A finales de 1811, en tiempos de grata memoria, vivía en su propiedad
de Nenarádovo el bueno de Gavrila Gavrílovich R**. Era famoso en toda
la región por su hospitalidad y carácter afable; los vecinos visitaban
constantemente su casa, unos para comer, beber, o jugar al boston a
cinco kopeks con su esposa, y otros para ver a su hija, María
Gavrílovna, una muchacha esbelta, pálida y de diecisiete años. Se la
consideraba una novia rica y muchos la deseaban para sí o para sus
hijos.
María Gavrílovna se había educado en las novelas francesas y, por
consiguiente, estaba enamorada. El elegido de su amor era un pobre
alférez del ejército que se encontraba de permiso en su aldea. Sobra
decir que el joven ardía en igual pasión y que los padres de su amada,
al descubrir la mutua inclinación, prohibieron a la hija pensar siquiera
en él, y en cuanto al propio joven, lo recibían peor que a un asesor
retirado.
Nuestros enamorados se carteaban y todos los días se veían a solas en
un pinar o junto a una vieja capilla. Allí se juraban amor eterno, se
lamentaban de su suerte y hacían todo género de proyectos. En sus cartas
y conversaciones llegaron a la siguiente (y muy natural) conclusión: si
no podemos ni respirar el uno sin el otro y si la voluntad de los
crueles padres entorpece nuestra dicha, ¿no podríamos prescindir de este
obstáculo? Por supuesto que la feliz idea se le ocurrió primero al
joven y agradó muchísimo a la imaginación romántica de María Gavrílovna.
Llegó el invierno y puso término a sus citas, pero la correspondencia
se hizo más viva. En cada carta Vladímir Nikoláyevich suplicaba a su
amada que confiara en él, que se casaran en secreto, se escondieran
durante un tiempo y luego se postraran a los pies de sus padres,
quienes, claro está, al fin se sentirían conmovidos ante la heroica
constancia y la desdicha de los enamorados y les dirían sin falta:
Información texto 'La Tempestad de Nieve'