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