Textos más vistos etiquetados como Novela corta | pág. 21

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etiqueta: Novela corta


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Por Donde se Sube al Cielo

Manuel Gutiérrez Nájera


Novela corta


a Madame Judith Gautier


La noche está lluviosa, los teatros han cerrado sus puertas y yo no tengo amores. La luz anémica de los relámpagos rasga de cuando en cuando el cielo, y la tempestad, que se va aproximando poco a poco, preludia su obertura wagneriana. Las nubes se disponen a acompañar mi canto con sus grandes masas de orquestación, y el agua, cayendo en gruesos hilos, lava la tez carmínea de las rosas y bruñe el verde oscuro de las hojas. ¡Qué hermosa noche para la vida del hogar, para el dúo de los labios y la canción del niño! Si yo tuviera un hijo, me acercaría de puntillas a su cuna para verlo dormir. El agua cae en gruesos hilos. Llueve mucho.

Mientras el sueño viene y arde mi tabaco, trazo, señora, las primeras páginas de este libro humilde, cuya idea primordial os pertenece. Las hojas de papel me esperan impacientes, con su traje de novia inmaculado. Magda, mi pobre enferma, la creación de mis horas soñolientas, me pide a voces la vida rápida del libro, como esos cuerpos de ángeles que miran los enamorados en sus sueños, pidiéndoles, en ademán de ruego y con las manos juntas, el triste don de la existencia. El agua cae en gruesos hilos. Llueve mucho.


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98 págs. / 2 horas, 52 minutos / 236 visitas.

Publicado el 13 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

Relato de un Desconocido

Antón Chéjov


Novela corta


I

Por razones que no vienen al caso explicar ahora con detalle, tuve que emplearme de criado en casa de un funcionario petersburgués de treinta y cinco años llamado Gueorgui Ivánich Orlov.

Había entrado al servicio de ese Orlov para recabar informaciones sobre su padre, famoso hombre de Estado a quien consideraba un importante enemigo de mi causa. Consideraba que, al vivir en casa de su hijo, podría conocer en profundidad los planes e intenciones del padre, gracias a las conversaciones que escuchase y los papeles y notas que encontrase sobre la mesa.

Por lo común, a eso de las once de la mañana sonaba la campanilla eléctrica en mi cuarto, anunciándome que el señor se había despertado. Cuando entraba en su dormitorio, con el traje cepillado y las botas limpias, Gueorgui Ivánich estaba sentado en la cama, sin moverse, no adormilado, sino más bien extenuado por el sueño, con la mirada fija en un punto, sin manifestar ninguna satisfacción por el hecho de haberse despertado. Lo ayudaba a vestirse y él se sometía de mala gana y en silencio a mis cuidados, como si no reparase en mi presencia; luego, con la cabeza mojada y oliendo a agua de colonia, se dirigía al comedor para desayunar. Se sentaba a la mesa, bebía el café y hojeaba el periódico, mientras la doncella Polia y yo nos quedábamos respetuosamente junto a la puerta y lo mirábamos. Dos adultos debían contemplar con la mayor atención cómo un tercero bebía una taza de café y mordisqueaba una tostada. Una situación probablemente ridícula y absurda, pero yo no consideraba humillante quedarme junto a la puerta, aunque era un hombre tan noble e instruido como Orlov.


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96 págs. / 2 horas, 48 minutos / 452 visitas.

Publicado el 8 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

Remanso de Paz

Iván Turguéniev


Novela corta


I

En una habitación bastante espaciosa, recién encalada, de la casa señorial de la aldea de Sasovo, en el distrito provincia de T., delante de una vieja mesita alabeada, un hombre joven, con el abrigo puesto, estaba sentado en una estrecha silla de madera y examinaba unas cuentas. Dos velas de estearina ardían en plateados candelabros de viaje; en un extremo, sobre un banco, descansaba un cofrecillo abierto; en otro rincón un criado estaba armando una cama de hierro. Al otro lado del bajo tabique borboteaba y silbaba un samovar; un perro se revolcaba en una brazada de paja que acababan de traer. En el vano de la puerta aguardaba un campesino de barba larga y rostro inteligente, con un abrigo nuevo anudado con una banda roja: el starosta, según todas las apariencias. Miraba con atención al joven sentado. Pegado a una de las paredes había un piano antiquísimo, al lado de una cómoda no menos vetusta, con agujeros en lugar de cerraduras; entre las ventanas se veía un espejo oscuro; del tabique colgaba un viejo retrato, casi todo descascarillado, que representaba a una mujer empolvada con miriñaque y una cinta negra en el fino cuello. A juzgar por la pronunciada curvatura del techo y la pendiente del agrietado suelo, la casa en la que acabamos de introducir al lector existía desde hacía mucho tiempo. Nadie vivía en ella de manera permanente y se utilizaba para alojar a las visitas del amo. El joven sentado a la mesa era precisamente el dueño de la aldea de Sasovo. Había llegado la víspera, procedente de su hacienda principal, que se encontraba a unas cien verstas de allí, y se disponía a partir al día siguiente, una vez concluida la inspección de la hacienda, escuchadas las peticiones de los campesinos y verificados todos los papeles.


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86 págs. / 2 horas, 31 minutos / 248 visitas.

Publicado el 28 de enero de 2017 por Edu Robsy.

Santiago Arabal

Julia de Asensi


Novela corta


Mis recuerdos alcanzan a cuando yo tenía unos cuatro años. Por esa época acababa de perder a mi madre y vivía solo con mi padre, pescador rudo que me amaba tiernamente.

Era yo entonces un muchacho fuerte y robusto que, apenas vestido, me pasaba el día en la playa jugando con otros chicos de mi edad. Curtido por el sol y el aire del mar, mi rostro hacía singular contraste con mis cabellos rubios y mis ojos claros. Iba sucio, harapiento, descalzo siempre y no recordaba haberme puesto sombrero jamás.

Cuando mi padre volvía de pescar, me encerraba en la pobre casa con él y me hacía acostar en su mismo lecho, después que cenábamos frugalmente.

Había detrás de aquellas paredes un huertecillo dividido por una valla en dos; la mitad nos pertenecía y la otra mitad era de la casa de al lado. En ésta vivía una mujer a la que nunca conocí más que por la Roja; no sé cuál sería su nombre. Era también viuda y había perdido un niño de dos años. En su lugar estaba criando, desde hacía próximamente uno, a una niña que le habían traído de la ciudad vecina y por la que le pagaban una pensión.

La Roja cosía y planchaba en las casas, dejando casi todo el día sola en el huerto a la criatura a la que a horas fijas iba a dar el pecho o alguna sopa fría y sin sustancia.

Como yo no estaba en casa más que por las noches o cuando iba a comer, no es de extrañar que apenas conociese a mis vecinas. Pero a los dos años de muerta mi madre, y cuando contaba ya seis, observé que aquella mujer, en la que antes ni me había fijado, se acercaba a mí con frecuencia, me acariciaba y me daba alguna golosina. Mi carácter salvaje me había hecho huir al principio de ella, pero aquellos bollos con que me obsequiaba, y que yo no había comido nunca, le granjearon al fin mis simpatías. Por la noche le contaba a mi padre lo que la Roja me había dado por la mañana o por la tarde.


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Dominio público
45 págs. / 1 hora, 18 minutos / 86 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2020 por Edu Robsy.

Teatrillo de Enredo

Ramón María del Valle-Inclán


Novela corta


I

El “Baluarte del Betis”, diario liberal, tenía su redacción sobre la imprenta, en un piso obscuro. Resmas de papel escalonaban el zócalo de las alcobas. Por los altos de la escalera, al pie del pasamanos, nunca faltaba el servicio de café con colillas apagadas. A toda la longura del pasillo iba un jirón de estera, sucio de lodo, con boquetes y tropezones de rómpete el alma. La cocina acentuaba una expresión de cales áridas con los fríos vasares desiertos.

En el ventanillo un geranio, el fogón apagado, las telarañas en el hollín de la chimenea. El zángano pitañoso sube y baja las pruebas. La bruja, con un ramito verde en el moño, pasa la escoba por la escalera. En la mesa de redacción los tinteros, con plumas multicolores, brindan su adorno de caciques africanos al inspirado vate encargado de redactar los “Ecos del Planeta”, Don Olegario Botella, que los ingeniosos de la redacción llamaban alternativamente, Don Ole Botellín, Don Botellín y Don Ole.

II

Trifulca en la escalera. La vieja de la escoba, con el zangaño pitañoso y dos compadres, suben en volandas el madejón de un espectro con ojos de fiebre.

El Zurdo Montoya levantó la mano de cera al entrarle en la sala de redacción y dejarle arrimado a la mesa.

—¡Acallaivos todos y dejaime que hable!

Se dobló con la mano en el pecho, escupiendo sangre Don Olegario, con aire gili, le ofreció un vaso de agua. Con carrerilla oficiosa se lo tomó de las manos la madre de la escoba, moviendo los verdes del moñete.

—¡Bebe, hijo! Tú dirás si te la quiebro con unas gotas de vinagre.

Bebió el Zurdo. Se limpió con el cerillo de los artejos, y doblado con quebradura de huesos, abrió el cisma de proposiciones heréticas:

—¡La España, para los pobres que llevamos un trato por las ferias, se está poniendo al tino de una mazmorra de Orán!

Actuaron los compadres:


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Dominio público
29 págs. / 51 minutos / 137 visitas.

Publicado el 6 de enero de 2022 por Edu Robsy.

Un Bastardo de Narizotas

Ramón María del Valle-Inclán


Novela corta


I

La primavera, en la campaña romana, es siempre friolenta, con extremadas lluvias ventosas, y no fue excepción aquella de 1868. Una diligencia con largo tiro de jamelgos bamboleaba por el camino de Viterbo a Roma. Tres viajeros ocupaban la berlina. Dos señoras de estrafalario tocado, católicas irlandesas, y un buen mozo que dormita envuelto en amplio jaique de zuavo. El cochero fustigaba el tiro, jurando por el Olimpo y el Cielo Cristiano. A lo lejos, entre los pliegues del aguacero, en la tarde agonizante, insinuaba su curva mole la cúpula del Vaticano.

PORTA DEL POPOLO

II

Cruzó la diligencia dando tumbos bajo el gran arco dórico que trazó Miguel Ángel. Mendigos y perros sarnosos la saludaron con rezos y alharaca. Desde lejos, desplegada en guerrilla, una turba de chicuelos la tiroteaba con pellas de barro, sin respeto para la guardia de zuavos franceses que jugaba a la malilla sobre una manta. Al otro lado del arco, era la masa sombría de dos iglesias con altas cúpulas. Monaguillos vestidos de rojo soplaban los incensarios en la puerta de Santa María di Monte. Un obelisco cubierto de jeroglíficos faraónicos daba turbadora y resonante expresión a la gran plaza desierta. El cochero detuvo el tiro y saltó del pescante a la intimación de un aduanero barbudo, con capa y sombrerote tirolés de brigante de ópera. El zagal de la diligencia, abriendo la portezuela, advirtió a los viajeros que iban a ser revisados equipajes y pasaportes.


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Dominio público
17 págs. / 30 minutos / 319 visitas.

Publicado el 9 de enero de 2020 por Edu Robsy.

Un Servilón y un Liberalito

Fernán Caballero


Novela corta


Prólogo

Sr. D. Fermín de la Puente y Apecechea.

Mi muy respetado y querido amigo: Recibo la grata de Vd. y la novela de Fernán Caballero, titulada Un servilón y un liberalito, acerca de la cual me pregunta Vd. ¿qué me parece? añadiéndome que lo hace con el deliberado propósito de contárselo al público.

No tema Vd. que esta última circunstancia influya para nada en mi respuesta. Fuera de que hace tiempo ambicionaba yo la honra de poner mi nombre entre los admiradores del gran novelista, estoy ya tan acostumbrado a tratar con el público, que a veces cuando le hablo, dudo si hablo conmigo a solas. Además, ¿qué podría yo decirle que él no supiera, en justa alabanza de aquel escritor eminentemente español y cristiano, y de esta obra, que es una de las joyas más preciosas que enriquecen su corona?

Usted sabe que nosotros los aficionados a los libros, escogemos amigos entre los escritores; y yo puedo asegurarle, que apenas comenzó a sonar por España el nombre de Fernán, ya le tuve por mi amigo, y no me cansaba de leer sus obras, y las leía hasta con gratitud, como es natural sentirla hacia el ser benéfico que posee el secreto de adormecer los dolores del alma, y fortalecer en sus abatimientos al espíritu contristado.

Y cierto no robaba mi atención tanto la gala del estilo; sino la nobleza de las ideas y la pureza del sentimiento: no veía yo en el incógnito escritor o escritora a la matrona deslumbrante con riquísimos joyeles, sino a la mujer sencillamente ataviada, que no ha menester otro adorno que su belleza, y en cuya sonrisa se descubre la bondad del alma, y en el mirar de sus ojos un pudor y una inocencia como si fueran del cielo.


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Dominio público
73 págs. / 2 horas, 8 minutos / 177 visitas.

Publicado el 2 de enero de 2019 por Edu Robsy.

Vulgaridad y Nobleza

Fernán Caballero


Novela corta


Dedicatoria

El autor suplica al afamado y erudito Barón Wolf, tan admirado y respetado en su sabia patria como en todos los países cultos, y el que con tanta benevolencia ha juzgado y dado a conocer el primero en Alemania sus sencillos escritos, que le permita dedicarle este cuadro, en muestra de una gratitud que quisiera y no sabe demostrar de una manera más expresiva y digna

Fernán Caballero.

Prólogo

No son los extranjeros (que eso nada de extraño tendría), son los españoles, que nos hacen un cargo de pintar las cosas de nuestro país sólo por su lado favorable


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Dominio público
55 págs. / 1 hora, 36 minutos / 227 visitas.

Publicado el 2 de enero de 2019 por Edu Robsy.

Alberto Savarus

Honoré de Balzac


Novela corta


A la señora Emilia de Girardin

Uno de los salones en los que se dejaba ver el arzobispo de Besanzón y el que gozaba de sus preferencias, en tiempos de la Restauración, era el de la señora baronesa de Watteville. Diremos unas palabras acerca de esta señora, el personaje femenino tal vez más importante de Besanzón.

El señor de Watteville, sobrino del famoso Watteville, el feliz y el más ilustre de los asesinos y renegados cuyas extraordinarias aventuras son demasiado conocidas para que aquí las relatemos, era tranquilo como turbulento había sido su tío. Después de haber vivido en el Franco Condado como una cucaracha en una grieta, casó con la heredera de la célebre familia de Rupt. La señorita de Rupt unió 20000 francos de renta en tierras a los 10000 francos de renta en bienes raíces del barón de Watteville. El escudo de armas del gentilhombre suizo, porque los Watteville son de Suiza, desapareció bajo el viejo escudo de los Rupt. Este casamiento, decidido desde el año 1802, efectuóse en 1815, después de la segunda Restauración. Transcurridos tres años del nacimiento de una hija, todos los abuelos de la señora de Watteville habían muerto y sus herencias liquidadas. Vendieron entonces la casa del señor de Watteville para establecerse en la calle de la Prefectura, en el hermoso hotel de Rupt, cuyo vasto jardín se extiende hacia la calle del Perron. La señora de Watteville, joven devota, fue más devota después de su boda. Es una de las reinas de la santa cofradía que confiere a la alta sociedad de Besanzón un aire sombrío y unas maneras gazmoñas en consonancia con el carácter de esta ciudad.


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131 págs. / 3 horas, 49 minutos / 174 visitas.

Publicado el 13 de mayo de 2017 por Edu Robsy.

Compañeros de Viaje

Henry James


Novela corta


La Última Cena de Leonardo en Milán es indiscutiblemente la pintura más impresionante de Italia. Parte de su inmensa solemnidad se debe sin duda a que es una de las primeras grandes obras maestras italianas que salen al paso cuando se desciende desde el norte. Otra fuente secundaria de interés radica en la absoluta perfección de su deterioro. La imaginación experimenta un extraño deleite al cubrir cada uno de sus espacios vacíos, borrando su completa corrupción y reparando en la medida de lo posible su triste desaliño. La mejor prueba de su poderosa fuerza y perfección es el hecho de que, pese a haber perdido tanto, conserve todavía tanta belleza. Una elegancia inextinguible persiste en sus vagos trazos y en sus cicatrices sin cura; aún queda lo suficiente como para que el espectador pueda admirar la insondable sabiduría del artista. El lector recordará que el fresco cubre un muro en el extremo de lo que fue el refectorio de un antiguo monasterio, actualmente disuelto, cuyo recinto está ocupado por un regimiento de caballería. Los caballos piafan y los soldados emiten sus juramentos en los claustros donde una vez resonaron los sobrios pasos de las sandalias monásticas y donde los frailes de voces sumisas se dirigían piadosos saludos.


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59 págs. / 1 hora, 44 minutos / 120 visitas.

Publicado el 2 de mayo de 2017 por Edu Robsy.

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