Capítulo I
En las afueras del pueblo, a unas diez cuadras de la plaza céntrica,
el puente viejo tiende su arco sobre el río, uniendo las quintas al
campo tranquilo.
Aquel día, como de costumbre, había yo venido a esconderme bajo la
sombra fresca de la piedra, a fin de pescar algunos bagrecitos, que
luego cambiaría al pulpero de «La Blanqueada» por golosinas, cigarrillos
o unos centavos.
Mi humor no era el de siempre; sentíame hosco, huraño, y no había
querido avisar a mis habituales compañeros de huelga y baño, porque
prefería no sonreír a nadie ni repetir las chuscadas de uso.
La pesca misma pareciéndome un gesto superfluo, dejé que el corcho de
mi aparejo, llevado por la corriente, viniera a recostarse contra la
orilla.
Pensaba. Pensaba en mis catorce años de chico abandonado, de «guacho», como seguramente dirían por ahí.
Con los párpados caídos para no ver las cosas que me distraían,
imaginé las cuarenta manzanas del pueblo, sus casas chatas, divididas
monótonamente por calles trazadas a escuadra, siempre paralelas o
verticales entre sí.
En una de esas manzanas, no más lujosa ni pobre que otras, estaba la casa de mis presuntas tías, mi prisión.
¿Mi casa? ¿Mis tías? ¿Mi protector don Fabio Cáceres? Por centésima
vez aquellas preguntas se formulaban en mí, con grande interrogante
ansioso, y por centésima vez reconstruí mi breve vida como única
contestación posible, sabiendo que nada ganaría con ello; pero era una
obsesión tenaz.
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