Primera parte
1. El juego de los peregrinos
—Sin regalos, la Navidad no será lo mismo —refunfuñó Jo, tendida sobre la alfombra.
—¡Ser pobre es horrible! —suspiró Meg contemplando su viejo vestido.
—No me parece justo que unas niñas tengan muchas cosas bonitas
mientras que otras no tenemos nada —añadió la pequeña Amy con aire
ofendido.
—Tenemos a papá y a mamá, y además nos tenemos las unas a las otras —apuntó Beth tratando de animarlas desde su rincón.
Al oír aquellas palabras de aliento, los rostros de las cuatro
jóvenes, reunidas en torno a la chimenea, se iluminaron un instante,
pero se ensombrecieron de inmediato cuando Jo dijo apesadumbrada:
—Papá no está con nosotras y eso no va a cambiar por una buena
temporada. —No se atrevió a decir que tal vez no volviesen a verle nunca
más, pero todas lo pensaron, al recordar a su padre, que estaba tan
lejos, en el campo de batalla.
Guardaron silencio y, al cabo de unos minutos, Meg añadió visiblemente emocionada:
—Ya sabéis que mamá propuso no comprar regalos estas Navidades
porque este invierno será duro para todos y porque cree que no
deberíamos gastar dinero en caprichos cuando los soldados están
sufriendo en la guerra. No podemos hacer mucho por ayudar, solo un
pequeño sacrificio, y deberíamos hacerlo de buen grado, pero me temo que
yo no puedo. —Meg meneó la cabeza pensando en todas las cosas hermosas
que le apetecía tener.
—Yo no creo que lo poco que podemos gastar sirviera de mucho. Solo
tenemos un dólar cada una, y en poco ayudaríamos al ejército si se lo
entregáramos. Me parece bien que no nos hagamos regalos las unas a las
otras, pero me niego a renunciar a mi ejemplar de Undine y Sintram. Hace mucho que deseo conseguirlo… —dijo Jo, que era un verdadero ratón de biblioteca.
Información texto 'Mujercitas'