I
En la plaza se alzaba una enorme torre negra con gruesos muros de
fortaleza y raras ventanas. Había sido construida por
caballeros-bandidos; pero el tiempo habíales hecho desaparecer, y a la
sazón servía, en parte de prisión para criminales peligrosos, y en
parte, de vivienda. En el transcurso de los siglos se habían ido
añadiendo a la torre nuevos edificios, que se apoyaban contra el grueso
muro ó unos contra otros. Y poco a poco, la torre se había convertido en
una pequeña ciudad, asentada sobre una roca, con todo un bosque regular
de chimeneas, de torrecillas y de tejados.
Cuando la parte oeste del cielo se iluminaba con los rayos del sol
poniente, y brillaban luces en las ventanas, ora arriba, ora abajo, la
enorme masa de la torre adquiría contornos fantásticos; dijérase que a
sus plantas no se extendía un suelo ordinario, sino el mar, el océano
infinito. En tales momentos se pensaba, involuntariamente, en las edades
remotas, hacía tanto tiempo muertas y olvidadas.
En lo alto de la torre había un viejo reloj de enorme tamaño, visible
de muy lejos. Su mecanismo complicado ocupaba un piso entero. Le
cuidaba un buen anciano tuerto, lo cual le permitía mejor mirar con la
lupa. Como sólo tenía un ojo, habíase hecho relojero, y, antes de que se
le confiase el gran reloj, había arreglado no pocos pequeños. Junto al
enorme reloj se hallaba muy a gusto y visitaba con frecuencia, de día y
de noche, la habitación donde giraban las ruedas de la máquina y cortaba
el aire, con amplio y acompasado balanceo, el péndulo.
Al llegar al punto más alto, el péndulo decía:
—Así fué.
Luego caía, subía de nuevo, pero en sentido opuesto, y añadía:
—Así será. Así fué, así será. Así fué, así será.
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