Textos más largos etiquetados como Novela | pág. 38

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Ricardo

Emilio Castelar


Novela


Capítulo 1. Los vapores del vino y los vapores de la idea

Nuestro Madrid es pueblo esencialmente sobrio, y para persuadirse de que nuestro Madrid es pueblo esencialmente sobrio, no hay como pasearse por sus calles, y ver cuán desprovistas se hallan de aquellas fondas, de aquellas galerías, de aquellas tiendas por París esparcidas en abundancia, y que ofrecen al paladar toda suerte de licores y manjares. En el año de 1866 todavía era menor el número de establecimientos consagrados a lo que pudiéramos llamar comida pública. Exceptuando las tabernas, con sus fríos pedazos de bacalao frito, y sus tortillas pertenecientes a la edad de piedra; los figones, donde los mozos de cuerda restauraban sus fuerzas, con aquella olla tan provista de tocino como desprovista de carne; las fondas de rúbrica, en su mayor parte inhabitables, Madrid no tenía más comedores oficiales que cierto salon de los entresuelos del Café Suizo, completamente abandonado del público; la casa de Lhardy, que de uvas a peras mostraba en su escaparate algunas cabezas de jabalí, como disponía en sus cocinas algunas comidas de encargo; y el llamado, a la francesa, restaurant de Farrugia, sito a la entrada de la Carrera de San Jerónimo, casi en la desembocadura de la Puerta del Sol, donde un aficionado al bien comer se arruinaba, por dar platos buenos a bajo precio, y por fiar demasiado en las pagaderas, más estrechas ciertamente que las tragaderas, de sus comensales y parroquianos. Entonces, aunque el Café Español existía ya, y daba de comer en los cuartitos del callejón de Gitanos, todavía no se levantaban los salones de Fornos, que luego pasaron a socorrido asunto de arengas tribunicias y tema favorito de oposiciones políticas. Madrid mostraba su sobriedad histórica, que tanto disgusta a los extranjeros, y tanto cuadra a nuestro histórico carácter.


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285 págs. / 8 horas, 20 minutos / 207 visitas.

Publicado el 17 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

El Difunto Matías Pascal

Luigi Pirandello


Novela


1. Premisa

Hubo un tiempo en que una de las pocas cosas, quizá la única, que yo supiera de cierto era ésta: que me llamaba Matías Pascal. Y de ello me aprovechaba. Siempre que algún amigo o conocido mío daba muestras de haber perdido el bien de la inteligencia, hasta el punto de venir a pedirme consejo o indicación alguna, me encogía de hombros, entornaba los ojos y respondía:

—Yo me llamo Matías Pascal.

—Gracias, querido amigo; pero ya lo sabía.

—¿Y te parece poco?

Alguno se dignará compadecerme —¡cuesta tan poco!— imaginándose el atroz sentimiento de un desventurado al cual le ocurra descubrir, de repente, que…, sí, nada, en fin: ni padre, ni madre, ni cómo fue o cómo no fue; y se dignará también indignarse —lo cual cuesta todavía menos— de la corrupción de las costumbres, y de los vicios, y de la plaga de los tiempos, que tanto mal pueden ocasionar a un pobre inocente.

Que hagan lo que gusten. Mas es deber mío advertirles que no es ése mi caso, que no se trata precisamente de eso que se figuran. Podría exponer aquí, en un árbol genealógico, el origen y descendencia de mi familia, y demostrarles que no sólo he conocido a mis padres, sino también a mis antepasados y sus hazañas en un largo período de tiempo, no por cierto todas ellas verdaderamente laudables…

¿Y entonces?

Pues ahí está el quid; mi caso es muy distinto y extraño; tan distinto y peregrino que por eso me pongo a contarlo.


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285 págs. / 8 horas, 19 minutos / 683 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

La Piel de Chagrén

Honoré de Balzac


Novela


AL SEÑOR SAVARY,
MIEMBRO DE LA ACADEMIA DE CIENCIAS

I. El talisman

En los últimos días del mes de octubre del año 1829 un joven entró en el Palais-Royal en el momento en que las casas de juego se abrían, conforme a la ley que protege una pasión esencialmente imponible. Sin titubear demasiado subió la escalera del garito señalado con el número 36.

—Su sombrero, señor, si me permite —le chilló con voz seca y gruñona un pequeño y pálido viejecillo encogido en la sombra, protegido por un biombo y que se levantó de golpe enseñando un rostro molellado en un tipo innoble.

Cuando usted entra en una casa de juego la ley empieza por quitarle el sombrero. ¿Será una parábola evangélica y providencial? ¿No es más bien una manera de concertar un pacto infernal con usted al exigirle no se sabe qué garantía? ¿Será, acaso, para obligarle a mantener una respetuosa conducta ante los que le van a ganar su dinero? ¿Es la policía que se agazapa en todas las alcantarillas sociales quien quiere saber el nombre de su sombrero, o su propio nombre en el caso de que lo lleve escrito en el forro? ¿O es, quizá, para tomar la medida de su cráneo y tener una instructiva estadística respecto a la capacidad cerebral de los jugadores? Sobre este punto la administración guarda un completo silencio. Pero, sépalo usted bien, apenas habrá dado un paso hacia el tapete verde que su sombrero no le pertenece ya más de lo que usted se pertenece a sí mismo. Están en juego usted, su fortuna, su forro, su bastón y su abrigo. Cuando usted salga, el Juego le demostrará, por un atroz epigrama en acción, que aún le deja algo devolviéndole sus objetos. Y si, por lo que sea, sale con un aspecto nuevo, aprenderá a costa de usted mismo que tiene que ponerse un traje de jugador.


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285 págs. / 8 horas, 18 minutos / 63 visitas.

Publicado el 1 de abril de 2017 por Edu Robsy.

Nuevas Guerrillas

Arturo Robsy


novela


Misterio

El veintiuno de abril, impar y pasa, as de primaveras, un chaval de diecisiete años entró, jinete en su velomotor, en el cuartel de la Guardia Civil, que estaba situado en las afueras de la ciudad a causa, seguramente, de la democracia, de cuando la UCD se ponía nerviosa en cuanto vislumbraba uniformes y más aún tricornios. El chico se llamaba Ramón y llegaba tartamudo y algo histérico, y hubo que tranquilizarle mientras se avisaba al Primero. Cualquier que le mirara las manos podía deducir que algo había sucedido.

Ramón resultó ser de los que necesitan hacer prólogos para contar los hechos, los autos que le dice, y se puso a hablar de sí mismo o para curarse en salud o para cerciorarse de que las cosas le habían sucedido a él. Vivía en el campo, con sus padres, y acudía todas las mañanas a la ciudad, a sus clases del instituto. Lo hacía más temprano porque tenía también la costumbre de tomarse un café y de poner un par de disco en la gramola, jukebox americana, mientras invitaba a fumar a la camarera, que le gustaba un montón y de la que se rumoreaba en círculos estudiantiles que era de fácil apareamiento.

De su casa a la ciudad se llegaba por una carretera ínfima, vericueto agrícola que los autonómicos habían asfaltado tan pronto como personas de peso habían empezado a construirse por allí chaletillos en los que vivir apartados del mundanal ruido, todo el año a salvo del follón y de los humazos de la ciudad, y hasta del infarto. Era un futuro barrio residencial que, por el momento, los importantes compartían con campesinos, vacas, tractores y cierto tufillo a estiércol cuando soplaba el húmedo sur.

El cabo primero le iba diciendo que sí con la cabeza: llevaba suficientes años en el cuerpo para saber que cada uno habla a su aire y que es inútil hacer preguntas en tanto no se sabe qué coño ha sucedido. Si el muchacho quería explicar lo que le pasaba no quedaba más remedio que esperar a que llegara al meollo.


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Licencia limitada
284 págs. / 8 horas, 18 minutos / 186 visitas.

Publicado el 10 de julio de 2025 por Edu Robsy.

El Maestrante

Armando Palacio Valdés


Novela


I. La casa del maestrante.

A las diez de la noche eran, en toda ocasión, contadísimas las personas que transitaban por las calles de la noble ciudad de Lancia. En las entrañas mismas del invierno, como ahora, y soplando un viento del noroeste recio y empapado de lluvia, con dificultad se tropezaba alma viviente. No quiere esto decir que todos se hubiesen entregado al sueño. Lancia, como capital de provincia, aunque no de las más importantes, es población donde ya en 185... se había aprendido a trasnochar. Pero la gente se metía desde primera hora en algunas tertulias y sólo salía de ellas a las once para cenar y acostarse. A esta hora, pues, solían tropezarse algunos grupos resonantes que caminaban a toda prisa resguardados por los paraguas; las señoras rebujadas en sendos capuchones de lana, alzando las enaguas con la mano que les quedaba libre; los caballeros envueltos en sus pañosas o montecristos, los pantalones enérgicamente arremangados, rompiendo el silencio de la noche con el áspero traqueteo de las almadreñas. Porque en aquella época eran muy pocos todavía los que desdeñaban este calzado patriótico y confortable. Tal cual pollastre que por haber estado en Valladolid estudiando medicina se creía por encima de estas ruindades y alguna que otra damisela melindrosa que afectaba el no saber andar con ellas.


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Dominio público
284 págs. / 8 horas, 17 minutos / 245 visitas.

Publicado el 24 de agosto de 2017 por Edu Robsy.

El Paraíso de las Mujeres

Vicente Blasco Ibáñez


Novela


Al Lector

Considero necesario dar una explicación sobre el origen de este libro.

Una casa editorial cinematográfica de los Estados Unidos me pidió hace un año una novela para convertirla en film, recomendándome que fuese muy interesante y se despegase por completo de los convencionalismos y rutinas que hasta ahora vienen observándose en las historias presentadas por medio del cinematógrafo.

Yo admiro el arte cinematográfico—llamado con razón el séptimo arte—, por ser un producto legítimo y noble de nuestra época. Como todo progreso, ha encontrado numerosos enemigos, que fingen despreciarlo; especialmente entre los escritores faltos de las condiciones necesarias para servir á este arte, aunque lo deseasen. La llamada República de las Letras es un estado conservador y misógeno, que se subleva instintivamente ante toda novedad y la repele con sarcasmos que cree aristocráticos.

Cuando se inventó la imprenta, una gran parte de los literatos de entonces también la consideraron como algo populachero y ordinario, que nunca podría gustar á los espíritus escogidos. Fué preciso el transcurso de algunas decenas de años para que todos se convenciesen de que el libro impreso, aunque menos hermoso que el códice escrito á mano y con letras capitulares artísticamente iluminadas, servía mejor á la difusión de las ideas y al mejoramiento intelectual de la humanidad.

Dentro de un siglo las gentes se asombrarán tal vez al enterarse de que hubo escritores que presenciaron el nacimiento de la cinematografía y no hicieron caso de ella, apreciándola como una diversión pueril y frívola, buena únicamente para el vulgo ignorante.


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282 págs. / 8 horas, 14 minutos / 363 visitas.

Publicado el 19 de abril de 2016 por Edu Robsy.

El Profesor

Charlotte Brontë


Novela


Prefacio

Este pequeño libro se escribió antes que Jane Eyre y Shirley y, sin embargo, no puede pedirse indulgencia para él so pretexto de ser un primer intento. No lo fue, desde luego, pues la pluma que lo escribió había sufrido un desgaste considerable en una práctica de varios años. Cierto es que no había publicado nada antes de empezar El profesor, pero en más de una tosca tentativa, destruida prácticamente al ser terminada, había perdido todo gusto por la narrativa recargada y redundante en favor de una hogareña sencillez. Al mismo tiempo, había adoptado un conjunto de principios sobre la cuestión de los episodios y demás que, en teoría, merecerían la aprobación general, pero cuyos resultados, al ser llevados a la práctica, son a menudo para un autor motivo más de sorpresa que de placer. Me decía que mi héroe debía abrirse camino en la vida tal como había visto que hacían hombres reales, que no debía recibir jamás un solo chelín que no hubiera ganado, que ningún vuelco súbito debía elevarlo de la noche a la mañana en riqueza y posición social, que cualquier pequeño bien que pudiera adquirir debía obtenerlo con el sudor de su frente, que antes de hallar siquiera un cenador en el que sentarse debía ascender al menos hasta la mitad de la Colina de la Dificultad, que jamás habría de casarse con una mujer rica, ni hermosa, ni con una dama de alcurnia. Como hijo de Adán, habría de compartir su destino: trabajo durante toda la vida combinado con una moderada dosis de placer.


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Protegido por copyright
282 págs. / 8 horas, 13 minutos / 471 visitas.

Publicado el 14 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Los Lanzallamas

Roberto Arlt


Novela


Palabras del autor

Con “Los lanzallamas” finaliza la novela de “Los siete locos”.

Estoy contento de haber tenido la voluntad de tra­bajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Es­cribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana.

Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedi­miento técnico del novelista. Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras.

Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, cons­tituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo. Máxime si cuan­do se trabaja se piensa que existe gente a quien la preocupación de buscarse distracciones les produce surmenage.

Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de sus familias.

Para hacer estilo son necesarias comodidades, ren­tas, vida holgada. Pero, por lo general, la gente que disfruta de tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura. O la encara como un excelente proce­dimiento para singularizarse en los salones de sociedad.


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Dominio público
282 págs. / 8 horas, 13 minutos / 707 visitas.

Publicado el 17 de abril de 2020 por Edu Robsy.

La Fe

Armando Palacio Valdés


Novela


Capítulo 1

No cabía en la iglesia una persona más. Hablando con verdad, tampoco cabían las que estaban dentro si ocupase cada cual el espacio que por derecho natural, el que la naturaleza enseñó a todos los animales, le correspondía. Pero en aquel momento no sólo se infringía este derecho, pero se violaba descaradamente también la ley de impenetrabilidad de los cuerpos. D. Peregrín Casanova, persona que hacía viso en la villa, y que hasta entonces había guardado rigurosamente la ley en todas las solemnidades, lo mismo profanas que religiosas, tenía ahora metidas en los riñones las rodillas de otro bípedo racional de seis pies de alto, lo cual le producía algunos movimientos convulsivos en el epigastrio y un vivo desasosiego acompañado de sudor copioso. D.ª Teodora, señorita de cincuenta años, castísima, limpísima, pulquérrima, que había huido toda su vida cualquier contacto, fuere cual fuere, se vio obligada a sentarse sobre los pies del jorobado Osuna, sujeto de malísimos antecedentes, que no se estaba quieto un momento. D. Gaspar de Silva, poeta famoso en la villa, tanto por sus versos como por sus callos, sufrió la operación cesárea de uno de éstos que le hizo con gran destreza el chico mayor de D.ª Trinidad. De igual modo otra porción de vecinos respetables experimentaron molestias sin cuento en aquella mañana memorable en que por vez primera cantaba misa un joven de la villa.


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281 págs. / 8 horas, 13 minutos / 260 visitas.

Publicado el 8 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Gonzalo González de la Gonzalera

José María de Pereda


Novela


Al señor D. R. de Mesonero Romanos

Porque tuvo usted la bondad, cuando publiqué mi primer libro, de saludarme punto menos que como a una lumbrera en el arte de pintar costumbres, atrevíme a esperar que, andando el tiempo, llegaría yo a escribir una obra tan excelente, que fuera digna de ser ofrecida al Curioso Parlante maestro eximio cuyos cuadros eran, y siéndolo continúan hasta la fecha, mi delicia por lo primorosos y mi desesperación por lo inimitables. Pasaron los años y compuse más libros; y aunque nunca me faltó la estimulante recompensa de las alabanzas de usted, el que yo había soñado no llegaba. Sin adelantar gran cosa en el oficio, apuntáronme las canas; y con esta ganancia, perdí para siempre aquellas candorosas ilusiones. Convencido ya de que la más mala de mis obras es la última que escribo, dedico a usted ésta, en la seguridad, de que la siguiente, si llego a concluirla, ha de ser mucho peor.

Sírvase usted, mi querido maestro, aceptarla, ya que no por buena, como público testimonio de la cordialidad con que es de usted agradecido amigo y admirador entusiasta,

JOSÉ MARÍA DE PEREDA.

I. Que puede servir de Introducción

Trepando por la vertiente occidental de un empinado cerro, se retuerce y culebrea una senda, que a ratos se ensancha y a ratos se encoge, cual si estas contracciones de sus contornos fueran obra de unos pulmones fatigados por la subida; y buscando los puntos más salientes, como para asirse a ellos, tan pronto atraviesa, partiéndole en dos, un ancho matorral, como se desliza por detrás de una punta de blanquecina roca. Así va llegando hasta la cima; tiéndese a la larga sobre ella unos instantes para cobrar aliento, y desciende en seguida por la vertiente opuesta.


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Dominio público
281 págs. / 8 horas, 12 minutos / 400 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

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