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Padre Brown

Gilbert Keith Chesterton


Cuento


El Candor del Padre Brown

La cruz azul

Bajo la cinta de plata de la mañana, y sobre el reflejo azul del mar, el bote llegó a la costa de Harwich y soltó, como enjambre de moscas, un montón de gente, entre la cual ni se distinguía ni deseaba hacerse notable el hombre cuyos pasos vamos a seguir.

No; nada en él era extraordinario, salvo el ligero contraste entre su alegre y festivo traje y la seriedad oficial que había en su rostro. Vestía un chaqué gris pálido, un chaleco, y llevaba sombrero de paja con una cinta casi azul. Su rostro, delgado, resultaba trigueño, y se prolongaba en una barba negra y corta que le daba un aire español y hacía echar de menos la gorguera isabelina. Fumaba un cigarrillo con parsimonia de hombre desocupado. Nada hacia presumir que aquel chaqué claro ocultaba una pistola cargada, que en aquel chaleco blanco iba una tarjeta de policía, que aquel sombrero de paja encubría una de las cabezas más potentes de Europa. Porque aquel hombre era nada menos que Valentín, jefe de la Policía parisiense, y el más famoso investigador del mundo. Venía de Bruselas a Londres para hacer la captura más comentada del siglo.

Flambeau estaba en Inglaterra. La Policía de tres países había seguido la pista al delincuente de Gante a Bruselas, y de Bruselas al Hoek van Holland. Y se sospechaba que trataría de disimularse en Londres, aprovechando el trastorno que por entonces causaba en aquella ciudad la celebración del Congreso Eucarístico. No sería difícil que adoptara, para viajar, el disfraz de eclesiástico menor, o persona relacionada con el Congreso. Pero Valentín no sabía nada a punto fijo. Sobre Flambeau nadie sabía nada a punto fijo.


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1.081 págs. / 1 día, 7 horas, 33 minutos / 316 visitas.

Publicado el 9 de marzo de 2018 por Edu Robsy.

El Tonelero de Nuremberg

E.T.A. Hoffmann


Cuento


I

A principios de mayo del año 1580, el honorable gremio de toneleros de la ciudad libre de Nuremberg se reunía, según costumbre, para celebrar su fiesta anual. Poco antes de esta solemnidad había pasado a mejor vida el síndico de la corporación, y era preciso elegir un sucesor. Por unanimidad recayó la elección en maese Martín.

No había otro tan conocedor del oficio como él. Los toneles salidos de sus manos eran, a la par que sólidos, finamente acabados; y no tenía rival para montar una bodega según las reglas gremiales. Prosperaba de día en día su reputación, y cada vez eran más numerosos sus clientes entre la gente rica y distinguida; gracias al éxito que le favoreció en todas sus empresas, gozaba de una fortuna considerable para un hombre de su clase. Al hacerse pública la elección de maese Martín, el consejero Paumgartner, que presidía la asamblea, se puso en pie.

—Vuestra elección —dijo—, mis queridos amigos, es acertadísima. A nadie podía ser conferida tan merecidamente esta dignidad. Maese Martín goza del aprecio de todos, y los que le conocen dan testimonio de su destreza en la profesión. A pesar de sus riquezas, ha conservado los hábitos y el gusto del trabajo, y su conducta en todo es un modelo digno de elogio. Saludemos, pues, a nuestro querido maese Martín y felicitémosle por haber merecido la elección unánime, que es honra y galardón de toda una vida de honradez y de laboriosidad.

Terminado su discurso, el consejero Paumgartner dio unos pasos con los brazos abiertos hacia el recipiendario. Pero maese Martín, levantándose por pura cortesía y con gran dificultad a causa de su corpulencia y obesidad, devolvió sin más ceremonias la reverencia al Consejero, y se dejó caer de nuevo en el sillón, importándole poco al parecer los abrazos fraternales del señor Jacobus Paumgartner.


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61 págs. / 1 hora, 47 minutos / 292 visitas.

Publicado el 11 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

En el Barranco

Antón Chéjov


Cuento


I

La aldea de Ukléievo se asentaba en un barranco, por lo que desde la carretera y la estación de ferrocarril sólo se divisaban el campanario y las chimeneas de las fábricas textiles. Cuando algún viajero preguntaba qué aldea era esa, se le respondía:

—Aquella en la que el sacristán se comió todo el caviar en un entierro. Pues en cierta ocasión, en el funeral del fabricante Kostiukov, el viejo sacristán, tras ver entre los entremeses una fuente de caviar, se lo comió todo con avidez; trataron de hablarle, de cogerle por la manga, pero parecía fuera de sí a causa del arrobamiento: no se enteraba de nada y se limitaba a comer. Se comió todo el caviar, y eso que había unas cuatro libras.

Había pasado mucho tiempo desde entonces y el sacristán había muerto tiempo atrás, pero aún se seguía recordando el suceso del caviar. Debía de ser que la vida local era en extremo pobre o que la gente sólo había reparado en ese suceso insustancial, que había acontecido diez años antes, pues era lo único que se comentaba a propósito de Ukléievo.


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51 págs. / 1 hora, 29 minutos / 452 visitas.

Publicado el 9 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

Diagnóstico de Muerte

Ambrose Bierce


Cuento


— No soy tan supersticioso como algunos de tus doctores de ciencia, como tu te complaces en decir — dijo Hawver, replicando una acusación que no había sido hecha — Algunos de ustedes, solo algunos, confieso, creen en la inmortalidad del alma, y en apariciones que tu no tienes la honestidad de llamar fantasmas. No voy decir más que tengo la convicción que los vivos algunas veces son vistos donde no están, en lugares donde han estado, donde ellos vivieron tanto tiempo, quizás tan intensamente, como para dejar sus impresiones en todo lo que los rodea. Lo se, en efecto, puede ser que un ambiente pueda ser tan afectado por la personalidad de una persona como para impresionar, mucho después, una imagen de uno mismo a los ojos de otro. Indudablemente la personalidad impresa tiene que ser el tipo justo de personalidad y los ojos perceptores tienen que ser el tipo justo de ojos, los míos por ejemplo.

— Si, el tipo justo de ojos, sensaciones convincentes del lugar erróneo del cerebro — dijo el Dr. Frayley, sonriendo.

— Gracias; uno gusta tener sus expectativas gratificada; esto es en réplica de lo que yo supongo que haría alguien civilizado.

— Perdón, pero tu dices que lo sabes. Es algo fácil de decir, ¿no crees? Quizás tu no pensarás en el problema de decirme como lo supiste.

— Tu lo llamarás una alucinación — dijo Hawver, — pero no es tal cosa — y le contó la historia.


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3 págs. / 6 minutos / 128 visitas.

Publicado el 7 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

El Funeral de John Mortonson

Ambrose Bierce


Cuento


John Mortonson se murió: su obituario había sido leído y él había dejado la escena.

El cuerpo descansaba en un fino ataúd de mahogany con una placa de cristal empotrada. Todos los ajustes para el funeral habían sido tan bien digitados que sin duda, si el difunto los hubiera sabido, de seguro que los hubiera aprobado. El rostro, como se podía ver a través del cristal, no tenía semblante de desagrado: perfilaba una tenue sonrisa, como si la muerte no le hubiera resultado dolorosa, no estando distorsionado más allá del poder reparador del funebrero. A las dos de la tarde los amigos fueron citados para rendir su último tributo de respeto a aquel quien no había tenido mayor necesidad de amigos y de respeto. Los miembros de su familia fueron pasando cada varios minutos a la capilla y lloraron sobre los restos plácidos bajo el cristal. Esto no fue bueno; no fue bueno para John Mortonson; pero en presencia de la muerte la razón y la filosofía permanecen mudas.

A medida que las horas iban pasando, los amigos iban llegando y ofrecían consuelo a los parientes dolidos, quienes, como las circunstancias de la ocasión requerían, estaban solemnemente sentados alrededor de la habitación con un importante conocimiento de su importancia en la pompa fúnebre. Luego vino el ministro, y en tal oscura presencia las más mínimas luces se eclipsaron. Su entrada fue seguida por la de la viuda, cuyas lamentaciones llenaron la estancia. Ella se acercó a la capilla y luego de inclinar su rostro contra el frío cristal por un momento, fue gentilmente conducida hacia un asiento cercano al de su hija.


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Publicado el 7 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

Los McWilliams y el Timbre de Alarma

Mark Twain


Cuento


La conversación fue pasando lenta, imperceptiblemente del tiempo a las cosechas, de las cosechas a la literatura, de la literatura al chismorreo, del chismorreo a la religión, y por último hizo un quiebro insólito para aterrizar en el tema de los aparatos de alarma contra los ladrones. Fue entonces cuando por vez primera el señor McWilliams demostró cierta emoción. Cada vez que advierto esa señal en el cuadrante de dicho caballero me hago cargo de la situación, guardo profundo silencio y le doy oportunidad de desahogarse. Empezó, pues, a hablar con mal disimulada emoción:

No doy un céntimo por los aparatos de alarma contra ladrones, señor Twain, ni un céntimo, y voy a decirle por qué. Cuando estábamos acabando de construir nuestra casa advertimos que nos había sobrado algo de dinero, cantidad que sin duda había pasado desapercibida también al fontanero. Yo pensaba destinarla para las misiones, pues los paganos, sin saber por qué, siempre me habían fastidiado; pero la señora McWilliams dijo que no, que mejor sería instalar un aparato de alarma contra los ladrones, y yo hube de aceptar el convenio. Debo explicar que cada vez que yo quiero una cosa y la señora McWilliams desea otra distinta, y hemos de decidirnos por el antojo de la señora McWilliams, como siempre sucede, ella lo llama un convenio. Pues bien: vino el hombre de Nueva York, instaló la alarma, nos cobró trescientos veinticinco dólares y aseguró que ya podíamos dormir a pierna suelta. Así lo hicimos durante cierto tiempo, cosa de un mes. Pero una noche olemos a humo, y mi mujer me dice que más vale que suba a ver qué pasa. Enciendo una vela, me voy para la escalera y tropiezo con un ladrón que salía de un aposento con una cesta llena de cacharros de latón que en la oscuridad había tomado por plata maciza. Iba fumando en pipa.

—Amigo —le dije—, no se permite fumar en esta habitación.


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8 págs. / 15 minutos / 182 visitas.

Publicado el 6 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

Kwaidan: Historas y Estudios Sobre Cosas Extrañas

Lafcadio Hearn


Cuento, Leyenda


La historia de Mimi-Nashi Hōichi

Hace más de 700 años, en Dan-no-ura, en el litoral del estrecho de Shimonoseki, se libró la última batalla de la larga guerra que enfrentó a los Heike, el clan de los Taira, con los Genji, el clan de los Minamoto. Fue en aquel lugar donde perecieron todos los Heike, con sus mujeres y niños, y también el emperador infante, hoy recordado como Antoku Tennō. Aquellos mares y aquellas costas llevan siete siglos hechizados por los espíritus de los muertos… En alguna otra parte he descrito los extraños cangrejos que habitan esa zona —y que son conocidos como «cangrejos Heike»—, en cuyos caparazones se dibujan rostros humanos que se dice representan las caras de los fieros guerreros Heike. Pero otras muchas cosas insólitas se ven y se oyen a lo largo de esas costas. En las noches oscuras, miles de fuegos espectrales se posan sobre la playa y revolotean sobre las olas —pálidas luces que los pescadores llaman oni-bi o fuegos del demonio—, y siempre que sopla el viento, arrastra consigo lo que parecen alaridos y gritos del fragor de la batalla provenientes del mar.


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72 págs. / 2 horas, 7 minutos / 103 visitas.

Publicado el 4 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

Sombras

Lafcadio Hearn


Cuento


La reconciliación

Había en Kioto un joven samurái que, sumido en la más absoluta pobreza tras la caída de su señor, se había visto obligado a abandonar su hogar para entrar al servicio del gobernador de una provincia lejana. Antes de irse de la capital, el samurái se divorció de su esposa —una joven buena y hermosa—, pues creía que le sería más fácil ascender mediante un nuevo matrimonio. Resolvió casarse con la hija de una familia de cierta posición y la pareja de recién casados se trasladó al distrito al cual el samurái había sido llamado.


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25 págs. / 43 minutos / 82 visitas.

Publicado el 3 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

Una Luz Nueva Sobre Viejos Crímenes

Arthur Conan Doyle


Cuento


La ciencia psíquica, aunque todavía está en pañales, ha alcanzado ya un punto que nos permite hallar la clave de muchos de los acontecimientos que en el pasado se habían considerado incomprensibles. Ahora podemos clasificarlos e incluso explicarlos, en la medida en que es posible una explicación definitiva de cualquier cosa. Sería interesante, por lo tanto, pasar revista a algunos de esos casos de los que queda constancia en los archivos de nuestros tribunales, y que en el pasado fueron calificados de coincidencias extraordinarias o intervenciones de la Providencia. Esta última frase puede ser muy bien que indique una realidad, pero la gente debe saber que no se conoce ninguna intervención de la Providencia que no se haya manifestado a través de una ley natural, y que cuando ha parecido inexplicable y milagrosa eso sólo se debe a que la ley no ha sido comprendida todavía. Todo milagro obedece a una ley exacta; es la ley, como todas las leyes naturales, lo que es en sí misma divina y milagrosa.

Al hacer el recuento de los casos que queremos presentar —cosa que nos veremos obligados a hacer del modo más sucinto— procederemos de lo más sencillo a lo más complejo. Empezaremos pues por aquellos fenómenos que pueden haberse debido a los poderes naturales, aunque indefinidos, del subconsciente, y luego iremos recorriendo toda la gama de clarividencia y telepatía, hasta llegar a lo que parece, sin lugar a dudas, influido por el espíritu de los muertos.

Hay un caso, el de Owen Parfitt, residente en Shepton Mallet, en el condado de Somersetshire, que puede servirnos de punto de partida, pues resulta realmente imposible decir si fue o no un fenómeno psíquico; pero si no lo fue, constituye uno de los más intrigantes misterios que jamás aparecieron ante el público británico.


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22 págs. / 38 minutos / 319 visitas.

Publicado el 22 de enero de 2018 por Edu Robsy.

Historias Naturales

Jules Renard


Cuento, fábula


El cazador de imágenes

Salta de su cama de buena mañana y sólo parte si su mente está clara, su corazón puro y su cuerpo ligero cual prenda estival. No lleva consigo provisión alguna. Beberá aire fresco por el camino y aspirará los olores saludables. Los ojos le sirven de red en la que caen presas las imágenes.

La primera que cautiva es la del camino que muestra sus huesos, guijarros pulidos, y sus rodadas, venas hendidas, entre dos setos ricos en moras y endrinas.

Apresa seguidamente la imagen del río. Blanquea en los recodos y duerme acariciado por los sauces. Espejea cuando un pez se voltea sobre el vientre, como si se hubiera lanzado una moneda, y en cuanto llovizna se le pone carne de gallina.

Atrapa la imagen de los trigales móviles, de la apetitosa alfalfa y de los prados bordeados de riachuelos. Y al vuelo caza el aleteo de una golondrina o de un jilguero.

Se adentra en el bosque. Él mismo ignoraba que poseyera tan delicados sentidos. Al cabo de poco, impregnado de perfumes, no se le escapa ningún rumor, por sordo que éste sea, y para comunicarse con los árboles sus nervios se enzarzan con las nervaduras de las hojas.

Pronto se siente tan vibrante que le parece que perderá el sentido, percibe demasiado, fermenta, tiene miedo, abandona el bosque y sigue a distancia a los leñadores que regresan al pueblo.

Fuera contempla durante un instante, hasta que le estalla el ojo, el sol que al ponerse se desprende de sus luminosos ropajes sobre el horizonte y esparce nubes aquí y allá.

Finalmente, de nuevo en su casa, con la cabeza repleta, apaga la luz y antes de dormirse se recrea contando sus imágenes durante un buen rato.


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53 págs. / 1 hora, 33 minutos / 283 visitas.

Publicado el 20 de enero de 2018 por Edu Robsy.

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