Textos más populares este mes etiquetados como Novela corta | pág. 22

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etiqueta: Novela corta


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Los Míseros

Carmen de Burgos


Novela corta


I. En la playa

Aquella amplia playa, frente aquella extensión de mar tan grandiosa, parecía profanada con los toldos de lona y los cucuruchos de las tiendas de los bañistas.

No se avenían bien la majestad severa del paisaje y el artificio de los veraneantes. En Figueiras da Fox no había, como en Trouville, ni en las playas de moda de las grandes estaciones, una Naturaleza ya dominada por el espectáculo; la playa de Figueiras, frente á la grandiosidad del Atlántico, es bravía aun en los días serenos, aun con la grandiosidad de la inmensa sábana de agua verde que se extiende bajo el cielo.

En el centro del arenal se habían colocado, sobro los píes derechos, unos toldos de dril, festoneados, bajo los que se colocaban sillas de madera, taburetes y banquetas de todas clases para las bañistas, que se sentaban frente al mar. Algunos de aquellos toldos eran de propiedad particular, y se distinguían por el color de sus festones y por las iniciales, en bayeta roja, verde ó amarilla, que anunciaban el nombre del propietario. Los otros eran públicos, y por la módica cantidad de veinticinco reis se podían ocupar á voluntad.

Detrás de estos toldos estaban las casetas de lona donde se vestían y desnudaban los bañistas para cruzar toda la arena, entre las miradas de los curiosos, hasta llenar á la orilla del agua.

La extensión del mar se perdía á lo lejos, confundiendo su verdor lechoso con el pizarra del cielo; y parecía llegar siempre con coraje á la playa. levantándose en una ola amenazadora, que venía furiosa á quebrarse en el sitio mismo donde estaban los bañistas.

Una multitud abigarrada paseaba por delante de los toldos ó se agrupaba á la orilla del mar para ver á las que se bañaban dar sus saltos, cabriolas y gritos, agarradas al bañero.


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Dominio público
27 págs. / 48 minutos / 149 visitas.

Publicado el 9 de octubre de 2023 por Edu Robsy.

La Cita

Eduardo Zamacois


Novela corta


LA CITA

I

Tras un largo mirar interrogante, lleno de conmiseración maternal, la actriz añadió:

—¡Ay, Ricardo!... ¿Por qué serás así? ¿Por qué no resignarte y hallar alegría en lo que tienes? ¿Por qué lo ajeno te admira, y lo tuyo, que á más de un descontentadizo haría dichoso, sólo te inspira hastío y desdén?...

Calló, y su voz débil, en la que hubo, juntamente con un desesperado anhelo de persuasión, la seguridad íntima de no conseguir nada, fué suplicante como el gesto de una mano mendiga.

Ricardo Villarroya adoptó en la butaquita donde estaba sentado una actitud más cómoda. Lanzó un suspiro. Sus cejas fuertes se arquearon sentimentales bajo la frente descollada y alta.

—¿Qué quieres?—dijo—, uno es... como nació. En medio de nuestras inconsecuencias aparentes, todos somos perenne y fatalmente esclavos de nosotros mismos. Lo disparatado obedece á leyes precisas; la existencia más aventurera, más incongruente, más copiosa en funambulescos altibajos, es ordenada como el vivir del campesino que jamás rebasó los horizontes avaros de su lugar. Lo raro no existe; lo raro, mi pobre Fuensanta, es la palabra con que enmascaramos lo que no sabemos, la explicación frívola de las concatenaciones ocultas que no adivinamos. Todo tiene su por qué; los mismos locos son, á su modo, discretos; el Destino es un tratado de lógica...

—¿Por lo visto, renuncias al propósito de redimirte?

—Completamente; soy un incurable.

Había cruzado una pierna sobre otra y bajó la cabeza, complaciéndose distraídamente en aplastar la ceniza de su cigarro contra la suela de su bota de charol; sus ojos se apagaron, las comisuras de sus labios descaecieron sin ilusión tras las guías viriles del bigote, y una intensa expresión de melancolía nubó su frente, envejecida prematuramente por el trabajo.


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170 págs. / 4 horas, 57 minutos / 250 visitas.

Publicado el 20 de abril de 2016 por Edu Robsy.

La Historia del Tío del Viajante

Charles Dickens


Novela corta


Mi tío, caballeros, dijo el viajante, era uno de los tipos más alegres, agradables y listos que haya existido nunca. Me gustaría que lo hubieran conocido, caballeros. Aunque pensándolo bien, no desearía que lo hubieran conocido, pues en ese caso todos estarían ya, siguiendo el curso ordinario de la naturaleza, si no muertos, en todo caso tan cerca de la desaparición como para haberse quedado en casa abandonando la compañía, lo que me habría privado del inestimable placer de dirigirme a ustedes en este momento. Caballeros, desearía que sus padres y madres hubieran conocido a mi tío. Se habrían encariñado notablemente con él, especialmente su: respetables madres; sé que habría sido así. Si entre las numerosas virtudes que adornaban su carácter tuviéramos que dar predominio a dos de ellas, diría, que eran su ponche mixto y sus canciones de sobremesa. Excúsenme si me extiendo en estos recuerdo: melancólicos sobre el fallecido, no se ve a un hombre como mi tío todos los días de la semana.

Siempre he considerado como algo importante del carácter de mi tío, caballeros, el hecho de que fuera compañero y amigo íntimo de Tom Smart, de la importante empresa de Bilson y Slum, Cateator

Street, City. Mi tío vendía para Tiggin y Welps, pero durante mucho tiempo estuvo muy cerca del mismo recorrido que Tom, y la primera noche que se conocieron mi tío se encaprichó por Tom y éste por mi tío. No había pasado media hora desde que se habían conocido cuando se habían apostado ya un sombrero nuevo a ver quién de los dos hacía el mejor litro de ponche y se lo bebía con mayor rapidez. Se consideró que mi tío ganó en la elaboración del ponche, pero que Tom Smart le venció al beberlo en la mitad de tiempo. Pidieron otro litro entre los dos para beber cada uno a la salud del otro, y desde ese momento se convirtieron en los amigos más fieles. En estas cosas hay un destino caballeros, y no podemos evitarlo.


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23 págs. / 41 minutos / 193 visitas.

Publicado el 22 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

El Hombre de los Cuarenta Escudos

Voltaire


Novela corta


Un apacible viejo, que siempre se queja del tiempo presente y alaba el pasado, me decía en una ocasión:

—Amigo, Francia no es tan rica como lo era en tiempo de Enrique IV. ¿Y por qué? Porque no están los campos bien cultivados, porque faltan brazos para la labranza; porque al encarecer los jornales, dejan muchos colonos sus tierras sin labrar.

—¿De dónde procede esa escasez de labriegos?

—De que todo aquel que es inteligente toma el oficio de bordador, de grabador, de relojero, de tejedor de seda, de procurador o teólogo. De que la revocación del edicto de Nantes ha dejado un inmenso vacío en el reino. De que se han multiplicado las monjas y los pordioseros, y en fin, de que cada uno esquiva, en cuanto puede, las penosas faenas de la tierra, para las que Dios nos ha creado, y que tenemos por indignas, de puro lógicos que somos.

Otra causa de nuestra pobreza es la muchedumbre de necesidades nuevas: pagamos a nuestros vecinos 15.000.000 por este artículo, 20 ó 30 por aquél. Metemos en las narices un polvo hediondo que viene de América, y tomar café, té, chocolate y obtener la grana, el añil, y las especias nos cuesta más de 200.000.000 de reales al año. Nada de esto era conocido en tiempo de Enrique IV como no fuesen las especias, que se consumían mucho menos. Gastamos cien veces más cera, y más de la mitad nos viene de país extranjero, porque no cuidamos de aumentar nuestras colmenas. Las mujeres de París y demás grandes ciudades llevan hoy al cuello, en las manos y en las orejas más diamantes que todas las damas de palacio en tiempos de Enrique IV, sin exceptuar la reina. Casi todas estas superfluidades las tenemos que pagar en dinero contante.


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59 págs. / 1 hora, 43 minutos / 172 visitas.

Publicado el 4 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Polikushka

León Tolstói


Novela corta


I

¡Como usted guste, señora! Pero son muy dignos de lástima los Dutlov. ¡Todos ellos son buena gente!... Y si no mandamos ahora a uno de los dvorovuy, inevitablemente deberá ir uno de ellos, decía el intendente. La verdad es que toda la aldea los señala. Por lo demás, si es voluntad de usted...

Y puso otra vez la mano derecha sobre la izquierda, colocándose ambas sobre el vientre; inclinó a un lado la cabeza, apretó sus delgadísimos labios hasta casi hacerlos chasquear, levantó los ojos y calló, con la intención evidente de permanecer así mucho tiempo, escuchando sin réplica todas las tonterías que no dejaría de decir la señora.

Este intendente era un antiguo siervo de la casa, que, afeitado y con largo casacón del corte especial adoptado por los intendentes, estaba de pie frente a su ama, rindiendo su informe, a la caída de una tarde de otoño. Según el parecer de la señora, el informe había de consistir en escuchar en las cuentas que le rindiera respecto a la marcha de la hacienda, para darle enseguida órdenes sobre asuntos futuros, mas, según el parecer del intendente, Egor Mikáilovich, consistía en la obligación de permanecer sobre sus torcidos pies, en un rincón de la estancia, con el rostro vuelto hacia el diván, escuchando toda la charla, alejada siempre del asunto, hasta lograr por medios diversos que la señora, impaciente, comenzara a murmurar: "Bien, bien...", consintiendo en todos los propósitos de Egor Mikáilovich.

Se trataba en esta ocasión del reclutamiento. La hacienda Pokróvskoie había de enviar tres reclutas.


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72 págs. / 2 horas, 7 minutos / 135 visitas.

Publicado el 6 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Gaspar Ruíz

Joseph Conrad


Novela corta


I

Una guerra revolucionaria destaca muchos raros caracteres, los saca entre la oscuridad, lugar común de tantas vidas humildes en las zonas tranquilas de la sociedad.

Algunos seres llegan a la fama por sus vicios o sus virtudes, o simplemente por sus actos, que a veces logran una importancia transitoria para caer enseguida en el olvido.

Al fin de una lucha armada, sólo sobreviven los nombres de algunos caudillos, posteriormente consignados en la historia, de modo que cuando desaparecen del recuerdo activo de los nombres, viven silenciosamente en los libros.

El nombre del general Santierra alcanzó esa fría inmortalidad de papel impreso.

Fue un sudamericano de buena familia, y los libros de su época le citan entre los que libertaron aquel continente del dominio español. La larga contienda entablada por la independencia, en un lado, y por el dominio, en el otro, se desarrolló, en el transcurso de los años y entre las vicisitudes de la cambiante fortuna, con la fiereza y crueldad de una lucha por la vida. Todo sentimiento de fraternidad y compasión desapareció entre la inquina del odio político. Y como suele ocurrir en la guerra, el pueblo, quien menos había de ganar con el resultado, fue el que más sufrió en sus oscuras personas y en sus humildes bienes.

El general Santierra comenzó su servicio, como teniente en el ejército patriota organizado y mandado por el famoso San Martín, más tarde libertador de Chile y Perú.


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60 págs. / 1 hora, 46 minutos / 76 visitas.

Publicado el 19 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Diario de un Hombre Superfluo

Iván Turguéniev


Novela corta


Aldea de Ovéchaia Vodá, 20 de marzo de 18...

El médico acaba de marcharse. ¡Por fin he conseguido sacar algo en limpio! Por más que ha intentado echar mano de sus triquiñuelas, a lo último ha tenido que confesarme la verdad. Sí, moriré pronto, muy pronto. Los ríos se deshelarán, y yo me iré probablemente con las últimas nieves... ¿Adónde? ¡Dios sabrá! También al mar. ¡Qué le vamos a hacer! Si hay que morir, mejor que sea en primavera. Pero ¿no resulta ridículo iniciar un diario acaso dos semanas antes de morir? ¿Y qué hay de malo en ello? ¿Es que catorce días representan menos que catorce años, que catorce siglos? Frente a la eternidad, todo es vanidad, como suele decirse. Sin duda, pero en ese caos la misma eternidad es vanidad. Podría pensarse que me entrego al pensamiento abstracto: una mala señal. ¿No será que me acobardo? Será mejor que cuente algo. Fuera el ambiente es húmedo, sopla el viento. Me han prohibido salir. ¿Y qué voy a contar? Un hombre bien educado no debe hablar de sus propios achaques. Y escribir una novela no es algo que esté a mi alcance. Discurrir sobre temas elevados está por encima de mis fuerzas; en cuanto a la descripción de las cosas que me rodean, ni siquiera a mí mismo llega a interesarme. Pero no hacer nada me aburre, y me da pereza leer. ¡Ah! Voy a contarme a mí mismo mi propia vida. ¡Excelente idea! Cuando uno está con un pie en la tumba, no cabe mejor ocupación, tanto más cuanto que no ofende a nadie. Empecemos.


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66 págs. / 1 hora, 55 minutos / 477 visitas.

Publicado el 28 de enero de 2017 por Edu Robsy.

Dos Amigos

Iván Turguéniev


Novela corta


En la primavera de 184... Borís Andreich Viazovnín, un joven de unos veintiséis años, llegó a su casa natal, en una de las provincias de la parte central de Rusia. Acababa de solicitar la excedencia, «por razones de índole personal», y tenía intención de ocuparse de la administración de la hacienda. Una decisión acertada, sin duda, pero que Borís Andreich había tomado, como sucede en la mayor parte de los casos, en contra de su voluntad. Sus ingresos iban disminuyendo de año en año, al tiempo que las deudas crecían. Al final acabó convenciéndose de la imposibilidad de seguir sirviendo en la administración y residiendo en la capital; en suma, de vivir como había vivido hasta entonces, y resolvió, haciendo de tripas corazón, consagrar varios años a poner en orden esos asuntos «de índole personal» en virtud de los cuales se veía de pronto en ese rincón perdido en medio del campo.


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71 págs. / 2 horas, 5 minutos / 280 visitas.

Publicado el 28 de enero de 2017 por Edu Robsy.

Remanso de Paz

Iván Turguéniev


Novela corta


I

En una habitación bastante espaciosa, recién encalada, de la casa señorial de la aldea de Sasovo, en el distrito provincia de T., delante de una vieja mesita alabeada, un hombre joven, con el abrigo puesto, estaba sentado en una estrecha silla de madera y examinaba unas cuentas. Dos velas de estearina ardían en plateados candelabros de viaje; en un extremo, sobre un banco, descansaba un cofrecillo abierto; en otro rincón un criado estaba armando una cama de hierro. Al otro lado del bajo tabique borboteaba y silbaba un samovar; un perro se revolcaba en una brazada de paja que acababan de traer. En el vano de la puerta aguardaba un campesino de barba larga y rostro inteligente, con un abrigo nuevo anudado con una banda roja: el starosta, según todas las apariencias. Miraba con atención al joven sentado. Pegado a una de las paredes había un piano antiquísimo, al lado de una cómoda no menos vetusta, con agujeros en lugar de cerraduras; entre las ventanas se veía un espejo oscuro; del tabique colgaba un viejo retrato, casi todo descascarillado, que representaba a una mujer empolvada con miriñaque y una cinta negra en el fino cuello. A juzgar por la pronunciada curvatura del techo y la pendiente del agrietado suelo, la casa en la que acabamos de introducir al lector existía desde hacía mucho tiempo. Nadie vivía en ella de manera permanente y se utilizaba para alojar a las visitas del amo. El joven sentado a la mesa era precisamente el dueño de la aldea de Sasovo. Había llegado la víspera, procedente de su hacienda principal, que se encontraba a unas cien verstas de allí, y se disponía a partir al día siguiente, una vez concluida la inspección de la hacienda, escuchadas las peticiones de los campesinos y verificados todos los papeles.


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86 págs. / 2 horas, 31 minutos / 248 visitas.

Publicado el 28 de enero de 2017 por Edu Robsy.

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