Capítulo I
O’Shea estaba más trastornado que nunca, llevando
así toda la noche. Zanqueaba arriba y abajo de la herbosa pendiente,
murmurando entre dientes, dirigiéndose con las manos a algún invisible
auditorio, celebrando con cacareos sus propias y misteriosas
ocurrencias…; y de madrugada se había echado sobre el pequeño Lipski,
que se había atrevido a encender un cigarrillo con desprecio de las
instrucciones, y le había golpeado con salvaje brutalidad, sin que los
otros dos hombres hubieran osado intervenir.
Joe Connor estaba tumbado en el suelo, masticando
una brizna do hierba y observando con ojos sombríos la inquieta figura.
Marks, que estaba junto a él con las piernas cruzadas, observaba
también, pero había una torcida sonrisa de desprecio en sus delgados
labios.
—Loco como una cabra —comentó Joe Connor en voz
baja—. Si despacha esta faena sin hacernos ir a la cárcel para el resto
de nuestras vidas, estaremos de suerte.
Soapy Marks se lamió los secos labios.
—Es más listo cuando está loco. —Hablaba con el
refinado deje que da la cultura. Algunos decían que Soapy había
estudiado para cura antes que el deseo de un modo de vivir más fácil e
ilícito hiciera de él uno de los más hábiles (y posiblemente el más
peligroso) delincuentes de Inglaterra—. La locura, mi querido compañero,
no implica estupidez. ¿No puedes hacer que el tipo ese deje de
gimotear?
Joe Connor no se levantó. Volvió los ojos en la
dirección de la postrada figura de Lipski, que se quejaba y maldecía
entre sollozos.
—Se le pasará —dijo con indiferencia—. Cuanto más le zurra O'Shea, más lo respeta.
Reptando, se acercó algo más a su confederado.
Información texto 'El Terror'