I. Los Raséndil, y dos palabras acerca de los Elsberg
—¡Pero cuándo llegará el día que hagas algo de provecho,
Rodolfo!—exclamó la mujer de mi hermano.
—Mi querida Rosa—repliqué, soltando la cucharilla de que me servía
para despachar un huevo,—¿de dónde sacas tú que yo deba hacer cosa
alguna, sea o no de provecho? Mi situación es desahogada; poseo una
renta casi suficiente para mis gastos (porque sabido es que nadie
considera la renta propia como del todo suficiente); gozo de una
posición social envidiable: hermano de lord Burlesdón y cuñado de la
encantadora Condesa, su esposa. ¿No te parece bastante?
—Veintinueve años tienes, y no has hecho más que...
—¿Pasar el tiempo? Es verdad. Pero en mi familia no necesitamos hacer
otra cosa.
Esta salida mía no dejó de producir en Rosa cierto disgustillo, porque
todo el mundo sabe (y de aquí que no haya inconveniente en repetirlo)
que por muy bonita y distinguida que ella sea, su familia no es con
mucho de tan alta alcurnia como la de Raséndil. Amén de sus atractivos
personales, poseía Rosa una gran fortuna, y mi hermano Roberto tuvo la
discreción de no fijarse mucho en sus pergaminos. A éstos se refirió la
siguiente observación de Rosa, que dijo:
—Las familias de alto linaje son, por regla general, peores que las
otras.
Al oir esto, no pude menos de llevarme la mano a la cabeza y acariciar
mis rojos cabellos; sabía perfectamente lo que ella quería decir.
—¡Cuánto me alegro de que Roberto sea moreno!—agregó.
En aquel momento, Roberto, que se levanta a las siete y trabaja antes de
almorzar, entró en el comedor, y, dirigiendo una mirada a su esposa,
acarició suavemente su mejilla, algo más encendida que de costumbre.
—¿Qué ocurre, querida mía?—le preguntó.
—Le disgusta que yo no haga nada y que tenga el pelo rojo—dije como
ofendido.
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