I
A principios de mayo del año 1580, el honorable
gremio de toneleros de la ciudad libre de Nuremberg se reunía, según
costumbre, para celebrar su fiesta anual. Poco antes de esta solemnidad
había pasado a mejor vida el síndico de la corporación, y era preciso
elegir un sucesor. Por unanimidad recayó la elección en maese Martín.
No había otro tan conocedor del oficio como él. Los toneles salidos
de sus manos eran, a la par que sólidos, finamente acabados; y no tenía
rival para montar una bodega según las reglas gremiales. Prosperaba de
día en día su reputación, y cada vez eran más numerosos sus clientes
entre la gente rica y distinguida; gracias al éxito que le favoreció en
todas sus empresas, gozaba de una fortuna considerable para un hombre de
su clase. Al hacerse pública la elección de maese Martín, el consejero
Paumgartner, que presidía la asamblea, se puso en pie.
—Vuestra elección —dijo—, mis queridos amigos, es acertadísima. A
nadie podía ser conferida tan merecidamente esta dignidad. Maese Martín
goza del aprecio de todos, y los que le conocen dan testimonio de su
destreza en la profesión. A pesar de sus riquezas, ha conservado los
hábitos y el gusto del trabajo, y su conducta en todo es un modelo digno
de elogio. Saludemos, pues, a nuestro querido maese Martín y
felicitémosle por haber merecido la elección unánime, que es honra y
galardón de toda una vida de honradez y de laboriosidad.
Terminado su discurso, el consejero Paumgartner dio unos pasos con
los brazos abiertos hacia el recipiendario. Pero maese Martín,
levantándose por pura cortesía y con gran dificultad a causa de su
corpulencia y obesidad, devolvió sin más ceremonias la reverencia al
Consejero, y se dejó caer de nuevo en el sillón, importándole poco al
parecer los abrazos fraternales del señor Jacobus Paumgartner.
Información texto 'El Tonelero de Nuremberg'