Textos más populares esta semana etiquetados como Cuento | pág. 25

Mostrando 241 a 250 de 5.427 textos encontrados.


Buscador de títulos

etiqueta: Cuento


2324252627

Tipos Sociales: la Monja

Soledad Acosta de Samper


Cuento


—¡Pobres monjas! —decía yo a una amiga mía—, ¡cuánto me conmueve la situación en que se hallan!

—Con más razón te conmovería su suerte, si supieras que cada uno de sus conventos era un hogar hospitalario que han perdido, y que el sacarlas de allí les ha causado más pena que la que sintiera un patriota a quien desterrasen de su país sin tener esperanza de volver jamás.

—¡Vaya, tú exageras! ¡Cuántas no se habrán alegrado al verse libres!

—¡Libres! ¿Llamas libertad el tener que vivir pobremente de limosnas y con el corazón henchido por el dolor de haber dejado el asilo que habían jurado no abandonar sino con la vida? ¿Llamas libertad vivir en una pobre casa, sin ninguna de las comodidades a que estaban enseñadas, y con el continuo temor de carecer de lo necesario?

—¿Y tú qué sabes de eso? ¿acaso has vivido con ellas?

—Sí… , las conozco muy bien y mi simpatía no hace comprender mucho de lo que no todos ven. ¿No te acuerdas que ahora algunos años pasé unos meses en el convento de ***, cuya grata y desinteresada hospitalidad será motivo de mi agradecimiento mientras viva?

—Lo había olvidado, y en verdad que siempre he tenido muchos deseos de sabor cómo viven las monjas en sus misteriosos conventos.

—El convento es un pequeño mundo donde se agitan, no lo dudes, todos o casi todos los sentimientos humanos. Hay varios tipos de monjas que no dejaría de ser interesante estudiar, porque en ellos hallaríamos cuál ha sido la misión de los monasterios en nuestra sociedad.

—Te ruego que recuerdes algunos de ellos para…

—¿Alimentar tu curiosidad? Lo mejor que puedo hacer entonces, querida mía, será dejarte recorrer las páginas del diario que escribí durante mi permanencia en el convento de ***.

Efectivamente al día siguiente recibí el diario de Pía, del cual con permiso suyo me he tomado la libertad de trascribir algunos trozos.


Leer / Descargar texto

Dominio público
8 págs. / 15 minutos / 172 visitas.

Publicado el 3 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

El Asesinato de Palma-Sola

Rafael Delgado


Cuento


(Histórico)

Al Sr. Lic. D. José López-Portillo y Rojas

Cuando el Juez se disponía a tomar el portante y sombrero en mano buscaba por los rincones el bastón de carey y puño de oro, el Secretario —un viejo larguirucho, amojamado y cetrino, de nariz aguileña, cejas increíbles, luenga barba y bigote dorado por el humo del tabaco— dejó su asiento, y con la pluma en la oreja y las gafas subidas en la frente, se acercó trayendo un legajo.

—Hágame Ud. favor… ¡Un momentito!… Unas firmitas…

—¿Qué es ello? —respondió contrariado el jurisperito.

—Las diligencias aquellas del asesinato de Palma-Sola. Hay que sobreseer por falta de datos…

—Dios me lo perdone, amigo don Cosme; pero ese mozo a quien echamos a la calle tiene mala cara, muy mala cara! La viudita no es de malos bigotes, y…

—Sin embargo… ya usted vió!

—Sí, sí, vamos, deme Ud. una pluma.

Y el Juez tomó asiento, y lenta y pausadamente puso su muy respetable nombre y su elegante firma —un rasgo juvenil e imperioso— en la última foja del mamotreto, y en sendas tirillas otras tantas órdenes de libertad, diciendo, mientras el viejo aplanaba sobre ellas una hoja de papel secante:

—Ese crimen, como otros muchos, quedará sin castigo. Nuestra actividad ha sido inútil… En fin… ¿no dicen por ahí que donde la humana justicia queda burlada, otra más alta, para la cual no hay nada oculto, acusa, condena y castiga?

Don Cosme contestó con un gesto de duda y levantó los hombros como si dijera:

—¡Eso dicen!

—¿Hay algo más?

—No, señor.

—Pues, abur!

El secretario recogió tirillas y expedientes, arrellanóse en la poltrona y encendió un tuxteco.


Leer / Descargar texto

Dominio público
6 págs. / 10 minutos / 160 visitas.

Publicado el 1 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

Los Juguetes

Juan José Morosoli


Cuento


Cuando mi madre estuvo grave, nosotros salimos de nuestro hogar. Mi abuela se llevó a mis hermanos más chicos y yo fui a la casa que era la más lujosa del pueblo. Mi compañero de banca vivía allí.

La casa no me gustó desde que llegué a ella.

La madre de mi compañero era una señora que andaba siempre recomendando silencio. Los criados eran serios y tristes. Hablaban como en secreto y se deslizaban por las piezas enormes como sombras. Las alfombras atenuaban los ruidos y las paredes tenían retratos de hombres graves, de caras apretadas por largas patillas.

Los niños jugaban en la sala de los juguetes sin hacer ruido. Fuera de aquella sala no se podía jugar. Estaba prohibido. Los juguetes estaban alineados cada uno en su lugar, como los frascos en las boticas.

Parecía que con aquellos juguetes no hubiera jugado nadie. Yo hasta entonces había jugado siempre con piedras, con tierra, con perros y con niños. Pero nunca con juguetes como aquellos. Como no podía vivir allí, mi padrino don Bernardo me llevó a su casa.

En lo de mi padrino había vacas, mulas, caballos, gallinas, un horno de cocer pan y un cobertizo para guardar el maíz y alfalfa. La cocina era grande como un barco. En el centro tenía un picadero de leña enterrado en el suelo. Cerca de la chimenea una llanta de carreta reunía pavas, parrillas y hombres. Pájaros y gallinas entraban y salían.

Mi padrino se levantaba a las cinco de la mañana, y comenzaba a partir la leña. Los golpes que daba con el hacha resonaban por toda la casa. Una vaca mimosa venía hasta la puerta y mugía apenas lo veía. Luego un concierto de golpes, balidos, gritos, cacarear y batir de las alas, conmovían la casa. A veces al entrar en las piezas, el vuelo asustado de un pájaro que se sorprendía nos paraba indecisos. Era una casa viva y trepidante.

La leche espumosa y el pan casero, suave y dorado, nos acercaba a todos a la mesa como a un altar.


Leer / Descargar texto

Dominio público
1 pág. / 2 minutos / 139 visitas.

Publicado el 14 de junio de 2025 por Edu Robsy.

El Angelito

Leónidas Andréiev


Cuento


I

A veces, Sachka sentía el deseo de dejar de hacer todas esas cosas cuyo conjunto constituye lo que se llama la vida; sentía el deseo de no lavarse por la mañana con agua fría, en la que nadaban pedacitos de hielo; de no ir al colegio, donde todos le zaherían; de no tener dolor en la espalda y en todo el cuerpo cuando su madre, para castigarle, le obligaba a permanecer veladas enteras de rodillas. Pero como sólo tenía trece años y no conocía aún los medios que emplean los hombres para no vivir más cuando han vivido ya bastante, seguía yendo al colegio, permaneciendo horas enteras de rodillas, y le parecía que aquella desgraciada vida no se acabaría jamás; pasarían años y años, y él estaría siempre obligado a ir al colegio y a permanecer de rodillas en casa.

Sachka tenía un alma valerosa y rebelde; no podía mantenerse indiferente al mal, y se vengaba de la vida. Para vengarse, les pegaba a sus compañeros, les faltaba al respeto a los profesores, rompía los libros, engañaba a sus preceptores y a su madre. Su padre era el único a quien nunca engañaba. Cuando en una reyerta con sus compañeros recibía algún arañazo, se ensanchaba él mismo la herida y prorrumpía en gritos inarticulados tan fuertes que todo el que le oía tenía que taparse los oídos.

Después de gritar todo lo que quería, se callaba de pronto, sacaba la lengua y dibujaba en su cuaderno una caricatura, en la que figuraba él gritando, con una boca muy abierta, en compañía del vencedor y del pasante del colegio.

Tenía el cuaderno lleno de caricaturas de este género. La más repetida era la siguiente: una mujer gorda y bajita le pegaba a un rapaz del tamaño de una cerilla; debajo había una leyenda, escrita con gruesas letras negras, que decía: "¡Pide perdón, granuja!" "¡No, no lo pediré, aunque me mates!"

En vísperas de Navidad echaron a Sachka del colegio. Su madre le pegó, y él le mordió un dedo.


Leer / Descargar texto

Dominio público
15 págs. / 27 minutos / 116 visitas.

Publicado el 20 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

El Rey y la Marea

Eduardo Robsy


Cuento, cuento infantil


Hace mucho, mucho tiempo había un rey llamado Sahar, cuyo reino era una hermosa isla en el centro de un mar tranquilo y benévolo.

Los padres de Sahar murieron cuando él era muy niño, y él quedó a cargo de unos preceptores extranjeros.

Con la ciencia y la sabiduría que aprendió de aquellos hombres hizo de su isla un próspero reino, en el que a nadie faltaba de nada, y todos eran felices estando bajo las órdenes de su joven rey.

En realidad, no todos eran felices en aquel reino: el propio monarca era infeliz aunque había procurado la felicidad a todo su pueblo.

El motivo de la infelicidad de Sahar era que su reino era pequeño, y el mar lo invadía con sus mareas cada día, haciéndolo más pequeño.

Preocupado por este asunto no hacía más que buscarle una solución, pero ¿cómo? —se preguntaba— ¿cómo se puede parar el mar? Y no dormía ni comía, no hacía más que dar largos paseos por la playa y arrojar piedras contra las olas, pensando una y otra vez en cómo detener las aguas.

Lo intentó todo: construyó diques, pero no soportaron el empuje del mar; rellenó las bahías con piedras, y nada consiguió: el mar seguía trepando hacia la costa.

Tal era su preocupación y su desvelo, que fue abandonando poco a poco los asuntos reales, encargando la administración de su reino a su principal visir.

Éste, hombre anciano y bondadoso, puso su mejor intención para sacar adelante los asuntos públicos, pero pronto descubrió que no podía, que sólo el rey Sahar era lo suficientemente sabio e inteligente para mantener la felicidad del reino.

Lo intentó todo para que el joven rey saliera de su silencio, pero Sahar, taciturno, no hacía más que pasear por la costa y murmurar palabras de rencor contra su peor enemigo, el mar.


Leer / Descargar texto

Creative Commons
3 págs. / 5 minutos / 57 visitas.

Publicado el 22 de abril de 2026 por Edu Robsy.

La Larva

Rubén Darío


Cuento


Como se hablase de Benvenuto Cellini y alguien sonriera de la afirmación que hace el gran artífice en su Vida, de haber visto una vez una salamandra, Isaac Codomano dijo:

—No sonriáis. Yo os juro que he visto, como os estoy viendo a vosotros, si no una salamandra, una larva o una ampusa.

Os contaré el caso en pocas palabras.

Yo nací en un país en donde, como en casi toda América, se practicaba la hechicería y los brujos se comunicaban con lo invisible. Lo misterioso autóctono no desapareció con la llegada de los conquistadores. Antes bien, en la colonia aumentó, con el catolicismo, el uso de evocar las fuerzas extrañas, el demonismo, el mal de ojo. En la ciudad en que pasé mis primeros años se hablaba, lo recuerdo bien, como de cosa usual, de apariciones diabólicas, de fantasmas y de duendes. En una familia pobre, que habitaba en la vecindad de mi casa, ocurrió, por ejemplo, que el espectro de un coronel peninsular se apareció a un joven y le reveló un tesoro enterrado en el patio. El joven murió de la visita extraordinaria, pero la familia quedó rica, como lo son hoy mismo los descendientes. Aparecióse un obispo a otro obispo, para indicarle un lugar en que se encontraba un documento perdido en los archivos de la catedral. El diablo se llevó a una mujer por una ventana, en cierta casa que tengo bien presente. Mi abuela me aseguró la existencia nocturna y pavorosa de un fraile sin cabeza y de una mano peluda y enorme que se aparecía sola, como una infernal araña. Todo eso lo aprendí de oídas, de niño. Pero lo que yo vi, lo que yo palpé, fue a los quince años; lo que yo vi y palpé del mundo de las sombras y de los arcanos tenebrosos.


Leer / Descargar texto


3 págs. / 5 minutos / 1.354 visitas.

Publicado el 20 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Valle Encantado

Washington Irving


Cuento


Encontrada entre los papeles del difunto Diedrich Knickerbocker

Es tierra bonancible de extrañas fantasías,
De ensueños que se ciernen sobre ojos entornados,
Y encantados castillos en nubes fugitivas
Que siempre se coloran en cielos estivales.
—Castle of Indolence.

EN EL fondo de una de aquellas espaciosas ensenadas, que tanto abundan en las playas orientales del Hudson, y en un gran ensanchamiento del río, denominado Tappan Zee por los antiguos navegantes holandeses, donde acortaban velas prudentemente, invocando la protección de San Nicolás para atravesarlo, yacía una pequeña aldea o puerto rural que algunos llaman Gréensburgh, pero que es general y propiamente conocida por el nombre de Tarry Town (Lugar de parada). Se dice que este nombre le fué dado antiguamente por las buenas comadres del pueblo vecino, con motivo de la inveterada costumbre de sus maridos de estacionarse en las tabernas en los días de mercado. Sea de ello lo que fuere, yo no garantizo el hecho sino simplemente lo consigno en mi deseo de ser preciso y auténtico. No muy lejos del pueblo, quizá a dos millas más o menos, existe un diminuto valle o más bien un repliegue del terreno entre altas colinas, que es uno de los sitios más tranquilos en todo el universo. Un pequeño arroyo lo atraviesa, deslizándose con suave murmullo que invita al reposo; siendo el reclamo eventual de la codorniz o el golpeteo del pájaro carpintero los únicos ruidos que turban de vez en cuando la tranquilidad estática de aquel paraje.


Leer / Descargar texto

Dominio público
39 págs. / 1 hora, 8 minutos / 1.186 visitas.

Publicado el 26 de abril de 2016 por Edu Robsy.

Feminista

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Fue en el balneario de Aguasacras donde hice conocimiento con aquel matrimonio: el marido, de chinchoso y displicente carácter, arrastrando el incurable padecimiento que dos años después le llevó al sepulcro; la mujer, bonitilla, con cara de resignación alegre, cuidándole solícita, siempre atenta a esos caprichos de los enfermos, que son la venganza que toman de los sanos.

Conservaba, no obstante, el valetudinario la energía suficiente para discutir, con irritación sorda y pesimismo acerbo, sobre todo lo humano y lo divino, desarrollando teorías de cerrada intransigencia. Su modo de pensar era entre inquisitorial y jacobino, mezcla más frecuente de lo que se pudiera suponer, aquí donde los extremos no sólo se han tocado, sino que han solido fusionarse en extraña amalgama. Han sido generalmente prendas raras entre nosotros la flexibilidad y delicadeza de espíritu, engendradoras de la amable tolerancia, y nuestro recio y chirriante disputar en cafés, círculos, reuniones, plazuelas y tabernas lo demostraría, si otros signos del orden histórico no bastasen.

El enfermo a que me refiero no dejaba cosa a vida. Rara era la persona a quien no juzgaba durísimamente. Los tiempos eran fatídicos y la relajación de las costumbres horripilantes. En los hogares reinaba la anarquía, porque, perdido el principio de autoridad, la mujer ya no sabe ser esposa, ni el hombre ejerce sus prerrogativas de marido y padre. Las ideas modernas disolvían, y la aristocracia, por su parte, contribuía al escándalo. Hasta que se zurciesen muchos calcetines no cabía salvación. La blandenguería de los varones explicaba el descoco y garrulería de las hembras, las cuales tenían puesto en olvido que ellas nacieron para cumplir deberes, amamantar a sus hijos y espumar el puchero. Habiendo yo notado que al hallarme presente arreciaba en sus predicaciones el buen señor, adopté el sistema de darle la razón para que no se exaltase demasiado.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 999 visitas.

Publicado el 1 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

Mi Única Mentira

Rafael Delgado


Cuento


A Enrique Hernández González

I

Aquello era todas las noches.

Apenas apagábamos la vela, principiaba el ruido, un ruidito leve, cauteloso, tímido, como el que haría un enano de Swift, que, a obscuras y de puntillas, explorase el terreno, temeroso de graves peligros. A lo que imagino, primero reconocía el campo, iba y venía, subía y bajaba, se paseaba a su gusto por todas partes, retozaba entre las jaboneras de mi lavabo, revolvía los papeles de mi humilde escritorio escolar, profanando las odas de Horacio y las églogas de Virgilio; se trepaba al «buró», y con toda claridad oía yo cerca de mí los pasos del audaz, el roce de sus uñas en la fosforera, en el libro y en el sonoro platillo de la palmatoria.

Una vez quise sorprenderle, y encendí rápidamente una cerilla: estaba encaramado en el extremo de la bujía, como un equilibrista japonés en lo alto de una pértiga de bambú.

Chiquitín como era, el molesto visitante me causaba miedo atroz. Sólo de pensar que, aprovechándose de mi sueño, iría a mi cama, se instalaría en las almohadas, saltaría a mi cabeza y arrastraría por mis labios aquella colita inestable y helada, me daba calofrío. Y héteme en vela, como escucha en vísperas de combate, conteniendo el aliento, atento el oído y abiertos los ojos para ver a mi osado enemigo. La imaginación me lo pintaba —tanto así le temía yo— colosal, horrible, hambriento, feroz como una tigre hostigada que ha perdido sus cachorros. En esta inquietud, nervioso, sobresaltado, asustadizo, pasaba yo dos o tres horas, mientras en el otro lecho dormía mi padre el sueño dulce y tranquilo que nunca falta a las personas de buena conciencia.

A la mañana olvidaba yo mis temores y recelos de la víspera, sin pensar durante el día en el ratoncillo aquel de nuestra alcoba, teatro de sus correrías.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 957 visitas.

Publicado el 1 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

Historia de dos cachorros de coatí y de dos cachorros de hombre

Horacio Quiroga


Cuento, Cuento infantil


Había una vez un coatí que tenía tres hijos. Vivían en el monte comiendo frutas, raíces y huevos de pajaritos. Cuando estaban arriba de los árboles y sentían un gran ruido, se tiraban al suela de cabeza y salían corriendo con la cola levantada.

Una vez que los coaticitos fueron un poco grandes, su madre los reunió un día arriba de un naranjo y les habló así:

—Coaticitos: ustedes son bastante grandes para buscarse la comida solos. Deben aprenderlo, porque cuando sean viejos andarán siempre solos, como todos los coatís. El mayor de ustedes, que es muy amigo de cazar cascarudos, puede encontrarlos entre los palos podridos, porque allí hay muchos cascarudos y cucarachas. El segundo, que es gran comedor de frutas, puede encontrarlas en este naranjal; hasta diciembre habrá naranjas. El tercero, que no quiere comer sino huevos de pájaros, puede ir a todas partes, porque en todas partes hay nidos de pájaros. Pero que no vaya nunca a buscar nidos al campo, porque es peligroso.

"Coaticitos hay una sola cosa a la cual deben tener gran miedo. Son los perros.

Yo peleé una vez con ellos, y sé lo que les digo; por eso tengo un diente roto.

Detrás de los perros vienen siempre los hombres con un gran ruido, que mata.

Cuando oigan cerca este ruido, tírense de cabeza al suelo, por alto que sea el árbol. Si no lo hacen así, los matarán con seguridad de un tiro".

Así habló la madre. Todos se bajaron entonces y se separaron, caminando de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, como si hubieran perdido algo, porque así caminan los coatís.


Leer / Descargar texto

Dominio público
7 págs. / 12 minutos / 810 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2016 por Edu Robsy.

2324252627