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Miss Simpatía

Francisco A. Baldarena


cuento




26 de abril, en una inmobiliaria del centro, a las tres y veintidós de la tarde. 

1) Ella.


Está agachada, sacando el dinero de la caja fuerte. 

Alguien entra. Larga todo y sale rápido de la oficina, a ver qué quiere. 

Abre la puerta, adquiere su mejor sonrisa, y sale. 

2) Él. 

Agarra el maletín del asiento del pasajero y baja de auto. 

Entra a la inmobiliaria, no hay nadie. Cierra la puerta y se vuelve. En el mismo momento una simpática joven, de larga melena rubia, sonriendo, sale de una puerta. 

3) Ambos.  

¡Buenas tardes! ¿En qué puedo ayudarle?, le dice ella, sin perder la sonrisa, a un joven con uniforme militar, de gala, del otro lado del escritorio. Mientras le dice esto, detecta de inmediato el maletín que él sostiene en la mano izquierda.  

Buenas tardes, responde él, mirando únicamente una simpática boca sonriéndole. 

Es su mejor sonrisa, ella lo sabe y saca partido. Cinco segundos de vistas cruzadas y silencio es la medida justa, después de eso es ridículo y antes precipitado. Pone las manos en la cintura, inclina ligeramente la cabeza hacia el hombro izquierdo y anima al joven a hablar. 

Él cierra y abre los párpados varias veces seguidas, fingiendo salir de una abstracción, porque es su manera de hacerle saber a una mujer que ella lo ha impactado.  

Estoy buscando un departamento para alquilar y tiene que ser para hoy... Hace una pausa.

Vi uno, amueblado (al decir esto se da vuelta y señala la vidriera), que me gustó, y si es posible ir a verlo ahora, cerraríamos el negocio hoy mismo. La última frase la complementa dándole tres palmaditas al maletín que sostiene en la mano izquierda. 

Ella imagina posibles contenidos dentro del maletín, pero no titubea, ni pierde la sonrisa. 

Sí, no hay problema, dice.


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Publicado el 11 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Wupy

Francisco A. Baldarena


cuento, ciencia ficción


I- UN REGALO DE LA LUNA

Delante de uno de los grandes ventanales de la terminal espacial, Fergusson escrutaba con ansiedad el inmenso rojizo cielo marciano; de un momento a otro el brillo de las luces denunciarían la proximidad de la nave que traía desde la luna el regalo del próximo cumpleaños de su hijo Sven: un perro. 

Hacía algún ya que tiempo los líderes del gobierno habían notado un cambio en el comportamiento de los nuevos humanos; una frialdad en el comportamiento de las últimas generaciones hasta esos momentos nunca vista. Con el propósito de descubrir la causa, le fue encargado al consejo de eruditos un estudio para descubrir el motivo de tal cambio. Tras una minuciosa investigación, llegaron a la conclusión de que la causa de la frialdad comenzaba en la niñez del individuo y que se debía a la falta de interacción con mascotas de verdad; o dicho de otra manera, la interacción de los niños con mascotas artificiales convertía adultos fríos como las máquinas. De manera que, autorizada ya la producción de animales de estimación en una base lunar, Fergusson había sido uno de los primeros en solicitar una mascotapara su hijo. 

Cuando Sven despertó llamó, como de costumbre, a Wupy, su perro robot. El perro artificial de inmediato asomó su hocico plateado por la puerta, se acercó a la cama de su pequeño amo y, apoyando el hocico en los pies de la cama, gruñó unos acordes programados de cariño, al tiempo que meneaba la cola mecánicamente.    
Sven estaba solo en la casa; su madre Hanna a esa hora ya estaba en el trabajo y su papá, extrañamente, no se encontraba en casa; algo inusual en él, que siempre acostumbraba estar presente cuando él despertaba. 

II- MEJOR QUE UN PERRO ROBOT

¿Qué extraño?, dijo el chico, mientras se dirigía al baño con el robot pegado a los talones.


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Publicado el 10 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Escarmiento

Francisco A. Baldarena


cuento


HORACIO EL CARNICERO 

Horacio el carnicero, miró con curiosidad a través de la vidriera la llegada de un camión de mudanzas, que acababa de estacionar frente a la carnicería. Ante la perspectiva de un aumento en la clientela murmuró:
Un nuevo cliente. 
Durante todo el día se mantuvo atento, pero no vio al nuevo inquilino; solo al día siguiente: limpiando el garaje de la casa. Y al tercer día: acondicionando el garaje con estantes. Claramente, el nuevo vecino se disponía a abrir un negocio. 
Bueno, eso ayudará a traer más clientela al barrio, sin dudas, pensó el carnicero esta vez. 

EL VECINO NUEVO

Al cuarto día, al levantar la cortina de la carnicería, los ojos de Horacio se iluminaron de colores vibrantes: encima de la puerta del garaje del vecino nuevo, en espléndidas y coloreadas letras de neón, se anunciaba la venta de alimentos veganos. 
¿Y eso, qué carajo quiere decir?, expresó en voz alta el estupefacto carnicero, y de inmediato llevó una mano al bolsillo del delantal, de donde sacó el celular y se puso a averiguar el significado de la palabra "vegano". 
¡Ah, con que es eso!, se admiró, con una mueca de desagrado. 
Un rato más tarde, mientras pesaba la carne picada de una clienta, reparó en el vecino nuevo. Estaba parado delante del negocio, tenía las manos apoyadas en la cintura y miraba hacia la carnicería de una manera que a Horacio le pareció sospechosa, como si tramara algo. 
Esto no me huele nada bien, protestó cuando la clienta se marchó, y clavó con rabia la cuchilla que sostenía en una mano en el pedazo de bola de lomo que se disponía a cortar en bifes, y añadió: 
Ese infeliz no sabe con quién se está metiendo. 
Pero más allá de las actitudes sospechosas del vecino nuevo y la desconfianza del carnicero, todo corrió como en cualquier barrio porteño. 
Hasta el sexto día, cuando estalló la guerra.


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4 págs. / 7 minutos / 23 visitas.

Publicado el 10 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Premonición

Francisco A. Baldarena


cuento




LA CAÍDA

El camión del combustible acabó de marcharse. 
   Benítez descarga el bidón de gasoil en el tanque y vuelve a poner en marcha el generador. Camina unos metros hacia afuera para cerciorarse de que la luz del faro brilla como debe. Después encara los noventa y siete escalones de la escalera caracol hasta la cima. 
   La tarde ya declina. 
   A esas horas le gusta escrutar el horizonte, cuando el mar y el cielo se funden en la oscuridad y el mundo pasa a tener una sola apariencia de negrura absoluta. Benítez no es para nada dado a una fantasía, aunque a veces suele imaginarse que es un astronauta y el faro, la nave en la cual viaja a través de las estrellas rumbo a mundos desconocidos, pero tales fantasías no le duran mucho. 
   Al rato baja al entrepiso, donde se ha instalado, porque la casa junto al faro le es demasiado silenciosa; allí arriba, en cambio, el ruido continuo del generador es como un amigo bastante conversador, y al que, a pesar del tartamudeo monocorde, prefiere antes que a la radio o a la televisión. Esto ni él mismo lo sabría, ni busca, explicar. 
   Luego de prepararse un café, se sienta sobre la cama y recostado contra la pared circular continuó la lectura de La Reliquia, de Queirós. Curiosamente en momentos como ese, cuando lee, su amigo generador no le molesta.
   Está en eso entonces, cuando siente una trepidación, como si un gigante zarandeara el faro para arrancarlo de raíz. 
   Benítez larga el libro y sube, a la carrera, las escaleras. 
   Afuera el tiempo ha cambiado repentinamente y ahora ráfagas de viento castigan con furia los vidrios de los ventanales. 
   Benítez se arrima al cristal: una tormenta de fin de mundo se abate contra el faro. Rayos, relámpagos y por el lado del mar,  una aeronave viniendo directo hacia él.


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Publicado el 10 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Mala Hierba

Francisco A. Baldarena


cuento


Cuando me recibí de enfermera me sentí realizada, porque siempre tuve vocación de ayudar al prójimo. Pero la posibilidad del desencanto siempre anda rondando alrededor como un fantasma; que lo diga yo. A quien debía de cuidar me hizo querer matarlo: un paciente viejo y rezongón que me sacó de quicio. 
   
En dos años inyectándole cuatro inyecciones de penicilina diarias me había hecho la fama de buena buscadora de venas (no fallé nunca), hasta en mis días libres tenía que ir al hospital para inyectarlo al viejo rezongón. Me tenía harta, hasta soñaba con él. Y para peor, ni se curaba ni se moría, el infeliz, conque empecé a agarrarle rabia. De la rabia a querer deshacerme del viejo llegué en dos pasos. Fue entonces que elaboré un plan siniestro para empujarlo al más allá de una vez por todas, a ver si así me dejaba en paz. Podría decir que un diablillo me insistía al pie de la oreja: "Inyéctale cianuro".      


Lo hice algunas noches después. En la última inyección del día, le zampé el cianuro sin dolor ni piedad. Pero antes, un primo que vive en la capital y que tiene contactos en el submundo, me facilitó, mediante una buena suma, varios frasquitos del veneno. El plan fue el siguiente: poner dos frasquitos junto a los de la penicilina, para después, cuando la policía me interrogase, decirles que simplemente no me di cuenta, entonces ellos irían a ver en el armario donde se guardan las dosis y ¡oh, sorpresa!, encontrarían otro frasquito. Y al tratar de saber cómo llegaron los dos frasquitos hasta allí (el otro lo encontrarían en la basura del hospital) entrarían en un callejón sin salida. 
   
Al otro día llegué al hospital tratando de parecer lo más natural posible; fui directo a ponerle la inyección de la mañana al viejo, como siempre, y, lógicamente, la cama estaba vacía.


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Publicado el 8 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Les Matildes

Francisco A. Baldarena


cuento


Había una vez una niña inocente y soñadora llamada Matilda, que vivía en un orfanato. Todas las noches Matilda se arrodillaba al pie de la cama y rezaba, pidiéndole al Papá del cielo un hogar.


También por esa época había una jovencita despampanante y cazafortunas llamada Matilde, que vivía pidiéndole a Dios un viejo millonario que la sacara de la miseria permanente. Y, por coincidencia, también había un viejo millonario y verde llamado Matildo, pero este señor nada le pedía a Dios porque de todo tenía, y de sobra.


Así como esas cosas raras de la vida, que algunos llaman milagro y otros destino, mientras Matilda rezaba, afuera del orfanato, Matilde y Matildo coincidían en un teatro, que él frecuentaba porque le gustaba la cultura y ella porque era uno de sus cotos de caza. Pero a pesar de Matildo tener más corridas que plaza de toros, sucumbió a las pornográficas argucias de Matilde, al final, la carne es débil, ¿no?, y ambos se casaron.


Ahora bien, resulta que Matilde, muchacha precavida y rápida para los negocios, no pensaba solamente en el hoy inmediato, sino en el futuro. "Su futuro", claro. Por eso quería porque quería tener un hijo de Matildo, algo imposible por los medios naturales porque el hombre, también precavido y hábil a la hira de sacarle el cuerpo a incómodos compromisos, se había realizado una vasectomía. Claro que bastaba una simple operación para restituirle la facultad de reproducir, pero el viejo alegaba que ya estaba muy viejo para enfrentarse a un bisturí. Lo que era cierto, pero también el temor de pasar por abuelo del hijo. De manera que a Matilde no le quedó otra que apelar a sus lujuriosos encantos para convencer al marido de formar una familia "tipo", aunque para ello tuviesen que recurrir a una adopción.
Según se verá, Matilde fue bastante eficiente.


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2 págs. / 3 minutos / 24 visitas.

Publicado el 8 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

La Ciudad Muerta

Abraham Valdelomar


Cuento, novela corta


Dedicatoria

A don Juan Bautista de Lavalle, enamorado de las glorias viejas, intérprete de los lienzos antiguos, admirador religioso de todo lo que el tiempo ha deshojado y ha tornado triste y marchito, dedico estas páginas escritas sobre una ciudad de ruinas. Sea bondadoso con ellas.


A. V.

Le passé...

Le passé, c’est un second coeur qui bat en nous…
Il bat. Quand le silence en nous se fait plus fort
cette pulsation mystérieuse est là
qui continue… Et quand on rêve il bat encor,
et quand on souffre il bat, et quand on aime il bat…
Toujours ! C’est un prolongement de notre vie…

Henry Bataille

I. En el Ática

sobre el mar de Río de Janeiro,
Brasil, febrero 12 de 1911.


Adorable Francy:

Todavía me arrepiento de haber dejado bajar a tierra a ese hombre, pero le echo la culpa a la luna. Es ella la cómplice de todos los crímenes y, en muchos casos, la instigadora. Esté usted segura, mi adorable Francinette, que cuando ella tiene esas notas de luz casi verdes como si se copiara a través de una falsa esmeralda, algo extraño está pasando sobre la tierra. Yo soy médico y he podido observar el efecto de esas nubes de luna en esos enfermos de locura y en los alucinados, en los criminales, en los neuróticos, en los artistas. En los artistas sobre todo.


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Dominio público
28 págs. / 49 minutos / 14 visitas.

Publicado el 7 de septiembre de 2021 por Edu Robsy.

De Promesas Está Lleno el Cielo

Francisco A. Baldarena


cuento


Los pasos de Joe, en un ir y venir frenético y nervioso en el medio de la cuadra, retumban en el fondo del callejón.
Desde que llegó allí, hace unos diez minutos, la cabeza de Joe no deja de observar hacia las esquinas; escruta la distancia destorsionada de luces, movimiento de vehículos y personas que van y vienen, pero ninguna es la que espera.

Le dan ganas de orinar; se adentra en el callejón unos metros y orina, cuando vuelve a la entrada mira la hora: casi medianoche. Con suerte llega a tiempo antes de la presentación de un tal John Lee Hooker, del cual le han hablado muy bien, en uno de los locales nocturnos de Hasting street.

Tres giradas de cabeza después, por fin, ve al sujeto doblar en una de las esquinas y venir hacia él.

Tengo que hablarte, Joe, le dice el sujeto, apenas penetran en el callejón.

Pero ya ha pasado una semana del plazo extra que Joe le ha concedido. Por lo tanto no hay nada que hablar, tiene que pagarle y listo.

Mi dinero, exige Joe, estirando la mano izquierda hacia el sujeto.

Te lo juro, Joe, que hice todo lo posible para reunir el dinero, pero no he podido conseguirlo. Por favor, dame un par de días más, ruega el sujeto.

Joe tiene planes para el futuro, grandes planes que dependen de una buena reputación y esto se consigue siendo inflexible en las decisiones. Joe debe preservar su nombre.

Joe saca la mano derecha del bolsillo de gabán: empuña un revolver.

¡¡¡Nooo!!! El sujeto palidece.

Joe gira el tambor, le gusta el ruido que produce.

¡No lo hagas, por favor! El sujeto se ataja con ambas manos.

Joe apunta a la altura de la barriga del sujeto.

¡Te juro, Joe... te juro que te pagaré todo! El sujeto sigue suplicando.

Joe no se decide, ¿en la barriga, en el pecho o en la cabeza? Finalmente, levanta el caño. Será en la cabeza.

¡Dame un par de días más, solo eso te pido! El sujeto está a punto de arrodillarse.

Entonces...


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Publicado el 7 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

La Esclava del Amor

Francisco A. Baldarena


cuento


Ante un nuevo error de su señor, ella se arrodilla delante de él y le pide perdón.
Esto es lo que, invariablemente, ocurre siempre.

Vamos a llamar a esa mujer de X y a su marido de XX, para quienes se identifiquen con ellos no se sientan ofendidos.

XX acaba de llegar.

Desde la cocina, X oye los choques de la llave contra la puerta metálica y las puteadas del marido. XX  no consigue embocar la ranura.

El temor constante cuando anda cerca el marido, hasta ahora dormido, despierta violentamente y X empieza a temblar.

Un portazo, en la sala, la estremece todavía más; XX consiguió abrir la puerta.

El arrastrar de pies y de las sillas de la mesa, le anuncian que el mal se aproxima.
¿Con qué saldrá ahora? ¿Qué excusa pondrá para empezar?

La figura siniestra de XX, aparece detrás de la heladera.

A X, las manos en la espalda y apoyada contra la mesada, le cuesta respirar.

Los ojos de XX no se demoran en ella, sino que recorren objetos y rincones de la cocina. 
Busca un motivo, X sabe que es eso exactamente lo que XX está haciendo.
XX ve, sobre el hombro derecho de X, una mancha roja sobre uno de los blancos azulejos que forman un recuadro a fin de proteger la pared de la humedad de la canilla. 
XX  avanza hacia ella. 
Ya la ha visto, piensa X sobre la mancha de salsa de tomate puesta allí de propósito.
XX llega junto a X. Apunta a la mancha con un dedo y le pregunta:

¿Qué significa esto?

Un adiós, hubiera querido gritarle X, pero solo tiene coraje para enterrarle el cuchillo, lo más hondo que puede.


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1 pág. / 1 minuto / 23 visitas.

Publicado el 7 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .

El Amor que Dormía

José de la Cuadra


Cuento


I

¡Halalí!

¡Vive Dios y cómo grita ese endemoniado marinero chileno!

¡Ha!-¡la-lí! ¡Juicli! Sssss…

Agotaos, muchachos; no importa. Ya descansareis cuando gracias a vuestro esfuerzo pueda el barco soltar el áncora en la bahía risueña. Pensad que será dulce el vaivén de las ondas allá… Allá, hacia donde la prora se enfila como la nariz de un rostro en expectativa.

¡Halalí! ¡Juicli! ¡Sssss!…

Tirad de los caitos sin temor a que se rompan. Arriad a prisa esas maldecidas velas que infla como ubres vacunas el vendaval.

—¡Capitán!

No; no atiende. Para, él –hinchado en el convencimiento de su misión–, soy una cosa más, que habla y que, desgraciadamente, se mueve, en este pandemoniaco movimiento del barco y del mar.

—Oye, araucano de Satanás, ¿pereceremos?

Me mira sin responder.

Tenemos dos vías de agua, allá abajo, en el alma oscura, de la nave, y toda la obra muerta de estribor ha sido barrida por las olas.

¡Cómo trina al desgajarse el palo de mesana!

¡Halalí! Ha-la-lí…

Entiendo que ha llegado el momento de pensar en Dios.

II

Y bien; yo no he hecho nada de malo.

Honré a mi madre. Veneré la memoria –sagrada– de mi padre. Di cuando pude dar y cuanto pude. Prediqué que la misión del hombre es la del árbol: florecer –para alegrar los ojos– y fructificar –para, satisfacer ajenas ansias… Jamás ojos algunos lloraron por mi culpa.

¡Halalí!

Ya es inútil, viejos lobos de mar; asoleados, ennegrecidos nautas: nunca más vuestros pies se asentarán en tierra firme. Para vosotros –como para mí– el grito del cuervo trágico: Never more!

¿A qué luchar? Esperad –como yo lo hago– que la hora llegue, escrutando en el recuerdo, en la honda sima, del recuerdo, las huellas de la vida mala. Y entretanto, elevaos a Dios con el pensamiento.


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Publicado el 6 de septiembre de 2021 por Edu Robsy.

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