Textos más cortos etiquetados como Novela corta | pág. 18

Mostrando 171 a 180 de 278 textos encontrados.


Buscador de títulos

etiqueta: Novela corta


1617181920

Viviana y Merlín

Benjamín Jarnés


Novela corta


A Titania.
A la reina Mab.
A todas las amigas —visibles e invisibles— de Viviana y Merlín.

Años de aprendizaje y alegría

(Nota autobiográfica)


Como Scheherezada, yo salvé mi vida narrando, produciendo.

...Toda mi existencia ha sido una lucha contra mí mismo. Yo no quiero tener discípulos.

Kierkegaard.


Mi edad bien puede adivinarse por la foto que acompaña a estas líneas, hecha en abril de 1930. Ya dije otras veces la fecha exacta —y lejana— de mi nacimiento: no soy masoquista.

Hay en Aragón enormes extensiones donde apenas crece sino un poco de esparto. En una de ellas, a distancia de unos pocos kilómetros y de algo más de un siglo, nació Goya y nací yo. Él, en Fuendetodos, y yo, en Codo. Como Goya, fui a Zaragoza, y como Goya, caí después en Madrid. Uno, a pintar muy bien, y otro, a escribir como se puede. Me gustaría desterrarme también por algo y morir, como él, en Burdeos o en China. Esto me será fácil. Aunque me gustaría mucho más tener duquesas desnudas que pintar —tropo a tropo, claro es— después o al mismo tiempo de haberme derretido de amor por ellas. (Ya comprendo lo difícil de realizar esta última parte del itinerario goyesco, pero mi devoción —fatal— por Goya es superior a todo, y —fatalmente— debo hacerlo así constar en mi programa de ambiciones).

Me gustaría, además:

Ser tan exuberante como Goya y tan alerta como mi segundo genial paisano y maestro, Baltasar Gracián. Es decir: llenar los museos literarios de libros opulentos, pero magros; incandescentes, pero de llama cautiva en transparente cristal; voluptuosos, pero de sensualidad puesta en tortura de razón; vivaces, vivarachos, quizá, hasta el aturdimiento, pero de inquietud siempre armonizada; libres, pero de ruta bien clara y hondo cauce.


Leer / Descargar texto

Dominio público
69 págs. / 2 horas / 25 visitas.

Publicado el 25 de agosto de 2026 por Edu Robsy.

Pachín González

José María de Pereda


Novela corta


Nihil in terra sine causa fit, et de humo non oritur dolor.

(JOB, c. V, 6.)
 

Salió de su casa el día preciso (el de los Difuntos, por más señas), después de oír las tres misas del párroco de su aldea; día bien triste, ciertamente, para los vivos, si tienen memoria para recordar y corazón para sentir, porque los hay que no sienten ni recuerdan, sobre los cuales pasan esas y otras remembranzas como el viento sobre las rocas. Sin los alientos que le infundió el cura aquella misma mañana, sabe Dios si hubiera padecido serios quebrantos su resolución, porque fue mucho lo que lloró su madre oyendo las misas y comulgando a su lado, aunque afirmaba la buena mujer que solamente lloraba por los pedazos de su corazón que pudrían en la tierra: por aquel esposo tan providente y tan bueno, por aquella hija tan garrida y cariñosa, cuyas vidas había segado el dalle de la muerte tres años antes. Sería o no sería esto la pura verdad en opinión del hijo, que también lagrimeaba por contagio y a cuya sutileza de magín no se ocultaban ciertas cosas; pero las reflexiones del párroco por una parte, y por otra la labor tentadora de cierto diablejo que no descansaba un punto en su imaginación pintándole cuadro tras de cuadro y siempre el último más risueño que el anterior, lograron hacerle triunfar, sin gran esfuerzo, de sus flaquezas de hombre y de sus ternuras de hijo cariñoso. Tocante a lo señalado del día, no era posible elegir otro más alegre. El vapor zarpaba el 4 a media mañana, y no le sobraba una hora del 3 para despachar debidamente los indispensables quehaceres que le esperaban en la ciudad.

Ello fue que la madre y el hijo llegaron a Santander, según lo anotó a pulso el jovenzuelo en su flamante cartera, «en la tardezuca del 2 de noviembre de 1893».


Leer / Descargar texto

Dominio público
69 págs. / 2 horas, 2 minutos / 1 visita.

Publicado el 18 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

Daisy Miller

Henry James


Novela corta


I

En la pequeña ciudad suiza de Vevey hay un hotel extraordinariamente confortable, si bien es verdad que allí casi todos son buenos hoteles, ya que el negocio principal en esta región es el turismo. Muchos viajeros recordarán aún que nuestro hotel se halla situado al borde mismo de un renombrado lago azul, cuya visita es poco menos que obligatoria para todos los turistas. Por las orillas del lago se extiende, además, una ininterrumpida serie de albergues de diversas categorías que van desde el Gran Hotel, de nuevo estilo, fachada revocada de blanco, con un centenar de balcones y una docena de gallardetes flotando en su tejado, hasta la modesta pensión suiza, de típica fachada rústica, de madera, con el nombre escrito en caracteres góticos sobre un rótulo rojo o amarillo, fijado a una valla, y su correspondiente cenador de verano en el ángulo del jardín. Hay, sin embargo, un hotel en Vevey, famoso por su aire de lujo y seriedad, que lo distingue de sus empingorotados vecinos.

En el lugar descrito, durante el mes de junio, los viajeros norteamericanos son tan numerosos, que bien puede decirse que el hotel se transforma en un balneario norteamericano; hay citas, reuniones, ruidos que evocan una visión, un eco de Newport o de Saratoga. Por todas partes se tropieza con estilizadas jóvenes que caminan apresuradamente, crujen muselinas y sedas, suena por doquier, aun en las mañanas, música de baile, y un rumor de voces se escucha incesantemente.


Información texto

Protegido por copyright
70 págs. / 2 horas, 3 minutos / 121 visitas.

Publicado el 5 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Gambara

Honoré de Balzac


Novela corta


Al Señor Conde AUGUSTO-BENJAMIN DE BELLOY

Mi querido conde:

Es al rincón del fuego, en un misterioso y espléndido retiro que ya no existe, pero que vivirá en nuestro recuerdo y de donde nuestros ojos descubrían París, desde las colinas de Bellevue hasta el Arco de Triunfo de la Estrella, que, cierta mañana regada de té, y a través de las mil ideas que nacen y se extinguen como cohetes en vuestra centelleante conversación, que usted, pródigo de espíritu, arrojó bajo mi pluma a este personaje digno de Hoffmann, ese portador de tesoros ignotos, ese peregrino sentado a la puerta del paraíso, con oídos para escuchar los cantos de los ángeles y que, no teniendo lengua para repetirlos agitando sobre las teclas de marfil dedos rotos por las contracciones de la inspiración divina, creyendo expresar la música del cielo a estupefactos auditores. Vos habéis creado a Gambara; yo solamente lo he vestido. Permitidme dar al César lo que pertenece al César, lamentando que no esgrimáis la pluma en una época en que los gentilhombres deben servirse tan bien de ella como de su espada, a fin de salvar su país. Vos podéis no pensar en vos mismo, pero, sin embargo, nos debéis vuestro talento.

Vuestro sincero amigo,

De Balzac

En los Jardies, febrero de 1839


Información texto

Protegido por copyright
70 págs. / 2 horas, 3 minutos / 201 visitas.

Publicado el 1 de abril de 2017 por Edu Robsy.

El Falso Inca

Roberto Payró


Novela corta


I. Forasteros en el valle

Dos viajeros, un hombre y una mujer, indígenas a juzgar por su aspecto y traje, cruzaban al caer la tarde de un tibio día de mayo de 1656, el amplio valle de Catamarca: el sol iba a ponerse tras del Ambato, los viajeros parecían rendidos por una larga jornada, y cerca no se veía habitación alguna.

—Aquí podíamos quedarnos —dijo el hombre en castellano, señalando un alto paaj puca (quebracho colorado), que sobresalía en un bosquecillo de algarrobos, vinales y mistoles, entretejidos de enredaderas.

—Como te parezca —contestó la mujer, que tenía marcado acento quichua, así como andaluz su compañero.

Depositó bajo el árbol las alforjas de lana de colores que llevaba, y haciendo en seguida un montón de ramillas y hojarasca, batió el eslabón e hizo fuego, en la creciente obscuridad de la noche que caía. Bajó luego hacia el Río Grande, que corría a pocos pasos, llevando en la mano un ancho tazón de barro cocido, y volvió con él lleno de agua, preparándose a cocer el maíz que, con un poco de grasa, ají y sal como condimento, constituiría su frugal comida.

El hombre, silencioso y apático, se había tendido en la espesa yerba, con los brazos bajo la cabeza, masticando lentamente un acuyico de coca.

—A estas horas —murmuró por fin— ya está avisado todo el mundo, y todo el mundo ha recibido la noticia con regocijo...

—Algunos habrá que no creerán —replicó la mujer.

—¡Pero callarán, porque les conviene, porque es la realización de sus deseos, Carmen!... ¡Oh! ¡el plan está bien madurado, y es magnífico!... Sólo falta encontrar el medio de acercarnos al gobernador... Y si él se deja envolver...


Leer / Descargar texto

Dominio público
70 págs. / 2 horas, 4 minutos / 172 visitas.

Publicado el 29 de abril de 2019 por Edu Robsy.

Tierras de la Memoria

Felisberto Hernández


Novela corta


Tengo ganas de creer que empecé a conocer la vida a las nueve de la mañana en un vagón de ferrocarril. Yo ya tenía veintitrés años. Mi padre me había acompañado a la estación y en el momento de subir al tren nos venía a recibir un desconocido que me preguntó:

—¿Ud. es el pianista?

—Es verdad.

—Lo saqué por la pinta. Yo soy el “Mandolión”.

Mientras íbamos entreverando las explicaciones, mi padre —que era un poco más lento que yo— lo miraba fijo a través de sus lentes que le agrandaban los ojos; y también tenía abierta la boca porque le iba a decir algo; pero tocaron el pito y no tuvo tiempo más que para abrazarme.

El Mandolión sentó lentamente su cuerpo, que había engordado dentro de una piel amarillenta y dura: parecía hinchado como un animal muerto. En la cintura, donde terminaba el pantalón y empezaba el chaleco, tenía desbordada la camisa blanca como si se hubiera puesto un salvavidas.

Me empezó a hablar del “Violín”. El Violín vivía en la ciudad a donde nos dirigíamos y allí nos había conseguido el trabajo.


Leer / Descargar texto

Dominio público
71 págs. / 2 horas, 4 minutos / 53 visitas.

Publicado el 16 de febrero de 2025 por Edu Robsy.

Suum Cuique

José María de Pereda


Novela corta


I

Don Silvestre Seturas tenía cuarenta años de edad, plus minusve, y era todo lo alto, robusto, curtido y cerrado de barba que puede ser un mayorazgo montañés que no ha salido nunca de su aldea natal más allá de un radio de tres leguas, cabalgando en el clásico cuartago, al consabido trote cochinero, como dicen por acá, ó al paso de la madre, expresándonos según los cultos castellanos … de Becerril de Campos.

El mayorazgo de don Silvestre se componía de la casa solariega con portalada y escudo de una hacienda, cerrada sobre sí, de setenta y cinco carros de tierra, mitad labrantío, mitad prado con algunos frutales, al saliente de la casa; de diez cabezas de ganado al pesebre, y de algunos prados y heredades, sitos en diferentes llosas del lugar, y cuarenta ó cincuenta reses de varias clases, en aparcería; todo lo cual venía á proporcionarle una renta anual de dos mil quinientos á tres mil reales, si no abundaban mucho las celliscas, ó no se desarrollaban en la cabaña la papera ó el coscojo; pues en los años de estas calamidades, lejos de percibir un real de sus colonos, tenía que adelantarles, para siembras y labores, sus pocas economías, si había de recaudar en lo sucesivo algunos maravedís. Todo esto tenía don Silvestre; y digo mal: tenía también un pleito que le consumía la mitad de sus rentas, hubiera ó no celliscas, paperas ó coscojo; pues el abogado trabajaba á subio, y en sus minutas no cabía más enfermedad que la polilla, la cual evitaba perfectamente renovándolas con frecuencia y poniéndolas bajo el amparo de los haberes de su defendido.


Leer / Descargar texto

Dominio público
71 págs. / 2 horas, 4 minutos / 84 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Torquemada en la Hoguera

Benito Pérez Galdós


Novela corta


I

Voy a contar cómo fue al quemadero el inhumano que tantas vidas infelices consumió en llamas; que a unos les traspasó los hígados con un hierro candente; a otros les puso en cazuela bien mechados, y a los demás los achicharró por partes, a fuego lento, con rebuscada y metódica saña. Voy a contar cómo vino el fiero sayón a ser víctima; cómo los odios que provocó se le volvieron lástima, y las nubes de maldiciones arrojaron sobre él lluvia de piedad; caso patético, caso muy ejemplar, señores, digno de contarse para enseñanza de todos, aviso de condenados y escarmiento de inquisidores.

Mis amigos conocen ya, por lo que de él se me antojó referirles, a D. Francisco Torquemada, a quien algunos historiadores inéditos de estos tiempos llaman Torquemada el Peor. ¡Ay de mis buenos lectores si conocen al implacable fogonero de vidas y haciendas por tratos de otra clase, no tan sin malicia, no tan desinteresados como estas inocentes relaciones entre narrador y lector! Porque si han tenido algo que ver con él en cosa de más cuenta; si le han ido a pedir socorro en las pataletas de la agonía pecuniaria, más les valiera encomendarse a Dios y dejarse morir. Es Torquemada el habilitado de aquel infierno en que fenecen desnudos y fritos los deudores; hombres de más necesidades que posibles; empleados con más hijos que sueldo; otros ávidos de la nómina tras larga cesantía; militares trasladados de residencia, con familión y suegra por añadidura; personajes de flaco espíritu, poseedores de un buen destino, pero con la carcoma de una mujercita que da tés y empeña el verbo para comprar las pastas; viudas lloronas que cobran el Montepío civil o militar y se ven en mil apuros; sujetos diversos que no aciertan a resolver el problema aritmético en que se funda la existencia social, y otros muy perdidos, muy faltones, muy destornillados de cabeza o rasos de moral, tramposos y embusteros.


Leer / Descargar texto


71 págs. / 2 horas, 4 minutos / 663 visitas.

Publicado el 4 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Guayaquil

Manuel Gallegos Naranjo


Novela corta


I. Reminiscencias de la Creación

Despertar recuerdos históricos, estacionados en el vasto campo del olvido, obra es meritoria. Está en nuestro delante la tradición, legada por nuestros antepasados en las páginas de la memoria. Las grandezas del mundo, esplendorosas, sin sombras ni misterios. La ciencia, iluminada por la inteligencia y la verdad. Tradicional es la civilización del mundo, en épocas lejanas y acaso por esto, 960 años (A. de J.) exclamó Salomón:

—Nada hay nuevo debajo del sol.

En efecto, en las edades pasadas, hasta fines del siglo XIX de la creación, se realizaron millares de cosas, destructoras del mal y consiguientemente útiles para el bien de la humanidad.

Hoy, después de seis mil años de la creación del mundo y dos mil años más de la era cristiana, miramos sobre un sencillo túmulo el cadáver del siglo XIX, amortajado con túnica negra y custodiando, en su derredor, por siete personajes, en cuyas frentes brilla esplendorosa la luz civilizadora del porvenir. A esta brillantez debe el siglo XIX la denominación de siglo de las luces.

Los siete personajes se llaman: Simón Bolívar, Víctor Hugo, Juan Montalvo, Eduardo Jenner, Roberto Fulton, Samuel Morse y Alejandro Dumas.

Sin embargo, ¿qué ha quedado de estos hombres para las generaciones de los tiempos futuros? ¡Cantidad pequeña de producciones halagadoras, en reducido número de imitadores! ¡Por esto, en presencia de la obscuridad que nos rodea, al surgir el siglo XX, nos entristecemos!


Leer / Descargar texto

Dominio público
71 págs. / 2 horas, 5 minutos / 66 visitas.

Publicado el 6 de agosto de 2024 por Edu Robsy.

Dos Amigos

Iván Turguéniev


Novela corta


En la primavera de 184... Borís Andreich Viazovnín, un joven de unos veintiséis años, llegó a su casa natal, en una de las provincias de la parte central de Rusia. Acababa de solicitar la excedencia, «por razones de índole personal», y tenía intención de ocuparse de la administración de la hacienda. Una decisión acertada, sin duda, pero que Borís Andreich había tomado, como sucede en la mayor parte de los casos, en contra de su voluntad. Sus ingresos iban disminuyendo de año en año, al tiempo que las deudas crecían. Al final acabó convenciéndose de la imposibilidad de seguir sirviendo en la administración y residiendo en la capital; en suma, de vivir como había vivido hasta entonces, y resolvió, haciendo de tripas corazón, consagrar varios años a poner en orden esos asuntos «de índole personal» en virtud de los cuales se veía de pronto en ese rincón perdido en medio del campo.


Información texto

Protegido por copyright
71 págs. / 2 horas, 5 minutos / 280 visitas.

Publicado el 28 de enero de 2017 por Edu Robsy.

1617181920