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El Hombre que Pudo Reinar

Rudyard Kipling


Cuento


Hermano del príncipe y compañero
del mendigo en caso de merecerlo.

La Ley, tal y como está formulada, establece una conducta vital justa, algo que no es sencillo mantener. He sido compañero de un mendigo una y otra vez, en circunstancias que impedían que ninguno de los dos supiéramos si el otro lo merecía. Todavía he de ser hermano de un príncipe, si bien una vez estuve próximo a establecer una relación de amistad con alguien que podría haber sido un verdadero rey y me prometieron la instauración de un reino: ejército, juzgados, impuestos y policía, todo incluido. Sin embargo, hoy, mucho me temo que mi rey esté muerto y que si deseo una corona deberé ir a buscarla yo mismo.

Todo comenzó en un vagón de tren que se dirigía a Mhow desde Ajmer. Se había producido un déficit presupuestario que me obligó a viajar no ya en segunda clase, que sólo es ligeramente menos distinguida que la primera, sino en intermedia, algo verdaderamente terrible. No hay cojines en la clase intermedia y la población es bien intermedia; es decir, euroasiática o bien nativa, lo cual para un largo viaje nocturno es desagradable; mención aparte merecen los haraganes, divertidos pero enloquecedores. Los usuarios de la clase intermedia no frecuentan los vagones cafetería; portan sus alimentos en fardos y cacerolas, compran dulces a los vendedores nativos de golosinas y beben el agua de las fuentes junto a las vías. Es por esto por lo que en la temporada de calor los intermedios acaban saliendo de los vagones en ataúd y, sea cual sea la climatología, se les observa, motivos hay, con desdén.


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46 págs. / 1 hora, 22 minutos / 367 visitas.

Publicado el 4 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

El Hacedor de Lunas

Robert Chambers


Cuento


He escuchado lo que los Conversadores conversaban: la conversación
Del principio y el fin;
Pero yo no converso del pnncipio y el fin.
¡Vaya! ¿Quién eres tú para enseñar y Él para aprender?

I

Respecto a Yue-Laou y el Xin no sé más que lo que sabrán ustedes. Siento una tremenda ansiedad por aclarar el asunto. Quizá lo que escriba salve el dinero y las vidas del Gobierno de los Estados Unidos, quizás impulse al mundo científico a la acción; de cualquier modo pondré fin a la terrible incertidumbre que sufren dos personas. La certeza es mejor que la incertidumbre.

Si el Gobierno se atreve a no tener en cuenta esta advertencia y se niega a enviar sin demora, una expedición bien equipada, el pueblo del Estado se vengará sin vacilar de toda la región y dejará un desvastado yermo ennegrecido donde ahora arboledas y prados florecidos bordean el lago de los Bosques del Cardenal.

Ustedes conocen ya parte de la historia; los periódicos de Nueva York publicaron abundantes y supuestos detalles. Esto sí es cierto: Barris atrapó al "Abrillantador" con las manos rojas o, más bien amarillas, porque sus bolsillos, sus botas y sus sucios puños estaban llenos de piezas de oro. Yo digo oro con conocimiento de causa. Ustedes llámenlo como quieran. Saben también cómo Barris fue… pero a no ser que empiece por el principio de mis propias experiencias, no estarán ustedes después de todo mejor enterados.

El tres de agosto de este año estaba yo en Tiffany's conversando con George Godfrey del departamento de diseño. Sobre el mostrador de cristal que nos separaba había una serpiente enrollada, una exquisita pieza de oro cincelado.

—No —replicó Godfrey a mi pregunta—, no es obra mía; me gustaría que lo fuera. ¡Vaya, hombre, es una obra maestra!

—¿De quién? —pregunté.


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54 págs. / 1 hora, 35 minutos / 365 visitas.

Publicado el 3 de enero de 2017 por Edu Robsy.

Confesiones de un Alma Bella

Wolfgang Goethe


Cuento


Hasta que cumplí los ocho años fui una niña enteramente sana, pero de aquella época consigo acordarme tan poco como del día de mi nacimiento. Nada más comenzar mi octavo año tuve un vómito de sangre y al instante fue mi alma todo sensibilidad y memoria. Las más pequeñas circunstancias de este azar están aún ante mis ojos, como si hubieran sucedido ayer.

A lo largo de los nueve meses que la enfermedad me hizo guardar cama, que soporté con paciencia, nació también, así me lo parece, el fundamento de toda mi forma de pensar, pues se le brindaron entonces a mi espíritu los primeros medios para desarrollarse de acuerdo con su específica forma de ser.

Sufría y amaba, y ésa era la auténtica figura de mi corazón. En medio de las más violentas toses y de una fatigante fiebre estaba tranquila como un caracol que se retira a su concha. Tan pronto como tenía un poco de aire, deseaba sentir algo agradable, y como todos los restantes deleites me estaban vedados, buscaba resarcirme con ojos y oídos. Me traían juegos de muñecas y libros ilustrados, y quien deseara tener un sitio junto a mi lecho tenía que narrarme alguna historia.


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71 págs. / 2 horas, 5 minutos / 358 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Agustina de Villeblanche o la Estratagema del Amor

Marqués de Sade


Cuento


De todos los extravíos de la naturaleza, el que más ha hecho cavilar, el que más extraño ha parecido a esos pseudofilósofos que quieren analizarlo todo sin entender nunca nada —comentaba un día a una de sus mejores amigas la señorita de Villeblanche, de la que pronto tendremos ocasión de ocuparnos— es esa curiosa atracción que mujeres de una determinada idiosincrasia o de un determinado temperamento han sentido hacia personas de su mismo sexo. Y, aunque mucho antes de la inmortal Safo, y después de ella, no ha habido una sola región del universo, ni una sola ciudad, que no nos haya mostrado a mujeres de ese capricho, y, por tanto, ante pruebas tan contundentes, parecería más razonable, antes que acusar a esas mujeres de un crimen contra la naturaleza, acusar a ésta de extravagancia; con todo, nunca se ha dejado de censurarlas y, sin el imperioso ascendiente que siempre tuvo nuestro sexo, quién sabe si un Cujas, un Bartole o un Luis IX no habrían concebido la idea de condenar también al fuego a esas sensibles y desventuradas criaturas, como bien se cuidaron de promulgar leyes contra los hombres que, propensos al mismo tipo de singularidad y con razones tan igualmente convincentes, han creído bastarse entre ellos y han opinado que la unión de los sexos, tan útil para la propagación, podía muy bien no ser de tanta importancia para el placer. Dios no quiera que nosotras tomemos partido alguno en todo ello…, ¿verdad, querida? —continuaba la hermosa Agustina de Villeblanche, mientras daba a su amiga besos un tanto delatadores—.


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13 págs. / 23 minutos / 354 visitas.

Publicado el 20 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

Buitres

Franz Kafka


Cuento, Fábula


Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra.

Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.

—Estoy indefenso — le dije — vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.

—No se deje atormentar — dijo el señor —, un tiro y el buitre se acabó.

—¿Le parece? — pregunté— ¿quiere encargarse del asunto?

—Encantado — dijo el señor— ; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿Puede usted esperar media hora más?

—No sé — le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí —: por favor, pruebe de todos modos.

—Bueno — dijo el señor — , voy a apurarme.

El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba.


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1 pág. / 1 minuto / 347 visitas.

Publicado el 24 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

La Historia de la Vieja Niñera

Elizabeth Gaskell


Cuento


Ya sabéis, queridos míos, que vuestra madre era huérfana e hija única; y diría que también sabéis que vuestro abuelo era clérigo de Westmoreland, de donde soy yo. Yo era sólo una niña de la escuela del pueblo cuando, un día, vuestra abuela fue a preguntar a la maestra si tenía alguna alumna que sirviese para niñera; y me sentí muy orgullosa, os lo aseguro, cuando la maestra me llamó y explicó lo bien que se me daba la costura y que era muy seria y muy formal, hija de padres pobres pero muy respetables. Yo pensé que nada me gustaría más que servir a aquella joven y bella señora, que se ruborizaba tanto como yo al hablar del bebé que iba a tener y de lo que yo debería hacer con él. Pero creo que esta parte de la historia no os interesa tanto como la que creéis que ha de venir después, así que os la contaré ya. Me contrataron y me instalé en la rectoría antes de que naciese la señorita Rosamond (que era el bebé y es vuestra madre). La verdad es que yo tenía bastante poco que hacer con ella al principio, porque no se despegaba de los brazos de su madre y dormía a su lado toda la noche; y qué orgullosa me sentía a veces cuando la señorita me la confiaba. Jamás hubo un bebé igual ni antes ni después, aunque vosotros también habéis sido todos unos niños maravillosos; pero, en cuanto a modales dulces y encantadores, ninguno de vosotros se puede comparar con vuestra madre. Salió a su madre, que era de natural una verdadera dama, una Furnivall, nieta de lord Furnivall de Northumberland. Creo que no tenía hermanas ni hermanos y que se había criado en la familia de milord hasta que se casó con vuestro abuelo, que era sólo un párroco, hijo de un tendero de Carlisle (aunque fuese toda la vida un caballero inteligente y refinado), que trabajó de firme en su parroquia, la cual era muy grande y se extendía por los páramos de Westmoreland.


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30 págs. / 53 minutos / 331 visitas.

Publicado el 19 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

El Club del Hachís

Théophile Gautier


Cuento


I. EL HOTEL PIMODAN

Una noche de diciembre, obedeciendo a una misteriosa convocatoria redactada en enigmáticos términos sólo comprensibles para los afiliados e ininteligibles para los demás, llegué a un barrio lejano, especie de oasis de soledad en el centro de París, al que el río, que lo rodea con ambos brazos, parece defender contra las intrusiones de la civilización, porque era en una vieja casa de la isla de Saint-Louis, el hotel Pimodan, construido por Lauzun, donde el extraño club al que yo pertenecía desde hacía poco tenía sus sesiones mensuales y a donde iba a asistir por primera vez.

Aunque apenas eran las seis, era completamente de noche.

La bruma, más espesa aún por la proximidad del Sena, difuminaba todos los objetos en una especie de guata desgarrada y agujereada por el cerco rojizo de las farolas y los hilillos de luz que se escapaban de las ventanas iluminadas.

El pavimento, inundado de lluvia, brillaba bajo las farolas como el agua que refleja la luz; un viento desapacible, cargado de partículas heladas, azotaba la cara y sus guturales silbidos constituían el alto de una sinfonía cuyas enormes olas al romperse en los arcos de los puentes hacían el bajo: a aquella noche no le faltaban ninguna de las rigurosas poesías del invierno.

Resultaba difícil, a lo largo de aquel muelle desierto, distinguir entre la masa de edificios oscuros, la casa que buscaba; sin embargo mi cochero, irguiéndose sobre su asiento, consiguió leer en una placa de mármol el nombre borroso del viejo hotel, lugar de reunión de los adeptos.

Levanté el aldabón esculpido, pues el uso de los timbres con botón de cobre todavía no se había introducido en esos apartados lugares, y oí varias veces cómo el tirador chirriaba sin éxito; por fin, cediendo a un impulso más vigoroso, el viejo pestillo roñoso se abrió, y la puerta de madera maciza pudo girar sobre sus goznes.


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19 págs. / 34 minutos / 328 visitas.

Publicado el 20 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Desapariciones Misteriosas

Ambrose Bierce


Cuento


La dificultad de cruzar un campo

Una mañana de julio de 1854 un colono llamado Williamson, que vivía a unas seis millas de Selma, Alabama, estaba sentado con su mujer y su hijo en la terraza de su vivienda. Delante de la casa había una pradera de césped que se extendía unas cincuenta yardas hasta llegar a la carretera pública, o «la pista», como solían llamarla. Más allá de esta carretera había un prado de unos diez acres, recién segado, completamente llano y sin un árbol, roca, o cualquier otro objeto natural o artificial en su superficie. En aquel momento no había en el campo ni siquiera un animal doméstico. Al otro lado del prado, en otro campo, una docena de esclavos trabajaban bajo la vigilancia de un capataz.

Arrojando la punta de un cigarro, el colono se puso en pie y dijo:

—He olvidado hablarle a Andrew de los caballos.

Andrew era el capataz.

Williamson echó a andar con calma por el paseo de gravilla, arrancando alguna flor a su paso, cruzó la carretera y llegó al prado. Mientras cerraba la verja de entrada se detuvo un momento a saludar a su vecino Armour Wren, que vivía en la plantación de al lado y pasaba por allí. Mr. Wren iba en un coche abierto, acompañado de su hijo James, un muchacho de trece años. Cuando se alejaron unas doscientas yardas del lugar en el que se habían encontrado, Mr. Wren dijo a su hijo:

—He olvidado hablarle a Mr. Williamson de los caballos.

Mr. Wren había vendido a Mr. Williamson unos caballos que iban a ser enviados ese mismo día, pero, por alguna razón que ahora no se recuerda, no iban a poder ser entregados hasta el día siguiente. Mr. Wren indicó al cochero que diera la vuelta y, mientras el vehículo giraba, los tres vieron a Williamson cruzando lentamente los pastos. En aquel momento uno de los caballos del coche dio un traspié y estuvo a punto de caer. No había hecho más que recobrarse cuando James Wren exclamó:


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7 págs. / 13 minutos / 309 visitas.

Publicado el 1 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

El Árbol del Orgullo

Gilbert Keith Chesterton


Cuento


Si bajan a la Costa de Berbería, donde se estrecha la última cuña de los bosques entre el desierto y el gran mar sin mareas, oirán una extraña leyenda sobre un santo de los siglos oscuros. Ahí, en el límite crepuscular del continente oscuro, perduran los siglos oscuros. Sólo una vez he visitado esa costa; y aunque está enfrente de la tranquila ciudad italiana donde he vivido muchos años, la insensatez y la trasmigración de la leyenda casi no me asombraron, ante la selva en que retumbaban los leones y el oscuro desierto rojo. Dicen que el ermitaño Securis, viviendo entre árboles, llegó a quererlos como a amigos; pues, aunque eran grandes gigantes de muchos brazos, eran los seres más inocentes y mansos; no devoraban como devoran los leones; abrían los brazos a las aves. Rogó que los soltaran de tiempo en tiempo para que anduvieran como las otras criaturas. Los árboles caminaron con las plegarias de Securis, como antes con el canto de Orfeo. Los hombres del desierto se espantaban viendo a lo lejos el paseo del monje y de su arboleda, como un maestro y sus alumnos. Los árboles tenían esa libertad bajo una estricta disciplina; debían regresar cuando sonara la campana del ermitaño y no imitar de los animales sino el movimiento, no la voracidad ni la destrucción. Pero uno de los árboles oyó una voz que no era la del monje; en la verde penumbra calurosa de una tarde, algo se había posado y le hablaba, algo que tenía la forma de un pájaro y que otra vez, en otra soledad, tuvo la forma de una serpiente. La voz acabó por apagar el susurro de las hojas, y el árbol sintió un vasto deseo de apresar a los pájaros inocentes y de hacerlos pedazos. Al fin, el tentador lo cubrió con los pájaros del orgullo, con la pompa estelar de los pavos reales. El espíritu de la bestia venció al espíritu del árbol, y éste desgarró y consumió a los pájaros azules, y regresó después a la tranquila tribu de los árboles.


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Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

El Incidente del Puente del Búho

Ambrose Bierce


Cuento


I

Desde un puente ferroviario, al norte de Alabama, un hombre contemplaba el rápido discurrir del agua seis metros más abajo. Tenía las manos detrás de la espalda, las muñecas sujetas con una soga; otra soga, colgada al cuello y atada a un grueso tirante por encima de su cabeza, pendía hasta la altura de sus rodillas. Algunas tablas flojas colocadas sobre los durmientes de los rieles le prestaban un punto de apoyo a él y a sus verdugos, dos soldados rasos del ejército federal bajo las órdenes de un sargento que, en la vida civil, debió de haber sido agente de la ley. No lejos de ellos, en el mismo entarimado improvisado, estaba un oficial del ejército con las divisas de su graduación; era un capitán. En cada lado un vigía presentaba armas, con el cañón del fusil por delante del hombro izquierdo y la culata apoyada en el antebrazo cruzado transversalmente sobre el pecho, postura forzada que obliga al cuerpo a permanecer erguido. A estos dos hombres no les interesaba lo que sucedía en medio del puente. Se limitaban a bloquear los lados del entarimado. Delante de uno de los vigías no había nada; la vía del tren penetraba en un bosque un centenar de metros y, dibujando una curvatura, desaparecía. No muy lejos de allí, sin duda, había una posición de vanguardia. En la otra orilla, un campo abierto ascendía con una ligera pendiente hasta una empalizada de troncos verticales con aberturas para los fusiles y un solo ventanuco por el cual salía la boca de un cañón de bronce que dominaba el puente. Entre el puente y el fortín estaban situados los espectadores: una compañía de infantería, en posición de descanso, es decir, con la culata de los fusiles en el suelo, el cañón inclinado levemente hacia atrás contra el hombro derecho, las manos cruzadas encima de la caja.


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11 págs. / 19 minutos / 305 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2016 por Edu Robsy.

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