Cuando José Tupinamba salió de la choza para dirigirse a la quebrada
familiar donde hacía la limpieza diaria, apareció —gloriosa— la luna en
el cielo.
Era después del crepúsculo. Noche de la sierra. El cielo se había
elevado por encima de los picos nevados de las montañas, que mostraban,
en toda su magnificencia, el misterio, casi siempre velado, de sus
cumbres. Tenía un tono azul vibrante el cielo. Parecía más bien que
fiera el de un día límpido de sol abierto. Sólo allá, contra el
horizonte, se esfumaban opacidades ténues, teñidas de ocre fuerte, a
manchas. La luna puso en el paisaje una vida nuevecita, brillante, como
un bañado de plata.
José Tupinamba alejóse unos metros de le choza. Volvió sobre sus
pasos en seguida, y aseguró mejor la puertecilla, con una piedra tamaña.
Sus dos hijos dormían —adentro— su sueño infantil, en el mismo cuero de
borrego sin curtir: la huahua de tres meses —la Michi— al lado del
hermanito —el Santos— de cinco años. Sonrió el indio al evocar, sin
duda, la figura de la Michi, que era un trozo de carne oscuro y
reluciente como un yapingacho recién frito.
Se alejó otra vez Tupinamba.
—¡Achachay! —se quejó, por el frío mientras se arrebujaba en el poncho.
El espectáculo de la naturaleza no le decía nada. La soberana belleza
de esa noche, que hablaba mil lenguas, no hablaba acaso el humilde
quechua —mezclado de español y de dialectos— de José Tupinamba.
Ese tornó a quejarse por el frío.
—¡Achachay!
Llegó a la quebrada. Bajó por la ladera. A poco trepó, de vuelta.
—¡Upa! —exclamó al dar el último paso de subida, un verdadero salto
agilísimo, en el cual por un instante su cuerpo estuvo sin apoyo en el
vacío—.
A corta distancia de su vivienda, se detuvo.
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