1. La Estación de Yucca
Una pequeña estación, con la pintura herrumbrosa y agrietada por el
sol ardiente —al otro lado de la vía férrea, algunas cabañas de adobe y
unas cuantas casas de madera—, así era la Estación de Yucca, expuesta al
calor en medio del desierto que se extendía de un extremo al otro del
horizonte.
Al Lyman recorría el apeadero a la sombra poco abundante y sofocante
de la pequeña estación, con sus botas barnizadas crujiendo sobre la
gravilla. El tal Lyman era un hombre bajo, de hombros estrechos y
caídos; la vestimenta mugrienta, barata, el producto típico de los
barrios bajos de una gran ciudad. La nariz ganchuda, como el pico de un
depredador, con los ojos penetrantes, apestando a mercachifle a una
legua de distancia.
Su sustento andaba a su lado... Spike Sullivan, conocido por los
habituales de la Sala Atlética de la calle Barbary. Gigantesco, con los
hombros como los de un buey, manos gruesas y caídas a lo largo del
cuerpo, medio abiertas, como las de un simio, cubiertas de pelos
hirsutos y negros. Un rostro ceñudo, mandíbula prominente, ojos negros y
de mirada estúpida. Al igual que Lyman, desentonaba en aquel decorado, y
su verdadero nombre no sonaba muy parecido a Sullivan.
Miraba a su alrededor mientras seguía lentamente a Lyman... los dos
hombres se movían porque, en aquel horno, era más soportable hacerlo que
permanecer inmóviles. Sullivan frunció el ceño hacia la minúscula
ciudad que se extendía al otro lado de las vías férreas, hacia el hombre
apenas visible que estaba en la sala de espera, hacia el chucho tumbado
debajo de un banco junto al muro de la estación.
El perro despreció la mirada del hombre. Se estiró y salió de debajo
del banco, agitando la cola. Sullivan le apartó con un irritado
juramento. Su gruñido rabioso retumbó en el silencio; el hombre de la
sala de espera se acercó a la puerta y miró con frialdad a los
extranjeros.
Información texto 'Puños del Desierto'