Textos más vistos etiquetados como Cuento publicados el 31 de octubre de 2018 | pág. 2

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etiqueta: Cuento fecha: 31-10-2018


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En Manos de la Cocinera

Miguel de Unamuno


Cuento


¡Gracias a Dios que iba, por fin, a concluírsele aquella vacua existencia de soltero y a entrar en una nueva vida, o más bien entrar en vida de veras! Porque el pobre Vicente no podía ya tolerar más tiempo su soledad. Desde que se le murió la madre vivía solo, con su criada. Esta, la criada, le cuidaba bien; era lista, discreta, solícita y, sin ser precisamente guapa, tenía unos ojillos que alegraban la cara, pero… No, no era aquello; así no se podía vivir.

Y la novia, Rosaura, era un encanto. Alta, recia, rubia, pisando como una diosa, con la frente cara a cara al cielo siempre. Tenía una boca que daba ganas de vivir el mirarla. Su hermosura toda era el esplendor de la salud.

Eso sí, una cosa encontró en ella Vicente que, aunque ayudaba a encenderle el deseo, le enfriaba por otra parte el amor, y era la reserva de Rosaura. Jamás logró de ella ciertas familiaridades, en el fondo inocentes, que se permiten los novios. Jamás consiguió que le diese un beso.

«Después, después que nos casemos, todos los que quieras», le decía. Y Vicente para sí: «¡Todos los que quieras!… ¿No es este un modo de desdeñarlos? ¿No es como quien dice: “Para lo que me van a costar”?…». Vicente presentía que solo valen las caricias que cuestan.


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Dominio público
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Publicado el 31 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

Hilo de Aire

Luigi Pirandello


Cuento


Brillo de ojos, de pelo rubio, de bracitos, de piernitas desnudas, arranque de risa que, refrenado en la garganta, se expresa en risitas breves y agudas: aquella pequeña furia de Tittì entró, se acercó al balcón de la habitación para abrirlo.

Apenas pudo girar la manija: un rebudio áspero, ronco, como de fiera sorprendida en el hielo, la detuvo de pronto, hizo que se volviera, aterrada, para mirar en la habitación.

Oscuridad.

Los postigos del balcón se habían quedado entreabiertos.

Aún deslumbrada por la luz de la cual llegaba, no vio; sintió espantosamente en aquella oscuridad la presencia de su abuelo en el sillón: enorme estorbo envuelto en almohadas, en chales grises a cuadros, en mantas ásperas y peludas; hedor de vejez túmida y deshecha, en la inercia de la parálisis.

Pero no era aquella presencia la que la aterraba. La aterraba el hecho de que hubiera podido olvidar por un momento que allí, en la oscuridad de los postigos siempre cerrados, estaba el abuelo, y que había podido transgredir, sin considerarlo, la orden severísima de sus padres, expresada mucho tiempo atrás y que todos observaban siempre, es decir: no entrar en aquella habitación sin llamar a la puerta y una vez pedida licencia (¿cómo se dice?), «¿Me permites, abuelito?», así, y luego entrar muy despacio, de puntillas, sin provocar el mínimo ruido.
Aquel impulso inicial de risa murió enseguida en un jadeo, listo para transformarse en sollozos.

Entonces la niña, temblando y de puntillas, sin suponer que el viejo, acostumbrado a aquella penumbra oscura, la viera, creyéndose no vista, se acercó a la puerta. Estaba a punto de superarla, cuando el abuelo la llamó con un «¡Aquí!» imperioso y duro.


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Publicado el 31 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

La Casa de la Agonía

Luigi Pirandello


Cuento


Sin duda el visitante, al entrar, había dicho su nombre, pero la vieja negra renqueante que había venido a abrirle como una mona con delantal, o no había entendido o lo había olvidado. Así que desde hacía tres cuartos de hora, para toda aquella casa silenciosa él era, ya sin nombre, “un señor que espera ahí”.

“Ahí” quería decir en la sala.

En la casa, aparte de la negra, que debía de haberse encerrado en la cocina, no había nadie. El silencio era tal, que el pausado tictac de un antiguo reloj de pared, tal vez desde el comedor, se oía destacado en el resto de las habitaciones como el latido del corazón de la casa; y parecía que los muebles de cada una de las habitaciones, incluidas las más alejadas, gastados pero bien cuidados, un poco ridículos por su estilo ya pasado de moda, estuvieran también escuchándolo, bien seguros de que en aquella casa nunca sucedería nada y ellos, por lo tanto, seguirían siempre así, inútiles, admirándose o compadeciéndose mutuamente, o mejor incluso dormitando.

Los muebles tienen también su alma, sobre todo los viejos, un alma que les viene de los recuerdos de la casa donde han pasado tanto tiempo. Para darse cuenta, es suficiente poner entre ellos un mueble nuevo.

Un mueble nuevo está todavía sin alma, pero ya, por el solo hecho de haber sido elegido y comprado, con el deseo imperioso de tenerla.

En cuanto llega, se ve que los muebles viejos lo miran mal: lo consideran un intruso pretencioso que aún no sabe nada y nada puede decir, pero entretanto se hace quién sabe qué ilusiones. Ellos, los muebles viejos, ya no se hacen ninguna, y eso los entristece: saben que con el tiempo los recuerdos empiezan a debilitarse y, con ellos, también su alma poco a poco se debilitará. Y se quedan así, descoloridos si son de tela, oscurecidos si de madera, también ellos silenciosos.


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Publicado el 31 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

Restauración de la Bóveda Celeste

Lu Sin


Cuento


I

Nü-wa se ha despertado sobresaltada. Acaba de tener un sueño espantoso, que no recuerda con mayor exactitud; llena de pena, tiene el sentimiento de algo que falta, pero también de algo que sobra. La excitante brisa lleva indolentemente la energía de Nü-wa para repartirla en el universo.

Se frota los ojos.

En el cielo rosa flotan banderolas de nubes verde roca; más allá parpadean las estrellas. En el horizonte, entre las nubes sangrientas, resplandece el sol, semejante a un globo de oro que gira en un flujo de lava; al frente, la luna fría y blanca parece una masa de hierro. Pero Nü-wa no mira cuál de los astros sube ni cuál desciende.

La tierra está vestida de verde tierno; hasta los pinos y los abetos de hojas perennes tienen un atavío fresco. Enormes flores rosa pálido o blanco azulado se funden en la lejanía en una bruma coloreada.

—¡Caramba! ¡Nunca he estado tan ociosa!

En medio de sus reflexiones, se levanta bruscamente: estira los redondos brazos, desbordantes de fuerza, y bosteza hacia el cielo, que de inmediato cambia de tono, coloreándose de un misterioso tinte rosa carne; ya no se distingue dónde se encuentra Nü-wa.

Entre el cielo y la tierra, igualmente rosa carne, ella avanza hacia el mar. Las curvas del cuerpo se pierden en el océano luminoso teñido de rosa; sólo en el medio de su vientre se matiza un reguero de blancura inmaculada. Las olas asombradas suben y bajan a un ritmo regular, mientras la espuma la salpica. El reflejo brillante que se mueve en el agua parece dispersarse en todas partes sin que ella note nada. Maquinalmente dobla una rodilla, extiende el brazo, coge un puñado de barro y lo modela: un pequeño ser que se le parece adquiere forma entre su dedos.

—¡Ah! ¡Ah!


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Publicado el 31 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

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