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Zazúbrina

Máximo Gorki


Cuento


La ventana redonda de mi celda daba al patio de la prisión. Quedaba muy alta, pero, juntando la mesa a la pared y encaramándome a ella, podía ver desde allí todo lo que pasaba en el patio. Por encima de la ventana, bajo el tejadillo, las palomas habían construido su nido y cada vez que me asomaba al patio oía sus arrullos sobre mi cabeza.

Había tenido tiempo suficiente para familiarizarme con la población de la prisión, y ya sabía que el tipo más jovial de aquella lúgubre compañía se llamaba Zazúbrina.

Era un tipo grueso y achaparrado, con la cara colorada y la frente despejada, bajo la cual siempre brillaban con viveza unos grandes ojos claros.

Llevaba la gorra echada para atrás, encajada en el cogote, y las orejas destacaban cómicamente en su cabeza rapada; nunca se ataba los cordones del cuello de la camisa ni se abotonaba la chaqueta, y hasta el menor movimiento de sus músculos permitía adivinar el alma incapaz de abatirse o de irritarse que habitaba en él.

Siempre risueño, siempre animado y bullanguero, era el ídolo de la cárcel. Continuamente andaba rodeado de una multitud de compañeros anodinos; él los hacía reír y los distraía con toda clase de salidas chuscas, embelleciendo con su genuina alegría la vida insípida y tediosa de la prisión.

Cierto día salió de su celda para dar su paseo, y lo hizo en compañía de tres ratas, hábilmente embridadas por medio de un cordel. Zazúbrina corrió tras ellas alrededor del patio, gritando que iba tirado por una troika; las ratas, aturdidas con sus gritos, se movían de un lado para otro, y los presos que asistían al espectáculo se partían de risa, como unos chiquillos, viendo a aquel gordo con su troika.


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8 págs. / 15 minutos / 100 visitas.

Publicado el 10 de abril de 2018 por Edu Robsy.

El Nacimiento de un Hombre

Máximo Gorki


Cuento


Corría el año 1892, el año del hambre. Me hallaba yo en la orilla del río Kodor, entre Sujum y Ochamchira, no muy lejos de la costa: por debajo del alegre estruendo de las aguas de aquel río de montaña se podía sentir claramente el sordo chapoteo de las olas del mar.

Otoño. En la espuma blanca del Kodor giraban y pasaban de largo las hojas amarillas del lauroceraso, que recordaban a pequeños y ágiles salmones; yo estaba sentado en una piedra, justo en la orilla, pensando en que a lo mejor las gaviotas y los cormoranes también confundían las hojas con peces y se sentían defraudados: acaso por ese motivo gritaban resentidos allí, a mi derecha, más allá de los árboles, donde saltaban las olas del mar.

Por encima de mí, los castaños estaban revestidos de oro; había a mis pies montones de hojas caídas que parecían manos amputadas. Las ramas del ojaranzo que veía en la otra orilla ya estaban desnudas y colgaban en el aire igual que una red desgarrada; como atrapado en ella, saltaba un pájaro carpintero de montaña, de plumaje rojo y amarillo, martilleando con su pico negro la corteza del tronco, haciendo salir a unos insectos que los diestros carboneros y los trepadores azules —huéspedes del norte lejano— aprovechaban para picotear.

A mi izquierda, sobre las cumbres de las montañas, unas densas nubes humeantes amenazaban lluvia y proyectaban unas sombras que se arrastraban por las verdes laderas donde crece el boj, el «árbol muerto», y donde, entre los huecos de las viejas hayas y tilos, se puede encontrar la «miel venenosa» que en la Antigüedad estuvo a punto de causar, con su dulzura embriagadora, la perdición de los soldados de Pompeyo el Grande, derribando a una legión entera de férreos romanos. Las abejas la producen con las flores de lauro y azalea, y los vagabundos la extraen de los huecos de los árboles y se la comen untada en lavash, esa fina torta de harina.


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Publicado el 10 de abril de 2018 por Edu Robsy.