Capítulo I
El que, al anochecer
del 15 de diciembre de 1793, hubiese salido de la ciudad de Clisson
para ir al pueblo de Saint-Crépin y se hubiese detenido en la cresta de
la montaña a cuyo pie corre el río Moine, hubiera visto, al otro lado
del valle, un extraño espectáculo.
En primer término, hubiera advertido, en el lugar en que sus ojos
hubiesen buscado el pueblo perdido entre los árboles y en medio de un
horizonte obscurecido ya por el crepúsculo, tres o cuatro columnas de
humo que, separadas por la base, se juntaban ensanchándose, se agrupaban
un instante formando una oscura cúpula, y cediendo blandamente al
húmedo viento del oeste, rodaban en aquella dirección, confundidas con
las nubes de un cielo bajo y brumoso. Hubiera visto aquella base
enrojecer lentamente, después cesar el humo, y techos de casas y agudas
lenguas de fuego reemplazar a aquéllas con sordo temblor, ya
retorciéndose en forma de espirales, ya encorvándose y elevándose como
el palo mayor de un navío. Le hubiera parecido que muy pronto todas las
ventanas se abrían para vomitar fuego. De vez en cuando, y si algún
tejado se hundía, hubiera oído un ruido sordo, hubiera distinguido una
llama más viva, mezclada con millares de chispas, y, al sangriento
resplandor del incendio que crecía, armas relucientes y un círculo de
soldados que se oían a lo lejos. Hubiera oído gritos y risas, y hubiera
dicho con terror: «Dios me perdone: es un ejército que se calienta al
amor de una ciudad que arde».
Efectivamente, una brigada republicana de mil doscientos o mil
quinientos hombres había encontrado abandonado el pueblo de Saint-Crépin
y le había pegado fuego.
Esto no era una crueldad; era una táctica guerrera, un plan de
campaña como otro cualquiera, plan que la experiencia demostró que era
el único bueno.
Información texto 'Blanca de Beaulieu'