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El monstruo de metal

Abraham Merritt


Novela, Ciencia ficción


Obra original: The Metal Monster, 1930, en dominio públicoTraductor al español: Artifacs, 2021, CC-BY-NC-SA 4.0.




PRÓLOGO
Antes de que la narración que sigue fuese puesta en mis manos, nunca había visto al Dr. Walter T. Goodwin, su autor.
Cuando la Asociación Internacional de Ciencias me entregó el manuscrito que revela sus aventuras entre las prehistóricas ruinas de Nan-Matal (La Fuente Lunar) en las Carolinas para que yo lo editara y lo revisara a fin de cumplir con los requisitos de una presentación popular, el Dr. Goodwin había dejado América. Él había explicado que seguía demasiado conmovido, demasiado deprimido, para poder recordar experiencias que inevitablemente debían llevar consigo renovados recuerdos de aquellos a quienes amaba tan bien y de quienes, sentía él, estaba separado con toda probabilidad para siempre.
Yo tenía entendido que había ido a alguna parte remota de Asia para realizar ciertos estudios botánicos y, por tanto, fue con la más viva sorpresa e interés que recibí una citación del presidente de la Asociación para encontrarme con el Dr. Goodwin en un lugar y hora designados.
A través de mi detenido estudio de los artículos de La Fuente Lunar, me había formado una imagen mental de su escritor. También había leído esos volúmenes de investigación botánica que lo habían colocado muy por encima de todos los demás científicos estadounidenses en este campo, deduciendo de su curiosa mezcla de observaciones extremadamente técnicas y descripciones minuciosamente precisas, aunque extraordinariamente poéticas, pistas para ampliar mi imagen de él. Me complació descubrir que había dibujado una bastante buena.
El hombre que me presentó el presidente de la Asociación era robusto, bien formado, un poco por debajo de la media. Tenía una frente ancha, pero lo bastante baja para que me recordara un poco al difunto mago eléctrico Steinmetz.


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Creative Commons
272 págs. / 7 horas, 56 minutos / 70 visitas.

Publicado el 16 de enero de 2026 por Fernando Guzmán.

Dulce y Sabrosa

Jacinto Octavio Picón


Novela


Advertencia para esta edición

Si creyera que el publicar un escritor sus obras completas implica falta de modestia, no reimprimiría las mías. Lo hago porque están casi todas agotadas; pensando que es deber de padre no consentir que mueran sus hijos, aunque no sean tan buenos ni tan hermosos como él quiso engendrarlos; y también porque considero que el hombre tiene derecho a despedirse de la juventud recordando lo que durante ella hizo honradamente y con amor.

Otra disculpa pienso que atenúa mi atrevimiento. Porque ser partidario del arte por el arte, y yo lo soy muy convencido, no puede amenguar ni estorbar, aun cultivando esta que se llama amena literatura, el entusiasmo por ideas de distinta índole; las cuales unas veces veladamente se transparentan y otras ostensiblemente se muestran en la labor de cada uno; pues no es posible, y menos en nuestra época, que el literato y el artista sientan y piensen ajenos al ambiente que respiran. Quien carece de fuerzas para conquistar la costosa gloria de adelantarse a su tiempo, tenga la persistente virtud de servirle: así lo he pretendido; mas él ha caminado tan deprisa, que hoy acaso parezcamos tímidos los que ayer fuimos osados. De éstos quise ser: de los que al estudiar lo pasado y observar lo presente procuran preparar lo porvenir y se esperanzan con ello. Por eso rindo tributo de constancia y firmeza a las ideas de mi juventud, algunas hoy tan combatidas, reuniendo estos pobres libros, sin que me arredre el recuerdo de cómo unos fueron censurados, ni espere que retoñe la benevolencia con que otros fueron alabados. Discurro al igual de aquel gran prosista que decía: «No es temor, como no es vanidad».

Bien quisiera, lector, que pensáramos a dúo y que mi conciencia hallase siempre eco en la tuya: si por torpe desespero de lograrlo, por sincero creo merecerlo.


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Dominio público
271 págs. / 7 horas, 55 minutos / 257 visitas.

Publicado el 16 de abril de 2019 por Edu Robsy.

El Desquite de Yáñez

Emilio Salgari


Novela


Más difícil que la conquista es
guardar lo que se ha conquistado.

JULIO CÉSAR

Primera parte. En los junglares de la India

I. La columna infernal

—Saccaroa, ¿de dónde habrá sacado ese demonio de Sindhia tantos bandidos? Dos días hace que están saliendo de los bosques y junglares para detenernos, y, sin embargo, los hemos arrollado con cinco elefantes, cinco ametralladoras y cien carabinas, si es que todavía estas son cien, pues también hemos sufrido nosotros algunas pérdidas.

—Quieren impedir que lleguemos a Gauhati, señor Sandokán, para que no podamos unimos con el señor Yáñez, el maharajá blanco, vuestro hermano de la otra parte del océano.

—¿Y tú crees, Kammamuri, que esos mendigos serán capaces de detenernos? ¿Sabes qué nombre he puesto a la banda que conduzco en socorro de Yáñez? «La Columna infernal». ¡Oh, pasaremos, aunque sea a través de veinte mil hombres! Mucho tienen que aprender los indostanos de los malayos y dayakos. No he traído conmigo más que cien, pero escogidos con sumo cuidado; cien verdaderos tigres de Malasia, que, aunque sean mahometanos en el fondo, a una orden mía no dudarían en arrancar las barbas al gran Profeta, si se les presentase delante.

—Sé lo mucho que vales —dijo Kammamuri—. Dos veces he estado en Malasia, y siempre me has causado admiración. Pero yo también pertenezco a una de las razas más guerreras de la India.

—Sí; los maharatas siempre fueron muy valientes soldados y han dado harto que hacer a los ingleses. Bien lo sabe la Compañía de las Indias.

—Tenemos encima otra emboscada, señor Sandokán.


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270 págs. / 7 horas, 53 minutos / 1.070 visitas.

Publicado el 4 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Manual de Supervivencia

Arturo Robsy


Novela


El Día D - Cita con la muerte

Ramón Sánchez, profesor de E.G.B., se había sentado a fumar durante el recreo al lado del foso de saltos de longitud y de su arena rojiza cuando algo golpeó contra ella a unos dos metros de sus pies.

Ramón era, además de maestro, un más que conocido elemento de eso que se llama ultraderecha, un rebelde activo, padre y madre de panfletos, octavillas, pintadas murales y hasta alguna que otra broma pesada, de manera que, cuando reconoció lo que había golpeado contra la arena de los saltos de longitud, no dudó ni un momento en tirarse al suelo al pie de una mediana acacia que allí hacía sombra, indiferente a cualquier otra consideración.

A unos dos metros de Ramón se veían las plumas y la mitad semienterrada del astil de una flecha deportiva. Aguardó un par de minutos echado y, al comprobar que no caían nuevos proyectiles, fue poniéndose en pie con precaución.

—Estos terroristas —se dijo medio en broma, medio en serio— no deben de tener todavía licencia de armas.

Julio Ruiz, mayorista de un buen número de productos, recibió un paquete bastante voluminoso aunque ligero. Julio Ruiz, hombre metódico y de pocas palabras, era amigo del alma de Ramón Sánchez, el maestro, y, por lo tanto, coautor de esas ya mencionadas octavillas, pintadas, rebeldías y bromas relativamente pesadas. Ramón procedía de las estructuras burocráticas del fenecido Movimiento Nacional y había sido reconvertido en funcionario de Secretaría General, en funcionario de Presidencia del Gobierno, más tarde de Cultura y Bienestar y, después, de Cultura a secas, hasta que lo transfirieron a la correspondiente Comunidad Autónoma, y entonces hizo una higa a cada uno de los puntos cardinales, gruñó algo intraducible y dejo basta de palabra y por escrito.


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Licencia limitada
268 págs. / 7 horas, 50 minutos / 140 visitas.

Publicado el 14 de julio de 2026 por Edu Robsy.

Los Pazos de Ulloa

Emilia Pardo Bazán


Novela


Tomo I

I

Por más que el jinete trataba de sofrenarlo agarrándose con todas sus fuerzas a la única rienda de cordel y susurrando palabritas calmantes y mansas, el peludo rocín seguía empeñándose en bajar la cuesta a un trote cochinero que descuadernaba los intestinos, cuando no a trancos desigualísimos de loco galope. Y era pendiente de veras aquel repecho del camino real de Santiago a Orense en términos que los viandantes, al pasarlo, sacudían la cabeza murmurando que tenía bastante más declive del no sé cuántos por ciento marcado por la ley, y que sin duda al llevar la carretera en semejante dirección, ya sabrían los ingenieros lo que se pescaban, y alguna quinta de personaje político, alguna influencia electoral de grueso calibre debía andar cerca.

Iba el jinete colorado, no como un pimiento, sino como una fresa, encendimiento propio de personas linfáticas. Por ser joven y de miembros delicados, y por no tener pelo de barba, pareciera un niño, a no desmentir la presunción sus trazas sacerdotales. Aunque cubierto de amarillo polvo que levantaba el trote del jaco, bien se advertía que el traje del mozo era de paño negro liso, cortado con la flojedad y poca gracia que distingue a las prendas de ropa de seglar vestidas por clérigos. Los guantes, despellejados ya por la tosca brida, eran asimismo negros y nuevecitos, igual que el hongo, que llevaba calado hasta las cejas, por temor a que los zarandeos de la trotada se lo hiciesen saltar al suelo, que sería el mayor compromiso del mundo. Bajo el cuello del desairado levitín asomaba un dedo de alzacuello, bordado de cuentas de abalorio. Demostraba el jinete escasa maestría hípica: inclinado sobre el arzón, con las piernas encogidas y a dos dedos de salir despedido por las orejas, leíase en su rostro tanto miedo al cuartago como si fuese algún corcel indómito rebosando fiereza y bríos.


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Dominio público
268 págs. / 7 horas, 50 minutos / 3.190 visitas.

Publicado el 20 de abril de 2016 por Edu Robsy.

El Sabor de la Tierruca

José María de Pereda


Novela


JOSÉ M. DE PEREDA

Y ahora que estamos solos, impaciente lector, en la antesala de un libro, esperando á que se nos abra la mampara del primer capítulo, voy á hablarte de aquel buen amigo, cuyo nombre viste, al entrar, estampado en el frontispicio de este noble alcázar de papel en que por ventura nos hallamos. Y no voy á hablarte de él porque su fama, que es grande, aunque no tanto como sus méritos, necesite de mis encomios, sino porque me mueve á ello un antojo, tenaz deseo quizás, ó más bien imperioso deber, nacido de impulsos diferentes. El motivo de que haya escogido esta ocasión ha sido puramente fortuito y no ha dependido de mí. Desde hace mucho tiempo tenía yo propósito de ofrecer á aquel maestro del arte de la novela un testimonio público de admiración, en el cual se vieran confundidos cariño de amigo y fervor de prosélito. Cada nueva manifestación del fecundo ingenio montañés me declaraba la oportunidad y la urgencia de cumplir el compromiso conmigo mismo contraído; luego los quehaceres lo diferían, y por fin, solicitado de un activo editor, que incluye en su Biblioteca el último libro de Pereda, veo llegada la mejor coyuntura para decir parte de lo mucho que pienso y siento acerca del autor de las Escenas Montañesas; acepto con gozo el encargo, lo desempeño con temor, y allá va este desordenado escrito, que debiera ponerse al fin del libro, pero que, por determinación superior, se coloca al principio, contra mi deseo. Ni es prólogo crítico, ni semblanza, ni panegírico: de todo tiene un poco, y has de ver en él una serie de apreciaciones incoherentes, recuerdos muy vivos, y otras cosas que quizás no vienen á cuento; pero á todo le dará algún valor la escrupulosa sinceridad que pongo en mi trabajo y la fe con que lo acometo.


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267 págs. / 7 horas, 48 minutos / 515 visitas.

Publicado el 20 de diciembre de 2016 por Edu Robsy.

Dos Mujeres

Gertrudis Gómez de Avellaneda


Novela


Prólogo

Si la benévola acogida con que el público de Madrid ha concedido a la novelita intitulada Sab, impusiese solamente a su autora la obligación de presentarle otra obra de más estudio y estudio y profundidad, acaso no se atrevería a dar a la prensa su ensayo en tal difícil género, desconfiando de llenar debidamente aquella obligación. Pero como quiera que no cree menos imperioso el deber de ofrecer a tan indulgente público un testimonio de su gratitud, y no alcanza otro que el de presentarle sus ligeros trabajos, se determina a publicar la presente novela, sin creerse en la precisión de hacer alarde de una falsa modestia, rebajando el mérito que pueda tener, ni menos atribuirle alguno de que acaso carezca.

Dirá únicamente que la presente obrita no pertenece al género histórico descriptivo que inmortalizará el nombre de Walter Scott; ni tampoco a la novela dramática, por decirlo así, de Víctor Hugo. No hay en ella creaciones, tales como el Han de Islandia y Claudio, ni ha intentado la autora desentrañar del secreto del corazón humano el instinto del crimen. Más humilde y menos profunda, se ha limitado a bosquejar caracteres verosímiles y pasiones naturales; y los cuadros que ofrece su novela, si no son siempre lisonjeros, nunca son sangrientos.

A los críticos abandona los defectos numerosos que deben contener estas páginas como obra literaria, y previene cualquiera interpretación ligera o rigurosa que pueda deducirse de su lectura, declarando que ningún objeto moral ni social se ha propuesto al describirlas.


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Dominio público
266 págs. / 7 horas, 46 minutos / 731 visitas.

Publicado el 17 de enero de 2019 por Edu Robsy.

La Destrucción de Cartago

Emilio Salgari


Novela


I. El dios antropófago

—¡Muera la romana!

—¡Sean quemadas sus entrañas en el pecho de Moloch!

—Quedará agradecido y nos infundirá nuevas fuerzas.

—¡Muera!, ¡muera! ¡Moloch quiere víctimas enemigas!

Un inmenso aullido, escapado de treinta o cuarenta mil pechos, que parecía el mugido de una gran marea cuando embiste, derriba los diques, cubrió por algunos instantes aquellas voces aisladas.

—¡Muera! ¡Con nuestros hijos!

Había cerrado la noche, pero parecía que sobre Cartago, la opulenta colonia fenicia que disputaba feroz, valerosamente a la poderosa Roma el dominio del mundo antiguo, resplandecían millares de pequeños soles.

A través de la inmensa avenida de Khamon, que dividía la ciudad en dos partes distintas, bordeada por maravillosas alamedas de soberbias palmeras, descendía una inmensa muchedumbre hacia el templo dedicado al terrible dios Baal Moloch, el dios representante del fuego maléfico: el rayo que incendia las mieses, los ardores del sol que esterilizan la llanura, y, para aplacar al cual, fenicios y cartagineses ofrecían entre sus brazos ardientes o en el antro monstruoso de su pecho sus hijos predilectos, para que se abrasaran vivos.

Eran millares y millares de mercaderes, de navegantes, de guerreros, de carpinteros, de alfareros, y fabricantes de estatuitas, de armas númidas, mauritanos, negros mercenarios y marineros de Tiro y de Arados, y bajaban en masas compactas desde la necrópolis, llevando un infinito número de astas de hierro en cuyo extremo ardían globos de algodón impregnados de materias resinosas que relampagueaban hasta deslumhrar.


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Dominio público
265 págs. / 7 horas, 44 minutos / 767 visitas.

Publicado el 22 de agosto de 2019 por Edu Robsy.

Aventuras de Cabeza de Piedra

Emilio Salgari


Novela


CAPÍTULO I. LA TRAICIÓN DE DAVIS

—¡Por todos los campanarios de Bretaña! ¡Abajo las armas u os arrojamos al lago, miserables!

—No, maestre «Cabeza de Piedra».

—¡Cómo! ¿No obedecéis? Somos cuatro contra cuatro, y yo solo valgo por dos.

—No nos asustáis; dadnos las dos cartas que habéis recibido del general Washington y del barón sir William McLellan, comandante del buque La Tonante.

—¿De dónde has sacado eso, maestre Davis? —vociferó «Cabeza de Piedra».

—Lo sé; y esas cartas no han de llegar al fuerte de Ticonderoga.

—Te han engañado como a un chino, maestre Davis. Y basta ya, ¡por cien mil cuernos de bisonte! ¡A mí, «Petifoque»; a mí, hessianos! ¡Arrojemos al agua a estos traidores!

—Maestre «Cabeza de Piedra» —dijo Davis—, no os aconsejo empeñar la lucha, porque estáis desarmados; mientras dormíais hemos quitado los pedernales de vuestros mosquetes.

—Entonces, ¿lo que queréis son nuestras vidas?

—No; lo que queremos son esas dos cartas, que debo remitir al general Burgoyne. Entregádnoslas y os dejaremos volver tranquilamente a Nueva York.

—¿Burgoyne? ¿Quién es?

—El nuevo general que ha tomado el mando de las fuerzas que acaudillaba Carleton. Pero hay otra persona más que desea esos documentos.

«Cabeza de Piedra» había empuñado su fusil por el cañón después de asegurarse de que, efectivamente, sus armas de fuego habían sido inutilizadas.

—Sigue, sigue —gritó—, no tenemos prisa; ¿quién es esa otra persona?

—Pues bien, es el marqués de Halifax.

—¿El hermano del barón McLellan?

—El mismo.

«Cabeza de Piedra» dejó escapar un rugido y dio dos pasos adelante, volteando furiosamente el pesado fusil.


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265 págs. / 7 horas, 44 minutos / 787 visitas.

Publicado el 4 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

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