Textos más populares esta semana etiquetados como Cuento | pág. 44

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etiqueta: Cuento


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Sin Palo ni Piedra

Javier de Viana


Cuento


Es el Pipirí un arroyuelo insignificante, plácido, casi lampiño y que da la impresión de un joven exangüe, agobiado por un mal constitucional incurable.

Sobre el llano, de muy leve declive, las aguas blanquísimas parecen inertes, tan grande es la pereza con que van marchando hacia la confluencia. Se diría que expresamente dilatan el término inevitable de su apacible andar, horrorizadas con la perspectiva de mezclarse a las masas briosas del gran río, que, en impetuoso galope van a choca con las duras aguas marinas.

En sus márgenes, vénse, de trecho en trecho, raros bosquecillos de sauce, que acrecientan la melancólica fisonomía del paisaje.

A un centenar de varas del arroyo, hay una casita de muros muy blancos y de techos de teja ensombrecida por la acción del tiempo.

Al frente se yergue, como celoso guardián, un opulento paraíso; y tras un modesto jardincillo, se extiende la huerta, con escasos árboles frutales, viejos también, casi improductivos. Una lujuriosa madreselva, de ramas gruesas, negras, nudosas, se eleva, retorciéndose hasta el alero de la techumbre y se desparrama por la fachada, prediéndose a los barrotes de las rejas de las ventanas.

Un gran silencio reina de continuo en aquella casa, que parece estar en duelo o habitada por algún enfermo grave. Hasta el viejo perro canelo que dormita junto a la puerta principal, cumple sus deberes de guardián anunciando la aproximación de los forasteros con discreto y apagado ladrido...

En una tarde de otoño, cuyo cielo pálido aumentaba la melancolía del lugar, una joven paisana, extremadamente bella, sentada en un rústico banquito, al pie del paraíso, cosía.


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3 págs. / 6 minutos / 40 visitas.

Publicado el 17 de agosto de 2022 por Edu Robsy.

El Hombre Único

Nilo Fabra


Cuento


En una isla de la Polinesia, que por su pequeñez ni siquiera consta en los mapas, reinaba, sin oposición ni émulos platónicos, un jefe de tribu, que, en las alocuciones y mensajes dirigidos a sus fieles súbditos, dábase a sí propio el dictado de Emperador del mundo. Un navegante europeo que por acaso abordó aquellas playas, trató de disuadir a Su Majestad Universal de sus errores geográficos; mas este se limitó a contestarle: «No existe ni puede existir otro mundo fuera de mi isla, porque sé de muy buena tinta que el Sol, mi ilustre antecesor, fundó aquí su única casa solariega, y no tiene más descendientes que yo y mis vasallos: por lo tanto, los que venís en el buque debéis ser espectros en figura humana.»

La persona que te voy a presentar, lector benévolo, sin los conocimientos genealógicos de aquel monarca de antiquísima alcurnia, ni pretender compartir con él tan claro linaje, fue más allá en su opinión sobre sus semejantes.

Poseído de extraña aberración mental, que no reveló jamás, porque fue loco vergonzante, antojósele que en el mundo no existía más personalidad corpórea que la suya, y que los hombres y los demás seres animados eran vanos fantasmas hechos para su servicio, mortificación o entretenimiento.

Algunas veces extremaba su extravagante hipótesis, juzgando quiméricos cuantos objetos herían sus sentidos, de lo cual deducía que él monopolizaba el mundo de las ilusiones. A decir verdad, no tuvo sobre este punto opinión constante, fija y concreta, pero sí sobre lo primero, que llegó a ser para él verdad inconcusa.

No conoció a sus padres, porque los había perdido siendo muy niño; circunstancia que le libró de la dura necesidad de no creer en ellos y de sacrificarlos al principio fundamental de sus convicciones.

Era español, y llamábase Tomás Solitario.


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6 págs. / 10 minutos / 35 visitas.

Publicado el 20 de febrero de 2023 por Edu Robsy.

Batalla de Feos

José Fernández Bremón


Cuento


Qué sueño aquel tan agitado: recuerdo que hubo una gran batalla entre los hombres guapos y los feos: y como aquéllos eran pocos, los pasamos a cuchillo; corrió la voz de que algunos habían escapado a la matanza disfrazados de mujeres. Los vencedores dictamos una ley que castigaba con pena de muerte la hermosura en el hombre, y los consejos de guerra aplicaban la pena sin compasión: a cada instante se oían descargas: era que los soldados fusilaban buenos mozos: y ¡fenómeno extraordinario!, cuantos más sucumbían, más hombres guapos aparecían por todas partes, y menos feos veíamos, o conformes al menos con la idea que teníamos de la fealdad.

El poder se preocupó de aquella abundancia de hermosos, y recelando que pudiesen dar un golpe de mano, hizo una ley de sospechosos, mandando encarcelar a todo el que tuviera alguna gracia, atractivo o facción buena. Los amigos solíamos decirnos en secreto:

—¿Tengo en mi cara algo notable?

—Nada: puedes vivir seguro.

O darnos este aviso:

—Tu nariz es correcta: te aconsejo que te la cortes.

No hacíamos otra cosa que mirarnos al espejo para extirpar cualquier hoyuelo, perfección o suavidad penable por la ley. El que no tenía verrugas las sembraba en sus mejillas: si por desgracia no brotaban, se hacía poner tachuelas en el rostro. Todos nos afeábamos a competencia, y sin embargo, las ejecuciones aumentaban. La lista de los ajusticiados nos llenaba de espanto, porque leíamos nombres de personas reconocidamente feas.

—¿Por qué han fusilado a Fulano? —preguntábamos en voz baja.

—El tribunal ha hallado su fealdad agradable.

—¿Y Zutano?

—Fue denunciado por vislumbrarse en él cierta hermosura cadavérica.


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1 pág. / 2 minutos / 34 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2024 por Edu Robsy.

El Último Encargo

Carmen de Burgos


Cuento


Todas las tardes se repetía para Manuel la misma escena; cansado del trabajo monótono, regular y frío de las oficinas, salía á la calle con el cerebro lleno de pesadez calenturienta, y al respirar el aire oxigenado, lanzaba un suspiro de satisfacción, recordando, con amarga conformidad, las sombrías paredes de su despacho, cárcel de los condenados al trabajo forzoso para ganar el pan.

Manuel andaba apresuradamente, durante todo el día, sobre el libro, lleno de fa igosas columnas de números; había creído ver una cabecita rubia, de ojos azules, melancólicos, espirituales, con los labios rosados y el cutis de una blancura diáfana y nacarada.

Al llegar á su modesto cuarto tercero, encontraba Manuel la cabecita rubia de una encantadora niña de diez y ocho años, que se lanzaba á sus brazos llena de infantil alegría.

La mesa, con la modesta comidita, servida sobre blanco mantel, con vasos y platos, deslumbrante de lim pieza, lo esperaba.

Después la pequeña chimenea encendida, la butaca preparada, la mesita con el tabaco y la novela favorita al alcance de su mano, todo parecía destinado á que Manuel olvidase las horas tristes de la oficina.

El joven era feliz; aquel amor constituía toda su dicha y toda su ambición; la sombra de la duda no había empañado nunca su pensamiento; había sido el primer amor de Elena; ella era huérfana y pobre, vivía con una hermana de su madre, que la recogió por caridad, y trabajaba en un obrador de modista.

El la esperaba todas las tardes al salir del taller, y los dos formaban bellas novelas para el porvenir.

La muerte de la que servia de madre á Elena turbó la felicidad de los enamorados; la joven quedaba sin amparo, y el modesto empleado le ofreció su escaso porvenir, que ella aceptó llena de agradecimiento.

Manuel quiso verificar en seguida la boda; pero era menor de edad y la madre no prestó su consentimiento.


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3 págs. / 5 minutos / 33 visitas.

Publicado el 21 de enero de 2025 por Edu Robsy.

El Hombre Artificial

Horacio Quiroga


Cuento, Novela, Drama


I


La rata yacía inmóvil, patas arriba, entre las blancas manos de Donissoff. Los tres hombres, con la respiración suspendida, estaban doblados sobre el animal tendido en la mesa.

—¿Y...? —exclamó Ortiz, ansioso.

Donissoff tardó un rato en contestar. La belleza angelical de su rostro había adquirido un tono duro, implacable, como si la terrible voluntad que se albergaba dentro de aquella cabeza gentil hubiera traspasado el semblante.

—Nada, todavía —respondió al fin—; no es tiempo aún.


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37 págs. / 1 hora, 5 minutos / 29 visitas.

Publicado el 1 de septiembre de 2026 por Brian.

Lo Presente Juzgado por lo Porvenir

Nilo Fabra


Cuento


En el siglo XX


El vapor con sus múltiples aplicaciones constituyó la principal gloria del siglo XIX. La aplicación de la electricidad como fuerza motriz es, sin duda alguna, la verdadera causa del progreso que, en el orden material, hemos alcanzado en el siglo XX.

A los ferrocarriles, obras costosísimas y largas, particularmente en los terrenos quebrados, han sucedido las vías férreas aéreas, sostenidas por esbeltas columnas, sobre las cuales, salvando agrias pendientes que hacen innecesarios los túneles y las curvas, deslízanse coches colgantes arrastrados por aparatos eléctricos, con velocidad vertiginosa. Los buques de vapor, que requerían grandes depósitos de carbón y máquinas pesadísimas, han cedido el puesto a las ligeras naves que hoy surcan todos los mares, impulsadas por la electricidad acumulada, merced a un sencillo artificio que ocupa poco espacio y desarrolla considerable fuerza. Utilizada esta por todas las industrias y la agricultura, perfeccionados los procedimientos de la fabricación, reducidos en extremo los precios de transporte, los productos manufacturados y naturales han disminuido de tal suerte de su valor, que muchos de ellos calificados de lujo en el siglo precedente, se han puesto en el nuestro al alcance de las más modestas fortunas, demostrando así que artículos o mejoras que en una época se juzgan como exceso y demasía en el regalo, los convierte después la baratura en objeto de general consumo.


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7 págs. / 12 minutos / 28 visitas.

Publicado el 20 de febrero de 2023 por Edu Robsy.

Las Cañadas

Juan José Morosoli


Cuento


El agua que corría por la calzada se llenaba de pequeños barcos de papel, que arrojábamos uno detrás de otro. Luego los seguíamos con la imaginación en su viaje por las calles del pueblo. Mi padre nos reprendía. Aquel continuo ir y venir bajo la lluvia, terminaría por mojarnos la ropa.

–Déjalos –decía abuelo. –No son los botes, son ellos que viajan...

Siempre el agua en nuestra alegría. El agua corriendo como nosotros.

Tras los ríos de la calzada, las cañadas llenas de saltos y con enaguas de espuma como las niñas.

Las cañadas llenas de encanto, con la juguetería de sus piedras de colores, redondas y sonantes como monedas.

Quisimos hacer una colección pero comprendimos que era imposible. Era tan difícil como coleccionar nubes.

–¿No ves que todas, todas, son de colores distintos?...

Había de colores que sólo se podían definir por comparación. Colores que sólo tenían las frutas, los pájaros y las nubes.

Las golondrinas volaban sobre su cauce sonoro flechando la mañana. Peces como hojitas iban en la corriente.

Junto con los pantalones largos conquistamos el arroyo que ya era cosa de muchachos y no de niños.

Y luego las noches del arroyo.

Íbamos a pescar con los amigos.

La noche se escondía en el monte. Algunos pájaros cantaban las horas como relojes. La corriente se cargaba de estrellas. Las lagunas le tiraban de la cabellera a los sauces.

Nos reuníamos en torno de los fogones donde llameaban azules y amarillos los leños del pago.

La noche se iba corriendo hacia los bordes del campo y el arroyo se guardaba monte adentro...

Siempre había una corriente de agua en nuestras horas mejores.

Pero las cañadas eran las más queridas. Las cañadas son la niñez.


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1 pág. / 1 minuto / 27 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2025 por Edu Robsy.

Los Boyeros

Juan José Morosoli


Cuento


Al caer la tarde, Pololo, el negrito, y yo íbamos al arroyo. Marchábamos monte adentro siguiendo los senderos trazados por el ganado que iba a abrevar. Hasta el borde de la laguna llegaban las vacas, tranquilas y lentas, y hundían el belfo en el agua. Parecían beber las ramas de los molles que el poniente acostaba en la laguna.

Allí arrojábamos migajas a las mojarras para ver el juego de sus cuchillitos y sus fugas eléctricas.

El monte se iba durmiendo con la canción del agua y el canto, cada vez más lento y espaciado, de los pájaros que regresaban del campo.

Cuando las estrellas bajaban a la laguna, los boyeros acunaban la tarde con su silbo y ésta se dormía.

Camino de vuelta veíamos salir de sus nidos, en la tierra profunda, como avisadas de nuestro paso, a las lechucitas de ojos redondos y dorados.

Un día llegaron los monteadores.

Sentíamos los golpes de sus hachas, las quejas de los troncos heridos y la caída brutal de los árboles.

Por el aire vagaba el olor a savia muerta.

Vimos caer los últimos árboles de la jornada. Tras el derrumbe se precipitaban sobre el horror de la pichonada deshecha y el desorden de plumas de los nidos, los perros hambrientos.

Fue entonces que Pololo vio partir los boyeros.

Con ellos se iba la canción de cuna de la tarde.

Fue la última vez que vimos boyeros.


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1 pág. / 1 minuto / 24 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2025 por Edu Robsy.

Florecilla

Ramón María Tenreiro


Cuento


“La provincia delta Marca d’ Ancona fu anticamente, a modo che ’l cielo di stelle, adornata di santi ed esemlari frati; i quali, a modo che luminari di cielo, hanno alluminato e adornato 1’ Ordine di santo Francesco e il mondo con esempli e con dot trina.”

—Fioretti di San Francesco.


¡Oh tú, Marca de Ancona, dichosa tierra entre la montaña y el mar, luce tu fama de santidad, como el cielo de estrellas! Cuando en Asís se encendió en pecho humano aquella hoguera de caridad divina que se llamó Francisco, a cuya palabra prendía el fuego de amor en los corazones, como en maduras mieses por agosto, fuiste tú, Marca de Ancona, la tierra que más se abrasó en aquel incendio, la que más apóstoles trajo para la santidad nueva y la que dió más enamorados amadores a la Virgen Pobreza. En tu ribera, se congregaron los peces de tu mar y de tus ríos, al mandato de la voz del hermano Antonio, y a su modo, reverentes, adoraron al Creador. Al pie de los pinos de tus selvas, y entre las quiebras de tus peñascales, hubo franciscanas colmenas, de donde manaba, gota a gota, la miel de la plegaria. ¡Cuántas veces, alguno de aquellos santos ermitaños, arrebatado de un éxtasis, fué suspendido corporalmente en los aires a más de cinco brazas del suelo! ¡Cuántas, los pájaros del bosque venían a posarse domésticamente sobre los hombros y el pecho de los enajenados penitentes, cantando cánticos de mucha maravilla! ¡Cuántas, en fin, los ángeles del Señor, pisaron tus breñales, por templar, con la dulzura de su presencia, la mortificación huraña de los solitarios! ¡Oh, tú, Marca de Ancona, dichosa tierra, luce tu fama de santidad, como el cielo de estrellas!

De la vida de uno de aquellos insignes varones de virtud y fortaleza arranqué yo esta tierna florecilla. Ojalá no pierda su fragancia al ser tratada entre mis manos indignas.


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4 págs. / 7 minutos / 23 visitas.

Publicado el 1 de noviembre de 2023 por Edu Robsy.

"Remigio"

Narciso Segundo Mallea


Cuento


Era "Remigio" un hermoso galgo: fino el hocico, colgantes las orejas, alargado el cuerpo, renegrido el pelo, con una faja blanca que semejaba un cinturón de gladiador. Me lo dió un amigo que parecía también un galgo, dado en extremo a la caza, solterón empedernido, cincuentón casi... —Llévese esa hermosura, me dijo—. Como éramos vecinos y nuestras casas lindaban, yo tomé el animalito con cariño y me lo llevé con esa fruición de quién hurta una golosina.

Mi mujer, al verme, exclamó: —Ya te vienes con un semillero de pulgas! —Mujer, la dije, semillero no; pero algunas pulgas si... Algunas será bueno haya en casa; hijos no tenemos; todo es aquí limpio como una patena, seco, agrio, en razón de que no hay quien ensucie..quien dé un picotazo. Ya verás como concluyes por tener amor a este perrillo...

—Oh!...

—Sí, ya verás...

"Remigio" salía del regazo materno con los atraetivos de un ser alegre y rollizo; fué por eso que mi mujer comenzó a cobrarle cariño, que él fomentó con sus gracias y cabriolas.

—Ya he comenzado a llamarle "Jazmín", me dijo un día que el animalito le hacía fiestas.—No, la dije, qué esperanza! Poner nombre de flor a un perro que no es un faldero; a este perro hay que ponerle un nombre varonil...

—Sultán!, entonces...

—No me es cómodo tener un sultán en casa... Mira, le pondremos "Remigio".

—Jesús!... un nombre de persona... y quién sabe si no tenemos algún amigo de ese nombre...

—No te alarmes; te contaré. Yo tuve un tío muy amigo de los perros, era como una égida de ellos, y un día, cuando era yo pequeño, me dijo: "Si alguna vez tienes un perro, ponle mi nombre, ponle Remigio. Los perros son más nobles que nosotros; no se hacen ellos las perrerías que nos hacemos los hombres..." Ahí tienes. Por otra parte, no se pone a la gente nombres de animales? Por qué no poner a los animales nombres de gentes?...


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3 págs. / 5 minutos / 20 visitas.

Publicado el 11 de julio de 2024 por Edu Robsy.

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