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etiqueta: Cuento fecha: 30-10-2020


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El Dolor de Pedro

Rufino Blanco Fombona


Cuento


Era la media noche. Pedro acababa de matar la luz de su lámpara. Los cuadros, las efigies galantes, adorno de las paredes; la bujía de cera roja del velador; el mármol resplandeciente del aguamanil; los volúmenes, de tafilete bruñido y lustroso; cuanto era sonrisa de la luz, en la estancia, cuanto devolvía el beso de oro de la lámpara en nota luminosa, entraba en la obscuridad. La habitación, paramentada de sombra, yacía en la mudez. La luz no cantó más su canto de notas risueñas. En el centro del dormitorio, Pedro, en pie, parecía una estatua cubierta de un paño fúnebre.

Y el joven entró en el lecho, y se arrebujó en las frazadas, gustoso de respirar aquel ambiente de soledad bienhechora.

Apenas reclinaba la frente, satisfecho de sí mismo, aquella noche consagrada al estudio, apenas oreaba sus párpados el ala del sueño, cuando escuchó un ruidecillo. Se puso á oír: el ruidecillo era como de patas de mosca sobre una cuartilla de papel; como de un vuelo susurrante de cínife; como de enjambre de hormigas arrastrando un ala de mariposa.

Y desde el propio lecho acechó el sitio del rumoreo. En una pata del escritorio que simula una garra de león, miró lucir una chispa como de astro, intensa, de luz amable y generosa.

Pedro creyó ver un brillante, rico regalo de algún duende; pensó que alguna hada munífica le hacía, por manera curiosa, aquel gentil presente. Pero el diamante comenzó á titilar como un Véspero, al pie del escritorio, y temblante, movía su luz bajo la zarpa de caoba.

Pedro comprendió que mal podía ser un diamante la lucecilla vivaz y móvil. Y encendió la bujía de cera encarnada.

Entonces pudo ver una cosa épica. En una red de araña, de tenue urdimbre gris, un gusano de luz, un cocuyo, se debatía prisionero, acometido por inmunda cucaracha.

Pedro se llenó de piedad y de ira.


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Publicado el 30 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Confesión del Tullido

Rufino Blanco Fombona


Cuento


Así es Caracas.

Los hombres corren la ciudad en coche, de tarde, porque las tardes allí son dulces y doradas. A esa hora el sol poniente pincela de áureos matices la frente de las montañas vecinas; el aire se transparenta más, el cielo viste su más claro azul.

En ventanas y balcones se apiñan hermosuras, ávidas de ver y de ser vistas. Por entre las rejas salen volando, á veces, ráfagas de música. La música del país es muelle, enamorada y voluptuosa; pero no tan voluptuosa, tan enamorada, ni tan muelle como esa otra armonía que se desprende, á raudales, de los contornos del seno, de las caderas lascivas, de los brazos y gargantas de las bellas hijas del país.

Es la hora de los enamorados la tarde.

Y pasa el amador delante de la ventana de la hermosa, llevándose una mirada recogida al trote del carruaje, mirada elocuente y que fascina, mirada prometedora de dulzuras para la cercana prima noche, cuando él se plante al pie de la reja misma á murmurar su amor.

Una mujer había, la más bella de todas, que encastillada en su hermosura espléndida, no quiso rendir á nadie la fortaleza de su corazón.

Admirarla era casi un deber. Un poeta hizo un tomo de madrigales para ella: madrigales á sus ojos, madrigales á sus manos, madrigales á su boca.

Sin número de amadores hacía la ronda á su puerta; ó pasaban de tarde por frente á su ventana á rendirle, sumisos, tributo de admiración.

Pero uno se distinguía entre los fieles de la diosa.

Este no corría en carretela, ni pasaba gentilmente, sino que se plantaba, en una silla rodante, en toda la esquina. Era un joven, paralítico. Se decía de él, sin razón, que era fatuo; y ninguno ignoraba el amor del infeliz.

Yo ardí en deseos de saber qué pasaba en el corazón de aquel mísero, á quien el infortunio baldó el cuerpo y no el alma.


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Publicado el 30 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Las Misas de Lima

Daniel Riquelme


Cuento


Paralela y cosida a la campaña por la patria, cada roto se fue haciendo pro domo sua, otra no menos gloriosa a todo lo largo del camino que corrió en tierras del Perú —particularmente en aquella Lima tan deseada por ellos.

Todos han de recordar la frialdad con que circuló en Chile la noticia de la declaración de guerra con Bolivia.

«Del uno al otro confín», nadie se entusiasmó por tal cosa.

Como que faltaba sujeto, tanto para la saña que requiere una guerra como para todo aquello que cada cual cifra o divisa detrás de ella.

Hablando en plata, no abrigábamos la menor odiosidad contra Bolivia.

Pero se recordará, asimismo, que la escena popular cambió súbitamente cuando nuestras bandas militares atronaban las calles con la guerrera canción: ¡Nos vamos al Perú!

Y cuando se dijo: ¡A Lima! Y en los cuarteles se izaron banderas de enganche, todos vimos que los rotos, que ya parecían agotados, hervían a las puertas, ofreciendo la persona, y que cantando dejaban después la patria y cantando se tragaban las lenguas y penurias de la jornada, creciendo las ansias de ver a la gran sultana a medida que se acercaban a ella.

¡En Lima esperaban comer de ave...!

¿Quién podrá negar ahora que esas expectativas por cuenta privada no dieron a la campaña al Perú la popularidad que faltaba a la de Bolivia?

Bolivia no significaba más que tajos dados o recibidos.

El Perú quería decir Lima, y diciendo Lima, los rotos como que sentían pasar, tras de ligera niebla de batalla —ruidos de cuerdas, de faldas, de monedas y de copas; porque, al fin y al cabo, no solamente de pan viven los hombres—, aparte de que el corazón humano es lo suficientemente ancho para esconder pequeñas esperanzas a la sombra de nobles propósitos y de grandes deberes.


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Publicado el 30 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

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