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Un Tribunal Literario

Benito Pérez Galdós


Cuento


I

"Me gustaría enteramente sentimental, que llegase al alma, que hiciera llorar... Yo cuando leo y no lloro, me parece que no he leído. ¿Qué quiere usted? yo soy así, — me dijo el duque de Cantarranas, haciendo con los gestos frente, boca y narices uno de aquellos nerviosos que le distinguen de los demás duques y de todos los mortales.

— Yo le aseguro a usted que será sentimental, será de esas que dan convulsiones y síncopes; hará llorar a todo el género humano, querido señor duque, — le contesté abriendo el manuscrito por la primera página.

— Eso es lo que hace falta, amigo mío: sentimiento, sentimiento. En este siglo materialista, conviene al arte despertar los nobles afectos. Es preciso hacer llorar a las muchedumbres, cuyo corazón esta endurecido por la pasión política, cuya mente está extraviada por las ideas de vanidad que les han imbuido los socialistas.

Si no pone usted ahí mucho lloro, mucho suspiro, mucho amor contrariado, mucha terneza, mucha languidez, mucha tórtola y mucha codorniz, le auguro un éxito triste, y lo que es peor, el tremendo fallo de reprobación y anatema de la posteridad enfurecida.

Dijo; y afectando la gravedad de un Mecenas, mirome el duque de Cantarranas con expresión de superioridad, no sin hacer otro gesto nervioso que parecía hundirle la nariz, romperle la boca y rasgarle el cuero de la frente, de su frente olímpica en que resplandecía el genio apacible, dulzón y melancólico de la poesía sentimental.


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33 págs. / 58 minutos / 355 visitas.

Publicado el 1 de diciembre de 2016 por Edu Robsy.

El Difunto

José María Eça de Queirós


Cuento


I

En el año 1474, tan abundante en mercedes divinas para toda la cristiandad, reinando en Castilla el rey Enrique IV, vino a habitar en la ciudad de Segovia, en donde había heredado huertos y moradas, un joven caballero, de limpio linaje y gentil parecer, que se llamaba don Ruy de Cárdenas.

Su casa, legado de un tío, arcediano y maestro en cánones, quedaba al lado y en la sombra silenciosa de la iglesia de Nuestra Señora del Pilar; y enfrente, más allá del atrio, donde cantaban los tres chorros de un chafariz antiguo, erguíase el oscuro palacio de don Alonso de Lara, hidalgo de riquezas dilatadas y maneras sombrías, que ya en la madurez de la edad, todo grisáceo, desposárase con una joven citada en Castilla por su blancura, por sus cabellos del color de la aurora y por su cuello de garza real. Don Ruy había sido apadrinado, al nacer, por Nuestra Señora del Pilar, de quien siempre se conservó devoto y fiel servidor; aunque siendo de sangre brava y alegre, gustábanle las armas, la caza, los salones galantes, y por veces, las noches ruidosas de taberna con dados y pellejos de vino. Por amor, y por las facilidades de la santa vecindad, adquiriera la piadosa costumbre, desde su llegada a Segovia, de visitar todas las mañanas a su celestial madrina y de pedirla, a medio de tres Avemarías, la bendición y la gracia.

Al oscurecer, después de alguna ruda correría por campo y monte con los lebreles y el halcón, aún volvía, a la hora de las Vísperas, para murmurar dulcemente una Salve.

Y todos los domingos compraba en el atrio, a una ramilletera morisca, algún atado de junquillos o claveles o rosas silvestres, que esparcía con ternura y cuidado galantes enfrente del altar de la Virgen.


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Dominio público
33 págs. / 58 minutos / 95 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

La Inocencia Castigada

María de Zayas y Sotomayor


Cuento


En una ciudad cerca de la gran Sevilla, que no quiero nombrarla, porque aún viven hoy deudos muy cercanos de don Francisco, caballero principal y rico, casado con una dama su igual hasta en la condición. Este tenía una hermana de las hermosas mujeres que en toda la Andalucía se hallaba, cuya edad aún no llegaba a diez y ocho años. Pidiósela por mujer un caballero de la misma ciudad, no inferior a su calidad, ni menos rico, antes entiendo que la aventajaba en todo. Pareciole, como era razón, a don Francisco que aquella dicha solo venía del cielo, y muy contento con ella, lo comunicó con su mujer y con doña Inés, su hermana, que como no tenía más voluntad que la suya, y en cuanto a la obediencia y amor reverencial le tuviese en lugar de padre, aceptó el casamiento, quizá no tanto por él, cuanto por salir de la rigurosa condición de su cuñada, que era de lo cruel que imaginarse puede. De manera que antes de dos meses se halló, por salir de un cautiverio, puesta en otro martirio; si bien, con la dulzura de las caricias de su esposo, que hasta en eso, a los principios, no hay quien se la gane a los hombres; antes se dan tan buena maña, que tengo para mí que las gastan todas al primer año, y después, como se hallan fallidos del caudal del agasajo, hacen morir a puras necesidades de él a sus esposas, y quizá, y sin quizá, es lo cierto ser esto la causa por donde ellas, aborrecidas, se empeñan en bajezas, con que ellos pierden el honor y ellas la vida.


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33 págs. / 57 minutos / 446 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

La Posada de las Dos Brujas

Joseph Conrad


Cuento


Este relato, episodio, experiencia —como ustedes quieran llamarlo— fue narrado en la década de los cincuenta del pasado siglo por un hombre que, según su propia confesión, tenía en esa época sesenta años. Sesenta años no es mala edad a menos que la veamos en perspectiva, cuando, sin duda, la mayoría de nosotros la contempla con sentimientos encontrados. Es una edad tranquila; la partida puede darse casi por terminada; y manteniéndonos al margen empezamos a recordar con cierta viveza qué estupendo tipo era uno. He observado que, por un favor de la Providencia, muchas personas a los sesenta años empiezan a tener de sí mismas una idea bastante romántica. Hasta sus fracasos encuentran un encanto singular. Y, desde luego, las esperanzas del futuro son una buena compañía, formas exquisitas, fascinantes si quieren, pero —por así decirlo— desnudas, prontas para ser adornadas a nuestro antojo. Las vestiduras fascinantes son, por fortuna, propiedad del inmutable pasado, que sin ellas estaría acurrucado y tembloroso en las sombras.

Supongo que fue el romanticismo de esa avanzada edad lo que llevó a nuestro hombre a relatar su experiencia para su propia satisfacción o para admiración de la posteridad. No fue por la gloria, porque la experiencia fue de un miedo abominable, terror, como él dice. Ya habrán adivinado ustedes que el relato al que se alude en las primeras líneas fue hecho por escrito.

Ese escrito es el Hallazgo que se menciona en el subtítulo. El título es de mi propia cosecha (no puedo llamarlo invención) y posee el mérito de la veracidad. Es de una posada de lo que vamos a tratar aquí. En cuanto a lo de brujas, es una expresión convencional y tenemos que confiar en nuestro hombre en cuanto a que se ajusta al caso.


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Dominio público
33 págs. / 57 minutos / 804 visitas.

Publicado el 12 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

Recuerdos de un Caballero Italiano

Stendhal


Cuento


Nací en Roma, de padres que ocupaban en esa ciudad una posición honrosa; a los tres años tuve la desgracia de perder a mi padre y, como mi madre, aún en lo más granado de la juventud, estaba dispuesta a contraer nuevo matrimonio, puso mi educación en manos de un tío que no tenía hijos. Este accedió de buen grado e incluso con entusiasmo; pues, como estaba decidido a convertir a su pupilo en devoto partidario de los curas, esperaba ejercer con provecho sus funciones de tutor.


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Publicado el 16 de abril de 2018 por Edu Robsy.

Miscelánea Japonesa

Lafcadio Hearn


Cuento


De una promesa cumplida

—Regresaré a comienzos de otoño —dijo Alcana Soyemon siglos atrás para despedirse de su hermano adoptivo, el joven Hasebe Samon. Esto sucedió en primavera, en la aldea de Kato, provincia de Harima. Alcana era un samurái de Izumo y quería visitar su tierra natal.

—Tu Izumo, el País de las Ocho Nubes Crecientes, está muy lejos. Así que quizá te resulte difícil prometer que vas a regresar en un día concreto. No obstante, saber el día exacto nos haría muy felices ya que podríamos preparar un banquete de bienvenida en tu honor y esperar en la puerta tu llegada.

—Bueno, en cuanto a eso —respondió Akana—, estoy tan acostumbrado a viajar que puedo decir con antelación cuánto tiempo tardaré en llegar a un lugar determinado; por eso puedo prometer con toda seguridad qué día estaré de vuelta. ¿Digamos para el día del festival Chōyō?

—Eso es el noveno día del noveno mes —dijo Hasebe—, cuando los crisantemos están en plena floración, así que podremos ir a contemplarlos juntos. ¡Estupendo! Entonces, ¿prometes regresar el noveno día del noveno mes?

—El noveno día del noveno mes —repitió Akana esbozando una sonrisa de despedida. Y dando grandes zancadas se marchó de la aldea de Kato, en la provincia de Harima mientras Hasebe Samon y la madre de Hasebe le decían adiós con lágrimas en los ojos.

«Ni el sol ni la luna», reza un antiguo proverbio japonés, «se detienen jamás en su viaje». Los meses pasaron veloces y llegó el otoño, la estación de los crisantemos. Y muy temprano en la mañana del noveno día del noveno mes, Hasebe se preparó para recibir a su hermano adoptivo. Organizó un gran festín con las mejores viandas, hizo traer vino, decoró el salón de visitas y puso en los jarrones de la alcoba crisantemos de dos colores. Cuando su madre lo vio, le dijo:


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Publicado el 3 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

El Valle Perdido de Iskander

Robert E. Howard


Cuento


I. El valle perdido de Iskander

Fue el chasquido furtivo del acero al rozar una piedra lo que despertó a Gordon. Bajo la débil luz de las estrellas, una forma sombría se alzó por encima de él y algo brilló en su mano levantada. Gordon reaccionó en el acto, como un resorte de acero que se libera. Su mano izquierda se alzó y detuvo el puño que descendía —apretando un curvo machete— y, simultáneamente, se levantó y cerró salvajemente la mano derecha alrededor de un cuello velludo.

Un gorgoteo ronco se estranguló en aquella garganta. Gordon, resistiendo las terribles coces de su adversario, pasó una pierna alrededor de la rodilla de la su asaltante, la levantó y le derribó al suelo. No se produjo el menor ruido, salvo algunos carraspeos y los golpes sordos que provocaron los dos cuerpos al caer estrechamente soldados. Como siempre, Gordon luchaba ferozmente y en silencio. Ningún sonido salió de los labios crispados del hombre que tenía inmovilizado bajo su cuerpo. Su mano derecha era retorcida por la presa de Gordon y la izquierda tiraba en vano de la muñeca cuyos dedos de hierro se hundían cada vez más profundamente en la garganta que apretaban. Aquella muñeca parecía una grapa de hilos metálicos cuidadosamente trenzados para los dedos que se iban debilitando al tiempo que intentaban aflojar su presa. Gordon mantuvo su posición de un modo feroz, pasando toda la fuerza de sus poderosos hombros y brazos, cuyos músculos sobresalían como sogas, a los dedos que apretaban. Sabía que era su vida o la del hombre que se había deslizado hacia él en la oscuridad para apuñalarle. En aquella región inexplorada de las montañas afganas, todos los combates eran a muerte. Los dedos que le laceraban fueron cada vez más débiles. Un temblor convulso recorrió el cuerpo arqueado bajo el del americano. Luego, se aflojó del todo y permaneció inmóvil.


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Publicado el 1 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

Los Perros de Rojiza Pelambre

Rudyard Kipling


Cuento


¡Por nuestras claras, límpidas noches,
por las noches de los rápidos corredores,
por el hermoso batir la selva, la vista
de largo alcance, por la buena caza,
por la astucia de resultados certeros!
¡Por el aroma matinal, que humedece
el rocío aun no evaporado!
¡Por el placer de ir tras las piezas
que con terror incauto locas huyen!
¡Por los gritos de nuestros compañeros
cuando al derrotado sambhur han cercado!
¡Por los riesgos de los excesos de la noche!
¡Por el grato y dulce dormir de día
a la entrada del cubil!
¡Por todo esto vamos a la lucha!
¡Muerte, guerra a muerte juramos!



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Publicado el 25 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

Historias de Fantasmas de Chapelizod

Joseph Sheridan Le Fanu


Cuento


Créame usted que no existe un pueblo antiguo, especialmente si ha conocido mejores tiempos, que no se adorne con leyendas de terror. Las mismas posibilidades tendría de encontrar un queso podrido sin ácaros, o una casa vieja sin ratas, o una ciudad antigua y en ruinas sin una auténtica población de duendes. Y aunque a los habitantes de este tipo no se les puede conducir ante las autoridades policiales, sin embargo, puesto que su conducta afecta directamente a la comodidad de los súbditos de su Majestad, no puedo por menos que considerar una grave omisión que hasta ahora no se le hayan proporcionado al público datos estadísticos sobre su número, actividad, etc., etc. Estoy persuadido de que una comisión que investigara, informando de ello, sobre la fuerza numérica, hábitos, lugares que frecuentan, etc., etc., los agentes sobrenaturales residentes en Irlanda, sería mucho más inofensiva y entretenida que la mitad de las comisiones por las que paga el país; y todo lo más resultaría igual de poco instructiva. Digo todo esto más por un sentido del deber, y para liberar mi mente de una importante verdad, que por cualquier esperanza de que esta sugerencia vaya a adoptarse. Pero estoy seguro de que mis lectores deplorarán conmigo el hecho de que la capacidad general de credulidad, y el ocio aparentemente ilimitado, de las comisiones parlamentarias de investigación nunca se hayan aplicado a este tema, y que la acumulación de estas informaciones se haya confiado al trabajo gratuito e inconstante de aquellos individuos que, como yo mismo, tienen otras ocupaciones que atender. Y todo lo anterior, sin embargo, no es sino una digresión previa.


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Publicado el 26 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

Kottō: Curiosidades Japonesas con Diversas Telarañas

Lafcadio Hearn


Cuento, leyenda


La leyenda de Yurei-Gaki

Cerca de la aldea de Kurosaka, en la provincia de Hōki, hay una cascada llamada Yurei-Gaki, o Cascada de los Fantasmas. El porqué de este nombre lo desconozco. Al pie de la cascada se alza un pequeño santuario sintoísta consagrado a la deidad local, a la cual los lugareños llaman Taki-Dairnyōjin; enfrente del santuario hay una pequeña caja de madera para las ofrendas —saisen bako— en la que los creyentes depositan sus óbolos. Y esa caja de ofrendas tiene su historia.

Una fría tarde invernal, hace ya treinta y cinco años, las mujeres y las muchachas empleadas en cierta asatoriba, una fábrica de cáñamo, en Kurosaka, se reunieron en torno al gran brasero de la sala de hilar una vez finalizada su jornada de trabajo y se entretuvieron contando historias de fantasmas. Llevaban ya una docena de relatos cuando la mayoría de ellas comenzaron a sentirse incómodas; una muchacha chilló para intensificar el placer del miedo:

—¡Imaginad tener que ir esta noche, en completa soledad, a la cascada de Yurei-Gaki!

Esta sugerencia provocó un griterío general seguido de un estallido de risas nerviosas…

—Le daré todo el cáñamo que he hilado hoy a la que vaya hasta allí —propuso burlona una del grupo.

—¡Yo también! —exclamó otra.

—¡Y yo! —dijo una tercera.

—¡Y todas nosotras también! —afirmó una cuarta.

Entonces, de entre las hilanderas, una tal Yasumoto O-Katsu, la mujer del carpintero, se puso en pie. A la espalda llevaba a su hijo, un pequeño de dos años, que dormía plácidamente envuelto en un chal ceñido al cuerpo de su madre.

—Escuchad —dijo O-Katsu—, si accedéis a darme todo el cáñamo que habéis hilado hoy, iré a Yurei-Gaki.


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32 págs. / 57 minutos / 141 visitas.

Publicado el 4 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

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