Textos favoritos etiquetados como Novela corta | pág. 24

Mostrando 231 a 240 de 278 textos encontrados.


Buscador de títulos

etiqueta: Novela corta


2223242526

El Ingenuo

Voltaire


Novela corta


Historia verdadera, sacada de los manuscritos del P. Quesnel.

Capítulo I

Que cuenta cómo el prior de Nuestra Señora de la Montaña y su hermana encontraron á un hurón


Una vez San Dunstan, de nación irlandés, y de oficio santo, se partió de Irlanda en una montaña, la cual aportó nadando á las playas de Francia, y en este navío de nueva invención llegó á la bahía de San Malo. Así que desembarcó dió su bendición á la montaña; hízole esta una profunda reverencia, y se volvió á Inglaterra por el camino mismo por donde había venido. El bienaventurado Dunstan fundó un priorato en el país, y le apellidó priorato de la Montaña, nombre que hoy dia conserva, como sabemos todos.

El año de 1689, el dia 15 de Julio por la tarde se iba paseando y tomando el fresco por la ribera del mar en compañía de su hermana doña Ambrosia de Kerkabon, el abate de Kerkabon, prior de Nuestra Señora de la Montaña. El prior era hombre entrado ya en dias, y muy digno eclesiástico, querido de sus vecinos, habiéndolo sido cuando mozo de sus vecinas; pero lo que más le hacía estimar de todos, era que él sólo, entre todos los beneficiados del país, se iba por sus piés á la cama cuando cenaba con sus colegas. Sabía razonablemente la teología; y cuando estaba cansado de leer á San Agustín, se divertía con algún entremés: de suerte que todo el mundo hablaba muy bien de el.

Doña Ambrosia de Kerkabon, que nunca había sido casada, puesto que había tenido fuertes ganas, conservaba su lozanía á los cuarenta y cinco años; era de buena índole y compasiva, aficionada á divertirse y devota.


Leer / Descargar texto

Dominio público
73 págs. / 2 horas, 7 minutos / 680 visitas.

Publicado el 7 de junio de 2021 por Edu Robsy.

Noche al Raso

José María Roa Bárcena


Novela corta


Manuscrito hallado entre papeles viejos


Al conde de Bassoco

I

Cuando aún no había caminos de hierro entre nosotros, ni eran fáciles los medios de transporte, y el invento de Fulton solía verse anunciado, como si dijéramos en figura, por un par de bueyes soñolientos que más de una vez remplazaron a los cansados troncos de mulas en el tiro de carruajes; allá por los años de 1840, para acabar con esta perífrasis, venía de Orizaba a Puebla, con todo y la polvienta funda de manta, de rigor, un coche ocupado por los siguientes personajes:

Un procurador o agente de negocios, de enjuto y avinagrado rostro, de traje negro y algo mugriento, y cuyo desaliño, se sintetizaba, digámoslo así, en las enlutadas y largas uñas, parte integrante de los utensilios de su profesión; y que chocaban entonces, por no verse, como ahora, en las manos de los más atildados mancebos, y aun de las más bellas damas.

Un militar retirado, con una pierna de menos y muletas y dos o tres cicatrices demás; de los que en tiempo de la insurrección se batieron al lado de Rosains, o acompañaron en la cueva tradicional a don Guadalupe Victoria, fomentándole sus sueños de dicha doméstica y patriótica, cifrados, según lenguas mordaces, en casarse con una india de Guatemala y ser uno y otra coronados rey y reina de América, como entonces se decía.

Un aficionado a la pintura, que desde su juventud había sido almonedero en México, en la calle de la Canoa.

Por último, un hacendado actual, boticario retirado del oficio, con buenos pesos extraídos de la zarzaparrilla y la borraja; cuyo aspecto hacía recordar el ruibarbo, y cuya levita parecía haber probado muchos años atrás todos los ungüentos de la farmacia.


Leer / Descargar texto

Dominio público
64 págs. / 1 hora, 52 minutos / 139 visitas.

Publicado el 16 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

Luisa de Bustamante

José María Blanco White


Novela corta


Bien quisiera yo, amigos lectores españoles, tener la pluma de Cervantes para con ella ganar vuestra benevolencia en favor de la narración que me propongo escribir. Pero, aunque el mismo suelo y cielo vieron nacer al célebre ingenio que ha sido y será por siglos la admiración de Europa y al oscuro individuo que esto escribe, la naturaleza dotó al uno con sus mejores dones y dejó al otro, si no desheredado enteramente, a lo más con un corto patrimonio en la república de las letras. Añádase a esto una ausencia de treinta años que casi lo han hecho extranjero en su patria, y no será difícil conjeturar con qué poca confianza emprende, enfermo y casi moribundo, la composición de una obra en español.

Pronto, me temo, vendrán muchos, a preguntarme: ¿por qué la emprendes? A esta pregunta responderé diciendo que la naturaleza es más poderosa que la costumbre y que es ley bien conocida de la condición humana que, a medida que envejecemos, se rejuvenecen las impresiones de la niñez y de los verdes años. Nada, paisanos míos: me empecé a convencer, algunos años ha, que había entrado dentro de los términos de la vejez con el perpetuo revivir que noté en mí de imágenes y memorias españolas. Hasta mis sueños, que por muchos años habían sido, por decirlo así, en mi lengua adoptiva, comenzaron a mezclar con él otro idioma el castellano. Desde entonces he sentido un vivo deseo de probar si el cielo me concedería, en el corto espacio que me puede quedar de vida, la satisfacción de dejar siquiera una obrita a España en que sus hijos hallasen tal cual entretenimiento unido con algún provecho.


Leer / Descargar texto

Dominio público
76 págs. / 2 horas, 14 minutos / 119 visitas.

Publicado el 14 de enero de 2021 por Edu Robsy.

El Hombre Natural y el Hombre Artificial

Santiago Ramón y Cajal


Novela corta


I

El siguiente coloquio, interesante por más de un concepto, ocurrió en París; durante la estación de las flores, desarrollándose en la animada escena del bulevar Montmartre, sobre la ancha acera de un café al aire libre.

Junto a un velador, y bajo la protectora y policroma marquesina, hallábase cierto caballero como de treinta y cuatro años, alto, moreno; de frente despejada y ojos vivos e inteligentes. Entre sorbo y sorbo de café leía distraídamente la Prensa del día, dirigiendo de cuando en cuando furtivas miradas a la porción libre del trottoir, por donde desfilaban, en procesión pintoresca e interminable, hombres trafagosos, perezosos fláneurs y airosas, pulcras y bien trajeadas muchachas. Satisfaciendo la natural curiosidad del lector, diremos, desdé luego, que el personaje en cuestión era don Jaime Miralta, español naturalizado francés; célebre ingeniero y director de importante y acreditada fábrica de aparatos eléctricos.

Al alzar sus ojos del periódico atrajo de pronto su atención la presencia, en otro velador vecino, de un forastero severamente vestido, de airé grave y solemne y enlutado a usanza española.

«Este sujeto no me es desconocido», pensó Jaime, quien, después de repasar sus recuerdos, acabó por reconocer en el recién llegado a su antiguo condiscípulo y contrincante del Ateneo don Esperaindeo Carcabuey, barón del Vellocino, el cual, mirando a su vez al compañero, levantóse bruscamente del asiento y corrió a saludarle efusivamente, exclamando:

—¿Cómo?… ¿Tú por aquí? ¡Qué grata sorpresa!… Cuéntame… ¿Qué es de tu vida? ¡Seis años sin noticias tuyas! Sabía que, a consecuencia de las persecuciones de que fuiste objeto, te habías expatriado…; pero te creía en América…


Leer / Descargar texto

Dominio público
73 págs. / 2 horas, 9 minutos / 337 visitas.

Publicado el 5 de enero de 2021 por Edu Robsy.

La Casa Maldita

Santiago Ramón y Cajal


Novela corta


I

Lee esta carta —dijo Inés, radiante de júbilo, a su padre— que acabo de recibir de Julián, mi primo de América. ¡Qué alegría! Le tendremos entre nosotros antes de un mes, y viene rico en bienes y experiencia, como tú lo deseabas.

El progenitor de Inés, conmovido por el gozo de su hija, cogió la carta, se caló las antiparras y leyó:


Mi inolvidable prima: Según te anuncié, mis negocios marchan viento en popa. Tanto, que creo haber entrado ya en la envidiable grey de los burgueses, y, como no soy ambicioso, he decidido repatriarme.

En las postrimerías de junio llegaré a Nueva York, por el ferrocarril de San Francisco; aseguida me embarcaré en el vapor Bourgogne; tocaré en El Havre sobre el 9 o 10 de julio, y después de pasar algunos días en París tendré el supremo deleite de volverte a ver. Si, como presumo, continúas fiel a tus sentimientos de antaño, pondré a tus pies el fruto de mis ahorros, unos miserables doscientos mil duros. Acéptalos con mi mano, pues tuyos son; porque solo tu recuerdo ha podido infundirme la salud y la actividad necesarias para ganarlos y la sobriedad y virtud requeridas para economizarlos.

Desea ardientemente hallarse a tu lado y abrazar a sus tíos tu primo,

Juliári.


Esta carta del novio de Inés satisfizo plenamente a don Tomás, mayorazgo de regular patrimonio, con solar blasonado en Rivalta y fama de linajudo y honrado en toda la comarca.


Leer / Descargar texto

Dominio público
52 págs. / 1 hora, 31 minutos / 311 visitas.

Publicado el 5 de enero de 2021 por Edu Robsy.

En las Cavernas

Emilia Pardo Bazán


Novela corta


I

La horda, rendida y extenuada, hubiese deseado refugiarse en la cueva, entrando en ella con el apresuramiento maquinal de los borregos al acogerse al redil. Llevaban varios soles caminando, en busca de una tierra benigna, donde no abundasen las fieras y la caza no faltase, y donde sus semejantes, los humanos, no fuesen más numerosos y fuertes y los exterminasen; y nunca encontraban aquel Edén de su fantasía de primitivos, deslumbrados y aturdidos aún del primer contacto con la Naturaleza. La estepa, que después se llamó Iberia, prolongábase, al parecer, sin fin, pantanosa todavía, con densa vegetación de cañas y juncos, y arbolado a trechos; algunos gazapos la surcaban, corretones, muy difíciles de coger. Y la esperanza de la mísera ralea era que, a deshora, asomase por las ciénagas la manada de elefantes. Alguien moriría, pero los demás tendrían abundancia de sustento.

Dos se habían quedado rezagados, en conversación confidencial. Eran un hombre y una mujer.

Él, mozo y ágil, no parecía tan fatigado como ella, y se apoyaba, en actitud animosa, en un recio palo. Ella, joven y enjuta de formas, como una gamuza, ceñía a su delgada cintura largo delantal de corteza de árbol. A la luz de la luna, llena y rojiza aún, que empezaba a ascender por el cielo, como el rostro encendido de un dios, podía verse perfectamente que además de aquel rudimento de traje, la mujer ostentaba collares de conchillas y un peinado lleno de coquetería, grande, crespo, formando aureola, en el cual se clavaban a guisa de agujas puntas de colmillos de jabalí. Sus ojos ovalados se posaron en el mozo, y preguntó dulcemente:

—¿Estás muy cansado? ¿Tienes mucha hambre?

—No tanta que me quite las fuerzas. Tengo hambre de ti, Damara. De ti si que tengo hambre y sed. ¿No lo sabes?

Ella sonrió, y cariñosa repitió lo tantas veces dicho:


Leer / Descargar texto

Dominio público
45 págs. / 1 hora, 20 minutos / 236 visitas.

Publicado el 12 de mayo de 2021 por Edu Robsy.

La Familia del Doctor Pedraza

Vicente Blasco Ibáñez


Novela corta


I

—Yo también—dijo Serrano—conocí, como algunos de ustedes, al doctor Rómulo Pedraza. No siempre he vivido en París, pasando mis noches en los restaurants de Montmartre. Para reunir la modesta fortuna que me permite llevar mi existencia presente, anduve muchos años por América ejerciendo diversos oficios y conociendo los más rudos altibajos de la suerte.

Estando en Argentina hablé por primera vez con el doctor Pedraza. Yo no vivía en Buenos Aires. Me había metido en empresas de colonización y roturaba muy lejos de dicha ciudad unas tierras que estaban esperando desde el principio del planeta al hombre que se preocupase de hacerlas productivas.

La necesidad de adquirir dinero me obligaba a visitar con frecuencia la capital de la República. Pero como los Bancos se negaron finalmente a hacerme más préstamos dudando del éxito de mi colonización, tuve que buscar, para seguir adelante en mi negocio, el auxilio del Banco Hipotecario Nacional. Con lo que me diesen los altos y poderosos directores de este establecimiento, dependiente del Gobierno, podría pagar la mayor parte de mis deudas a los Bancos particulares, recobrando mi prestigio financiero, y terminaría, igualmente, los trabajos de roturación, que iban a centuplicar el valor de mis tierras.

Me quedé en Buenos Aires por mucho tiempo, dispuesto a no volver a mi propiedad hasta ver aceptadas mis pretensiones por el Banco Hipotecario. No era empresa fácil, ni rápida. Como muchos de ustedes no han estado allá, ignoran cómo se hacen los negocios en la mayor parte de los países americanos de habla española.


Leer / Descargar texto

Dominio público
36 págs. / 1 hora, 4 minutos / 110 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2021 por Edu Robsy.

La Ciudad de los Tísicos

Abraham Valdelomar


Novela corta, novela epistolar


I

El perfume

El recuerdo de aquella mujer está íntimamente ligado a esta historia. Era una de esas mujeres que sólo se encuentran una vez en la vida, que dejan tras de sí un agradable recuerdo y una misteriosa esperanza. Ésta parecía un dibujo de Gosé. Gosé es el caricaturista, como Boldini y La Gándara son los pintores de las grandes mujeres. No importa de dónde sean. Ellos son franceses en la forma, en el color, en la línea. Y Gosé es el único caricaturista de las mujeres; las niñas de Tourain son muy «bonitas», las de Fabiano, muy francesas, las de Gerbault, muy grotescas. Caran D’Ache pintaba a las oficinistas, Roubille pintaba a las descocadas y Sem a las célebres. Gosé, más filósofo o más frívolo —la frivolidad es una filosofía—, pintaba simplemente a las mujeres.

Ésta, la de mi historia, era uno de sus dibujos. Parecía una estampa litografiada en Múnich. Aquella esbeltez de talle, el cuello noble, rosado, surgiendo sobre el seno y bajo el cuello rubio y la elegantísima severidad de su vestido. La tarde lluviosa en que la vi, llevaba un traje ceñido de terciopelo negro, con dos rosas rojas en el pecho y otras dos en el sombrero negro de pieles. Parecía una silueta en tinta china brillante; tinta de los dragones de Hokusai y de las acuarelas de Utamaro. Una elegancia de terciopelo negro y rojo, porque su cara de piel de melocotón maduro no mostraba los ojos —¿negros, azules, ópalos?—, los ojos se perdían bajo el ala curva del sombrero. Pero la boca, la fresca boca, era de aquellas que no han nacido para la palabra sino para el gesto.


Leer / Descargar texto

Dominio público
54 págs. / 1 hora, 35 minutos / 871 visitas.

Publicado el 8 de septiembre de 2021 por Edu Robsy.

La Mariscala

Abraham Valdelomar


Novela corta, historia, crónica


Introducción

Doña Francisca de Zubiaga y Bernales de Gamarra, cuya vida refiere y comenta Abraham Valdelomar, en la Ciudad de los Reyes del Perú - MCMXIV.

OFRENDA:

A la Imperial Ciudad incaica, nido de cóndores y de leyendas, hija predilecta del Sol, en cuyos palacios de piedra y de oro se deslizó la vida de magníficos señores; donde vive aún, a través de tantas desventuras, junto a la dulce melancolía de las quenas, la indómita soberbia de la Raza; a la Ciudad del Cusco, cuna de tan gran mujer, dedica estas páginas, el autor.

A. V.


Esta Mujer nacida para grandes destinos, que en el ostracismo entregara su espíritu a Dios, es una de las más completas figuras en nuestra incipiente nacionalidad. Su vida fue corriente tumultuosa de vibraciones sonoras, de inextinguibles energías. Gobernó a hombres, condujo ejércitos, sembró odios, cautivó corazones; fue soldado audaz, cristiana fervorosa; estoica en el dolor, generosa en el triunfo, temeraria en la lucha. Amó la gloria, consiguió el poder, vivió en la holgura, veló en la tienda, brilló en el palacio y murió en el destierro. Religiosa, habría sido Santa Teresa; hombre, pudo ser Bolívar.


Leer / Descargar texto

Dominio público
57 págs. / 1 hora, 40 minutos / 495 visitas.

Publicado el 8 de septiembre de 2021 por Edu Robsy.

La Fuga

Emilio Bobadilla


Novela corta


I

Casi nadie se explicaba cómo podían vivir, al parecer en tan amigable compañía y bajo el mismo techo, el marido, la mujer y el amante. Quién, calificaba de cornudo consentido al primero; cuál, de cínica á la adúltera; quién, de vividor al querido; pero nadie se paraba á analizar la urdimbre de semejante biandria.

Matilde no casó por amor, ni pizca. Su familia la obligó á matrimoniar con un hombre á quien ella detestaba, á pesar de su dinero. Asistió á la ceremonia nupcial estúpidamente impasible, como si hubiera tomado una gran dosis de bromuro de potasio. Su primera noche conyugal, cierto que la reveló á medias los secretos de la función venérea, pero no los del amor espontáneo y hondo. Fué noche inquisitiva, de husmeo femenino, de curiosidad semejante á la que despierta en un mono la presencia de una serpiente dormida. Los besos y abrazos de aquel hombre no calentaban su sangre por venir de quien venían, sino por ser meros estímulos carnales, exentos de toda ilusión. Joven, virgen y ardiente, se estremecía como la hoja en el árbol con aquellas sensaciones, sin saber por qué. Grito del despertar inconsciente de la naturaleza...


Leer / Descargar texto

Dominio público
33 págs. / 57 minutos / 150 visitas.

Publicado el 14 de septiembre de 2021 por Edu Robsy.

2223242526