Entré en el bar de Las Tres Cornejas huyendo de la
tormenta que estaba descargando en la calle e intercambié una mirada y
una sonrisa con la señorita Blank, un intercambio que se produjo con el
máximo decoro. Asusta pensar que la señorita Blank, si es que vive
todavía, habrá traspasado ya los sesenta. ¡Cómo vuela el tiempo!
Al verme mirar pensativo hacia el tabique de madera barnizada y hacia los cristales, la señorita Blank me animó cariñosamente:
—En el salón sólo están el señor Jermyn, el señor Stonor y otro señor al que nunca he visto.
Me encaminé hacia la puerta y pude escuchar a alguien que hablaba
al otro lado. —El tabique era de madera y la voz se elevó tanto, que las
última palabras pudieron escuchar con toda claridad y en todo su
horror:
—Ese tipo, Wilmot, le reventó materialmente los sesos, ¡y bien merecido que lo tenía!
Aquella inhumana declaración ni siquiera logró —puesto que no había
en ella nada que fuera blasfemo ni indecoroso— apaciguar el ligero
bostezo que la señorita Blank intentaba tapar con la mano y se quedó
abstraída, mirando cómo se deslizaba la lluvia por los cristales.
Cuando abrí la puerta del salón la voz prosiguió con la misma entonación cruel:
—Me alegré cuando me dijeron que al fin alguien había acabado con
ella, aunque sí lo sentí mucho por el pobre Wilmot. Fuimos buenos
camaradas en su época, aunque como es lógico aquello fue su fin. Era un
caso claro como hay pocos. No tenía solución posible. Absolutamente
ninguna.
Información texto 'La Bestia'