Boca Maldita
Francisco A. Baldarena
cuento
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Publicado el 11 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 11 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
A Abel Romeo Castillo y Castillo.
—Es una abusión de la gente de la orilla, sólo.
—Pero, dicen...
—Abusión, comadre.
—....de que cuando er chapulete ta colorao y bastantote, tetea er camarón.
—Ojalá.
—Pero er veranillo lo que lo trae es er chapulete.
—Farta un bajío.
—Ya sé.
—No sabe.
—Pa coger camarón.
—Claro. No iba a ser pa coger pluma e garza..
—No digo eso.
—¿Qué, entonce?
—Pa cogesle camarón a Maruja, pué.
—Sirve usté pa bruja, comadre.
—Meno... No iba a ser pa su joven,mi comadre... la pobre.
—Humm...
—Sí, compadre. El hombre es candir pa juera. Se consigue mujer pa que le para.
—¡Comadre!
—No se me ofienda. Digo, nomá.
—E que vamo ar dicho.
—¿Negará, compadre?
—¿Er qué?
—Er que dende que vino la Maruja de Guayaquil, la orilla ta revuerta mismamente que pa aguaje. Toda la hombrada anda como cubos de casa tumbada. ¡Caray! Y no hay pa tanto, pué... De haber habemo mujere aquí, en frente y en la Boca... No lo digo por mí... ¡Pero, es gana nomá de albórotalse, ustede!
—El hombre es como er ganao, que le gusta cambiar de manga.
—¡Sinvergüenza!
Pero, había que irse.
Porque el agua zangoloteaba la canoa como si quisiera desamarrarla. ¡Puta, y qué olorsazo a lagarto! En el aire...
Lagartos de Capones: el viento trae vuestra hediondez amenazadora desde tan lejos como estáis, —fieros, terribles, cebados lagartos de Capones...
Maruja: rosa, fruta, canción...
Yo soy “ciudadano” como tú, Maruja. Mi amigo Héctor, también lo es. Sabemos —él y yo— cómo se anda en las tardes de domingo, por el bulevar de Octubre. Y, sin embargo...
Maruja: rosa...
Dominio público
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Publicado el 11 de octubre de 2021 por Edu Robsy.
Sol en el orto. Bellos tintes —ocre, mora, púrpura, cobalto,— ostentaba el cielo la mañana aquella. Y en medio de la pandemoniaca mezcla de colores, la bola roja del sol era como coágulo de sangre sobre carne lacerada.
La peonada se encaminaba a la labor, madrugadora y diligente. Eran quince los peones: encanecidos unos en el mismo trabajo rudo y anónimo; nuevos, otros, retoños del gran árbol secular que nutría de luengos tiempos a los dueños. Adelante, guía de la marcha, iba Prieto, el teniente.
¡Cuánta envidia causaba Prieto a los compañeros noveles! Veían en él al hombre afortunado, protegido de quién sabía cuál santo patrono, que se alzó desde la nada común hasta la cúspide de un grado militar: ¡Teniente!
—¡Mi tiniente! —decíanle a cada paso con unciosa reverencia, opino si se tratase de una majestad—. ¡Mi tiniente!
El lugar del trabajo —un potrero en resiembra—, caía lejos. Prieto avivaba con sus voces el andar cansino de los peones.
—¡Apurarse, pué! Nos va a cantar la pacharaca, de no.
Había un rebelde: Benito González. Se retrasaba siempre.
—Ya voy, tiniente. Un ratito no má. Es que la ñata me ha llamao.
El guía habíase encariñado con Benito. Era hasta su pariente. Pero, Prieto no sabía qué a ciencia cierta; porque, la verdad, no era precisamente su fuerte aquello de agnados y cognados.
En gracia al parentesco le guardaba a Benito más consideraciones. A los otros hubiérales soltado, acto seguido, una chabacanada; a él, lo aconsejaba.
Dominio público
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Publicado el 11 de octubre de 2021 por Edu Robsy.
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Publicado el 10 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 8 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
Esa madrugada, como otras tantas, Juan regresó a su humilde casuca del arrabal occidental de Guayayaquil, borracho como una cuba.
La Petra, su mujer, dormía sobre el camastro sucio, pringoso, que era la diurna habitación del marido.
Este dijo, al entrar:
—¡Ey, carajo! Ta mañaneando, y vos todavía’stás en el catre sobándote la panza. ¡Arza!
La Petra se agitó pesadamente. El enorme vientre —nueve meses de preñez— impedíale movimientos ágiles.
Algo balbuceó torpemente en la semiconsciencia del despertar.
Juan se encolerizó.
—¡Silencio!
Pero, en seguida se calmó y comenzó a acariciar a la mujer.
—¡Negrita!
Como sufriera un vago rechazo, tornó a enfurecerse.
Levantó violentamente la pierna sobre la cama y dejó caer
el pié desnudo en la barriga de la preñada.
—¡Toma, so p.....!
La grávida lanzó una suerte de gruñido hórrido, y del sueño pasó al desmayo.
Reía, ahora, el borracho.
—¡Pa que veas!
Cruzó por su mente el recuerdo de su época de futbolista, y le clareó un orgullo en el alma.
Pero ya no podía más. Se había agotado totalmente en el esfuerzo.
Se bamboleó. Vínole una náusea incontenible, y se vomitó en la cama, agarrándose a uno de los pilares, yéndose de bruces contra la Petra. Medio ahogado en el vómito, se durmió.
A poco resbaló. Y quedó en una postura incómoda, entre sentado y echado, en el suelo, con el rostro vuelto hacia lo alto, al pié de la cama...
Despertó a la media tarde.
Sentía en el rostro una mojadura viscosa y en la boca el sabor de un líquido espeso y dulzón.
Se horrorizó cuando, luego de pasarse las manos por la cara, advirtió que era sangre.
Púsose de pies.
Dominio público
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Publicado el 8 de octubre de 2021 por Edu Robsy.
Al doctor J. M. García Moreno, que sabe cómo esta fábula, se arrancó angustiosamente a una realidad que, por ventura, se frustró...
Apenas leves, levísimas sospechas, recaían sobre la verdad de la tragedia conyugal de los Martínez.
Se creía que andaban todo lo bien que podían andar dada la diferencia de edad entre marido y mujer: cincuenta años, él; veinte, escasos y lindos, ella.
Se creía —sobre todo— que el rosado muñeco que les naciera a los diez meses de casados y que frisaba ahora con el lustro, había contribuido decisivamente a que reinara la paz, ya que no la dicha, entre los cónyuges.
Pero, lo cierto era que el hogar de los Martínez merecía ser llamado un ménage a trois. La mujer se había echado encima un amante al segundo año de casada.
El amante de Manonga Martínez era el doctor Valle, médico.
Cuando Pedro Martínez, agente viajero de una fábrica de jabón, íbase por los mercados rurales en propaganda de los productos de la casa, el doctor Valle visitaba (y por supuesto que no en ejercicio de su profesión) a Manonga.
Dejaba el doctor Valle su automóvil frente a unas covachas que lindaban por la parte trasera con el chalet donde vivían los Martínez, y, con la complicidad de una lavandera que hacía de brígida, penetraba por los traspatios hasta la habitación de aquéllos.
Encerrábanse los amantes en el dormitorio, y cumplían el adulterio sobre el gran lecho conyugal.
Manonga, precavida, se deshacía con anticipación de la cocinera y de la muchacha. Para mayor facilidad, veíanse, por ello, a la media tarde.
Al chico —Felipe— lo dejaba la madre en la sala, jugando. Cuando estuvo más crecidito, lo mandaba, al portal o al patio. Ahora permitía que correteara por frente al chalet; pero, eso sí, sin que saliera a las veredas del bulevar. Habíale enseñado a que, oportunamente, negara el que su madre estuviera en casa.
Dominio público
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Publicado el 8 de octubre de 2021 por Edu Robsy.
MARGIT.—Afortunadamente se ha ido. Cuando está a mi lado, mi corazón cesa de latir, como si lo adormeciera un frío mortal... Es mi marido; soy su mujer. ¿Cuántos años dura la vida humana? ¿Cincuenta años tal vez? ¡Dios mío! ¡Y sólo cuenta mi vida veintitrés primaveras!...
BENGT.—Hay motivo. A fe. de caballero, no sé lo que le falta. Procuro estar a su lado todo el dia. Nadie puede acusarme de severo con ella. Me encargo yo de dirigir los quehaceres de la casa. Y sin embargo...
HENRIK IBSEN. — GILDET PAA SOLHAUG (La fiesta de Solkaug); acto primero.
Bebíamos. Las perchas de la tabernucha —Brasil y Rumichaca,—
íbanse quedando vacías como los estantes de la biblioteca de un poeta
miserable... Cerveza. Más cerveza. Botellas tras botellas.
Nuestro amigote, el viejo Santos Frías, que era inspector a jornal de no sé qué obra pública (sin duda, alguna estatua a un héroe inédito, descubierto por sus celosos descendientes); estaba ya casi borracho. Hablaba hasta por los codos y dio en hacernos confidencias. Sobre cualquier tema que girara la charla, siempre Frías encontraba oportunidad de endilgarnos un comentario, siquiera, dolorosamente arrancado a su propia intimidad. Ignoro por qué tenía ese empeño tenaz de hacerse daño. Que daño se haría al resucitar así, pública y malamente, recuerdos que debía guardar en el silencio de una farsa de olvido, ya que no en el imposible olvido absoluto.
Por ello, cuando Mateo Alvarado nos hizo esa enfebrecida apología de las delicias hogareñas, de las alegrías del hombre casado, Santos Frías, anheloso de una nueva confidencia, nos lanzó de sopetón la pregunta:
—¿A qué no saben ustedes porqué no me he casado yo?
Cada quien auspiciaba una solución. Por esto. Por lo otro. Por lo de más allá.
Dominio público
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Publicado el 8 de octubre de 2021 por Edu Robsy.
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Publicado el 7 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 6 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .