Isaac Valls Pujol
llegó a ser el Rey de la Bisutería. Cuando su fábrica española
empezó a perder mercados a causa de la competencia oriental, tuvo
arrestos para quemar sus naves: vendió, viajó a Taiwan y allí,
juntando sus pesetas y los créditos del gobierno para la inversión,
empezó a explotar a los chinos.
Tanto éxito tuvo
que fue coronado Rey de la Bisutería mientras aquellos chinos, que
no sabían lo que era un sindicato, trabajaban para él por una
vigésima parte del salario de un español. Y dando las gracias.
Un mal día pasó
la Estigia, meditando.
Dejaba tras él un
imperio y un desasosiego. Sobre sus últimos momentos se había
derramado la luz del entendimiento y tuvo tiempo para comprender que
había despilfarrado su vida: no sólo no podía llevarse el fruto de
sus explotaciones chinescas, sino que el resto de su equipaje para la
eternidad era ridículo: un alma polvorienta y con telarañas a causa
del desuso, y el dolor de ver como la humanidad seguiría portándose
como él, como si la muerte no existiera, como si fuera posible
embarcar las riquezas en un cohete y mandarlas, expresas, la cielo.
Su testamento tuvo,
además, la virtud de aumentar las tiradas de la prensa
sensacionalista: dejaba toda su fortuna china al hombre más bueno
del mundo. No al mejor. Al más bueno, o sea, al que dispusiera de
más bondad. Albaceas, un juez retirado y un fraile pobre como las
ratas. El resultado, verdaderas peregrinaciones con memorandos que
llevaban una detallada explicación del debe y el haber de la bondad
de los aspirantes.
La humanidad, tan
enorme, da mucho de sí: había héroes que salvaron cientos de vidas
y humildes que cuidaron a su anciana madre con devoción y entrega.
La prensa aireaba la bondad humana como antes exhibió la perversión
o los desnudos. Para bien o para mal, la fortuna del Rey de la
Bisutería, al hacerla rentable, despertaba interés hacia la
santidad.
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