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etiqueta: Cuento


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La Casa Tellier

Guy de Maupassant


Cuento


I

Se iba allá, cada noche, alrededor de las once, como se va a un café, simplemente.

Se encontraban seis a ocho, siempre los mismos, no eran juerguistas sino hombres honorables, comerciantes, jóvenes funcionarios de gobierno; tomaban su chartreuse alegremente con alguna de las muchachas, o bien charlaban seriamente con "Madame", a quién todos respetaban.

Luego se recogían a dormir antes de la media noche. Los jóvenes algunas veces se quedaban.

La casa era de familia, pequeñita, pintada de amarillo, en la esquina de una calle detrás de la iglesia de Saint—Etienne; por las ventanas, se veía la bahía llena de barcos que descargaban, el gran pantano salado llamado "La traba", detrás, el costado de la Virgen con su vieja capilla completamente gris.

Madame, provenía de una buena familia de campesinos del departamento del Eure, había aceptado esta profesión igualmente como hubiera sido modista o sirvienta. El prejuicio de deshonra asociado a la prostitución, tan violento y tan vivo en las ciudades, no existe en la campiña Normanda. El campesino dice: — Es una buena profesión — y enviarían a sus hijos a mantener un harem de mujeres como los enviarían a dirigir un internado de señoritas.

Esta casa, por lo demás, provenía de herencia de un viejo tío de la cuál era propietario. Monsieur y Madame, anteriormente proxenetas cerca de Yvetot, lo habían inmediatamente liquidado pensando que el negocio de Fécamp era más ventajoso para ellos; habían llegado una bonita mañana a tomar la dirección de la empresa que colapsaba en ausencia de sus dueños.

Eran buena gente, que se hicieron querer inmediatamente por su personal y sus vecinos.

El señor Tellier murió de un ataque dos años más tarde. Su nueva profesión lo mantenían entre la molicie y el sedentarismo, engordando demasiado, dañó su salud.


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30 págs. / 53 minutos / 123 visitas.

Publicado el 19 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

Creo en Dios

Antonio de Trueba


Cuento


I

Todavía con los ojos húmedos y el corazón agitado por las emociones que habla experimentado al penetrar en el hogar paterno tras una ausencia de veinte años, dejó la aldea nativa una tarde del mes de septiembre de 1859, y me dirigí a un valle cercano, lleno para mí de dulces memorias, como todos los de las nobles Encartaciones.

En el valle a donde me dirigía hay una ermita consagrada a la Virgen de la Consolación, y aquella ermita encerraba para mí recuerdos muy santos, porque mi madre encontraba allí consuelo en sus grandes aflicciones, y más de una vez me llevó asido de la mano al pie del altar de la Virgen, que yo, viéndola con un niño en los brazos, y no comprendiendo aún los misterios de la religión, amaba más por lo que tenía, de madre que por lo que tenía de santa.

Quería yo rejuvenecer aquellos santos recuerdos y dar gracias en aquel humilde templo a la madre de Dios, a cuya intercesión creía deber el haber vuelto a sentarme en el hogar de mis padres y el haber vuelto a postrarme en el templo donde recibí el bautismo.

No intentaré pintar aquí lo que sintió mi corazón cuando penetró en la ermita y cuando dobló la rodilla sobre aquella misma grada donde mi madre la dobló tantas veces, llorando de fe y de consuelo, porque todas estas impresiones, todas estas dulces y santas agitaciones de mi alma, están escritas en un libro que acaso nunca se publicará.

La ermita estaba más blanca, más limpia, más engalanada, más joven que yo la había dejado.

Así que recé y pasé una hora ante el altar, confundiendo en mi pensamiento la idea de Dios con los recuerdos de mi infancia, salí al pórtico de la ermita, donde, sentado en un poyo de piedra, se hallaba un anciano que me había facilitado la entrada en el templo.


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Dominio público
30 págs. / 53 minutos / 86 visitas.

Publicado el 26 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Misterio de Copper Beeches

Arthur Conan Doyle


Cuento


—El hombre que ama el arte por el arte —comentó Sherlock Holmes, dejando a un lado la hoja de anuncios del Daily Telegraph— suele encontrar los placeres más intensos en sus manifestaciones más humildes y menos importantes. Me complace advertir, Watson, que hasta ahora ha captado usted esa gran verdad, y que en esas pequeñas crónicas de nuestros casos que ha tenido la bondad de redactar, debo decir que, embelleciéndolas en algunos puntos, no ha dado preferencia a las numerosas causes célebres y procesos sensacionales en los que he intervenido, sino más bien a incidentes que pueden haber sido triviales, pero que daban ocasión al empleo de las facultades de deducción y síntesis que he convertido en mi especialidad.

—Y, sin embargo —dije yo, sonriendo—, no me considero definitivamente absuelto de la acusación de sensacionalismo que se ha lanzado contra mis crónicas.

—Tal vez haya cometido un error —apuntó él, tomando una brasa con las pinzas y encendiendo con ellas la larga pipa de cerezo que sustituía a la de arcilla cuando se sentía más dado a la polémica que a la reflexión—. Quizá se haya equivocado al intentar añadir color y vida a sus descripciones, en lugar de limitarse a exponer los sesudos razonamientos de causa a efecto, que son en realidad lo único verdaderamente digno de mención del asunto.

—Me parece que en ese aspecto le he hecho a usted justicia —comenté, algo fríamente, porque me repugnaba la egolatría que, como había observado más de una vez, constituía un importante factor en el singular carácter de mi amigo.


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30 págs. / 53 minutos / 149 visitas.

Publicado el 26 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

El Fuego de Asurbanipal

Robert E. Howard


Cuento


Yar Ali entornó los ojos lentamente mirando al extremo del cañón azulado de su Lee-Enfield, invocó devotamente a Alá y envió una bala a través del cerebro de un veloz jinete.

—¡Allaho akbar!

El enorme afgano gritó con júbilo, agitando su arma sobre la cabeza.

—¡Dios es grande! ¡Por Alá, sahib, he enviado a otro de esos perros al Infierno!

Su acompañante echó un vistazo cautelosamente sobre el borde de la trinchera de arena que habían excavado con sus propias manos. Era un americano fibroso, de nombre Steve Clarney.

—Buen trabajo, viejo potro —dijo esta persona—. Quedan cuatro. Mira, se están retirando.

En efecto, los jinetes de túnicas blancas se alejaban, agrupándose más allá del alcance de un disparo de rifle, como si celebraran un consejo. Eran siete cuando se habían lanzado sobre los dos camaradas, pero el fuego de los rifles de la trinchera había tenido consecuencias mortíferas.

—¡Mira, sahib, abandonan la refriega!

Yar Ali se irguió valientemente y lanzó provocaciones a los jinetes que se marchaban, uno de los cuales se volvió y envió una bala que levantó la arena un metro por delante de la zanja.

—Disparan como los hijos de una perra —dijo Yar Ali con complacida autoestima—. Por Alá, ¿has visto a ese bandido caerse de la silla cuando mi plomo alcanzó su destino? Arriba, sahib, ¡vamos a perseguirlos y acabar con ellos!

Sin prestar atención a la descabellada propuesta —pues sabía que era uno de los gestos que la naturaleza afgana exige continuamente— Steve se levantó, se sacudió el polvo de los pantalones y, mirando en dirección a los jinetes, convertidos ahora en manchas blancas en el remoto desierto, dijo con tono pensativo:

—Esos tipos cabalgan como si tuvieran algún objetivo definido en mente, no como corren los hombres que huyen de la derrota.


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30 págs. / 53 minutos / 239 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Banda de Lunares

Arthur Conan Doyle


Cuento


Al repasar mis notas sobre los setenta y tantos casos en los que, durante los ocho últimos años, he estudiado los métodos de mi amigo Sherlock Holmes, he encontrado muchos trágicos, algunos cómicos, un buen número de ellos que eran simplemente extraños, pero ninguno vulgar; porque, trabajando como él trabajaba, más por amor a su arte que por afán de riquezas, se negaba a intervenir en ninguna investigación que no tendiera a lo insólito e incluso a lo fantástico. Sin embargo, entre todos estos casos tan variados, no recuerdo ninguno que presentara características más extraordinarias que el que afectó a una conocida familia de Surrey, los Roylott de Stoke Moran. Los acontecimientos en cuestión tuvieron lugar en los primeros tiempos de mi asociación con Holmes, cuando ambos compartíamos un apartamento de solteros en Baker Street. Podría haberlo dado a conocer antes, pero en su momento se hizo una promesa de silencio, de la que no me he visto libre hasta el mes pasado, debido a la prematura muerte de la dama a quien se hizo la promesa. Quizás convenga sacar los hechos a la luz ahora, pues tengo motivos para creer que corren rumores sobre la muerte del doctor Grimesby Roylott que tienden a hacer que el asunto parezca aún más terrible que lo que fue en realidad.

Una mañana de principios de abril de 1883, me desperté y vi a Sherlock Holmes completamente vestido, de pie junto a mi cama. Por lo general, se levantaba tarde, y en vista de que el reloj de la repisa sólo marcaba las siete y cuarto, le miré parpadeando con una cierta sorpresa, y tal vez algo de resentimiento, porque yo era persona de hábitos muy regulares.

—Lamento despertarle, Watson —dijo—, pero esta mañana nos ha tocado a todos. A la señora Hudson la han despertado, ella se desquitó conmigo, y yo con usted.

—¿Qué es lo que pasa? ¿Un incendio?


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Publicado el 27 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

Laurette o el Sello Rojo

Alfred de Vigny


Cuento


I. Sobre el encuentro que tuve en el camino real

El camino real de Artois y de Flandre es largo y triste. Se extiende en línea recta, sin árboles ni cunetas, por campiñas planas y llenas de un barro amarillo en cualquier estación. En marzo de 1815, iba por aquel camino y tuve un encuentro que no he olvidado desde entonces.

Iba solo, a caballo, llevaba una buena capa, un casco negro, pistolas y un gran sable; llovía a cántaros desde hacía cuatro días y cuatro noches de marcha, y recuerdo que iba cantando la Joconde a voz en grito. ¡Era tan joven! La Casa del Rey en 1814 se había llenado de niños y de ancianos; el Imperio parecía haber tomado y matado a todos los hombres adultos.

Mis compañeros iban por delante, siguiendo al rey Luis XVIII; veía sus capas blancas y sus uniformes rojos en el horizonte, al norte; los lanceros de Bonaparte, que vigilaban y seguían nuestra retirada paso a paso, mostraban de vez en cuando el gallardete tricolor de sus lanzas, en el horizonte opuesto, al sur. Una herradura perdida había retrasado a mi caballo; era joven y fuerte, y como lo espoleaba para unirme a mi escuadrón, partió al trote; puse la mano en mi cinturón, suficientemente provisto de dinero, oí resonar la funda de hierro de mi sable sobre el estribo, y me sentí orgulloso y perfectamente feliz.

Seguía lloviendo y yo seguía cantando. Sin embargo, pronto me callé aburrido de no oír a nadie sino a mí, y a partir de entonces, sólo escuché la lluvia y los pies de mi caballo chapotear en el lodazal. Se acabó el pavimento de la carretera, y empezó a hundirse, por lo que hubo que ir al paso. Mis grandes botas estaban embadurnadas por fuera con una costra espesa de barro amarillo como el ocre, y por dentro se llenaban de agua. Miré mis entorchados dorados completamente nuevos, que eran mi felicidad y mi consuelo; estaban despeluznados por el agua, y aquello me afligió.


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Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

La Familia del Vourdalak

León Tolstói


Cuento


En el año de 1815 se reunió en Viena lo más distinguido en materia de erudición europea, espíritus brillantes de la sociedad y de enormes capacidades diplomáticas.

Cuando el Congreso concluyó, los monárquicos emigrados se preparaban para regresar definitivamente a sus castillos, los guerreros rusos a ver de nuevo sus hogares abandonados y algunos polacos partían a disgusto por tener que llevar con ellos su amor a la libertad a Cracovia, para ponerla bajo la triple y dudosa independencia que supuestamente habían logrado el príncipe Metternich, el príncipe de Hardenberg y el conde de Nesselrode.

Parecido al fin de un baile animado, la reunión hacía poco tiempo muy concurrida se redujo a un pequeño número de personas dispuestas al placer que, fascinadas por los encantos de las damas austriacas, se demoraban en cerrar el equipaje y postergaban su marcha.

Esta feliz sociedad, de la que yo formaba parte, se reunía dos veces por semana en el castillo de la señora princesa viuda de Schwarzemberg, a pocas millas de la ciudad, al lado de un pequeño burgo llamado Hitzing. Los buenos modales de la anfitriona del lugar eran realzados por la gentil amabilidad y la finura de su espíritu, y hacían deleitosa la estancia en su residencia.

Las mañanas estaban destinadas a dar paseos; merendábamos todos juntos, en el castillo o en los alrededores y, en la noche, sentados alrededor de un agradable fuego de chimenea, nos entreteníamos conversando y contando historias. Estaba estrictamente prohibido hablar de política. Ya habíamos tenido demasiado, y preferíamos los relatos de leyendas de nuestros respectivos países o de nuestras evocaciones.


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Publicado el 6 de junio de 2016 por Edu Robsy.

La Historia de la Vieja Niñera

Elizabeth Gaskell


Cuento


Ya sabéis, queridos míos, que vuestra madre era huérfana e hija única; y diría que también sabéis que vuestro abuelo era clérigo de Westmoreland, de donde soy yo. Yo era sólo una niña de la escuela del pueblo cuando, un día, vuestra abuela fue a preguntar a la maestra si tenía alguna alumna que sirviese para niñera; y me sentí muy orgullosa, os lo aseguro, cuando la maestra me llamó y explicó lo bien que se me daba la costura y que era muy seria y muy formal, hija de padres pobres pero muy respetables. Yo pensé que nada me gustaría más que servir a aquella joven y bella señora, que se ruborizaba tanto como yo al hablar del bebé que iba a tener y de lo que yo debería hacer con él. Pero creo que esta parte de la historia no os interesa tanto como la que creéis que ha de venir después, así que os la contaré ya. Me contrataron y me instalé en la rectoría antes de que naciese la señorita Rosamond (que era el bebé y es vuestra madre). La verdad es que yo tenía bastante poco que hacer con ella al principio, porque no se despegaba de los brazos de su madre y dormía a su lado toda la noche; y qué orgullosa me sentía a veces cuando la señorita me la confiaba. Jamás hubo un bebé igual ni antes ni después, aunque vosotros también habéis sido todos unos niños maravillosos; pero, en cuanto a modales dulces y encantadores, ninguno de vosotros se puede comparar con vuestra madre. Salió a su madre, que era de natural una verdadera dama, una Furnivall, nieta de lord Furnivall de Northumberland. Creo que no tenía hermanas ni hermanos y que se había criado en la familia de milord hasta que se casó con vuestro abuelo, que era sólo un párroco, hijo de un tendero de Carlisle (aunque fuese toda la vida un caballero inteligente y refinado), que trabajó de firme en su parroquia, la cual era muy grande y se extendía por los páramos de Westmoreland.


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Publicado el 19 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Cuentos para los Hombres que son Todavía Niños

Teresa Wilms Montt


Cuento


Mahmú

Mi muñeca, fea, desgarbada y triste, es una figura soñada bajo la influencia del hachish.

Es de esas muñecas, que arrancan de los labios infantiles una risa acariciadora, y el mejor sentimiento de bondad a sus almas puras.

Los niños quieren a sus juguetes feos, los compadecen; presienten ellos que la fealdad es un defecto inexcusable en la vida...

Mi muñeca larga, larga, como el bostezo de un hambriento, se llama Mahmú.

Sus anchos pies están calzados por lindos borceguíes castaños; dos poemas de zapatero viejo, que al coser los botincitos hilvanó en ellos sus últinías ilusiones...

Apoyada en el espejo del tocador me mira la muñeca, con sus ojos de jirafa mansa, fijos y brillantes como si llorasen silenciosamente.

—¿Qué tienes muñequita mía? ¿Por qué se humedecen tus ojicos?

Pobrecita, la traigo a mi cama, apretada entre los brazos, le arrullo, le canto, juego con su cabecita, destrenzando sus sedosos cabellos color de avellana.

Mi Mahmú es la única figura que, como yo, se asemeja a un ser humano; la única que conoce mi soledad.

De tanto mirarla, en mi ansia de ser comprendida, he traspasado un soplo de entendimiento a sus miembros de trapo. Me habla y dice: —Hace frío,¿verdad?

–Sí, hace frío —respondo.

—¿Y no hay sol? ¿Dónde estamos, Teresita?

—¡Ah muñequita! Este es tu país natal; no lo recuerdas porque al salir de aquí no tenías pensamiento. Reposabas muy tiesa dentro de una caja de cartón, acuñados los brazos con pajitas de arroz.

—Entonces ¿estaba muerta? —me dice con su vocecita nasal.

—Sí, muñequita, guardabas frío silencio; eras el ídolo de muchas criaturas que vislumbraron tu carita en las vidrieras de un almacén. Tú esperabas, sin imaginarte, que manecitas infantiles vendrían a darte calor, animación.

—Entonces ¿tú eres una niña?


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Publicado el 21 de marzo de 2020 por Edu Robsy.

El Mejor Hombre

Edith Wharton


Cuento


1

Había caído la tarde. Sólo el haz de luz proyectado por la lámpara del escritorio del gobernador Mornway rescataba de la oscuridad reinante su imponente corpulencia mientras se hallaba recostado en una cómoda butaca en la actitud relajada que solía adoptar a esa hora.

Cuando el gobernador de Midsylvania descansaba, lo hacía a conciencia. Cinco minutos antes había estado inclinado sobre la mesa de su oficina, como un Atlas con el peso del Estado sobre sus hombros. Ahora, concluidas sus horas de trabajo, ofrecía el aspecto de quien ha pasado el día holgazaneando a placer y se dispone a terminarlo disfrutando de una buena cena. Su indolencia atenuaba la crónica agitación de su hermana, la señora Nimick, la cual, fuera del círculo de luz de la lámpara, quedaba sumida en la acogedora penumbra de la chimenea. De vez en cuando, llamas con inquisitivos destellos iluminaban su rostro.

Por lo general la presencia de la señora Nimick no invitaba al descanso, pero la serenidad del gobernador no era de las que se perturban fácilmente. Se comportaba con el aplomo de quien sabe que hay un mosquito en la habitación pero se encuentra a salvo con el mosquitero echado por encima de la cabeza. Su calma se reflejó en el tono con el que, reclinándose hacia atrás para sonreírle a su hermana, comentó:

—Ya sabes que no voy a concertar ninguna cita esta semana.

Era el día posterior a la gran victoria reformista que, por segunda vez, había colocado a John Mornway al frente del Estado, un triunfo que hacía parecer insignificante la tremenda batalla de su primera elección. Ahora se arrellanaba en su asiento con la sensación de imperturbable placidez que sobreviene tras un esfuerzo recompensado.

La señora Nimick farfulló una disculpa:

—No entiendo… He visto en los periódicos de la mañana que se había elegido al fiscal general.


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Publicado el 29 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

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