Mi ruina
Hoy logré contemplar el albor de la mañana.
Con su claridad, a través de su claridad, buscaba mis lugares, mis
calles y mis caminos. Toda la ciudad se abría ante la luz, entre el mar y
los árboles.
Hacia el norte, la gran masa vegetal, con su tinte obscuro, asomaba
por detrás de la muralla de edificios, descubriéndose ante el sol
tangente, suave, cuyos rayos se escurrían por sobre las cúpulas y las
torres. El cielo, colosal, sonrosado apenas, se desgarraba al encajar
entre el sube y baja de los pardos techos: era la pureza de un color que
se manchaba al llegar a la tierra.
Crecía el murmullo y se hacía el ruido por toda la ciudad. El astro
llameante había dado el impulso y eran ya en la realidad, el trabajo, el
hambre y la estulticia.
Mi vista abarcó de nuevo el semi-círculo azul y caí como un pájaro en precipitado vuelo sobre las arboledas del norte.
Allí aun reinaba el silencio: érase mi mundo. Las aves, desprendidas
de sus nidos saeteaban los poros del boscaje que se abría en la altura
luminosa. Las trayectorias inconclusas y los colores indefinidos se
unían harmónicamente. Faltaba el matiz de las flores, pero, en cambio,
las hojas abandonadas las unas sobre la otras, movidas por un impulso
lento, débil, acompasado, me llenaron de voluptuosidad. Todo un harem de
mujeres orientales cruzó por mi imaginación. Sólo la realidad de un
vetusto estanque logró expulsarlas de mí.
Noté primero un intervalo en la vegetación, luego, como algo que se
ve apenas, una reja en forma de circunferencia hirióme la retina. Me
acerqué a ella. Era antigua... muy antigua. Su color, allá, en su
infancia, debió ser de un marrón obscuro; ahora era apenas perceptible.
Llena de manchas, de herrumbre y musgo, la pobre reja antigua se
arqueaba dolorosamente.
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