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Las Afinidades Electivas

Wolfgang Goethe


Novela


Primera parte

I

Eduardo —damos este nombre a un acaudalado barón, en lo mejor de su edad— había pasado las más bellas horas de una tarde de abril en su vivero, injiriendo en patrones jóvenes unos bien conservados injertos. Acababa de terminar su faena; recogía sus herramientas en el estuche y contemplaba con gran satisfacción su obra, cuando se le acercó el jardinero y se regocijó al ver el celo con que su señor participaba en los trabajos.

—¿No has visto a mi mujer? —preguntó Eduardo, disponiéndose a partir.

—Está al otro lado, en el jardín nuevo —contestó el jardinero—. Terminarán hoy la cabaña de musgo que están construyendo junto al tajo de peñascos, frente al castillo. Todo ha resultado muy bien, y tiene que gustarle al señor. La vista desde allí es hermosísima: al fondo, la aldea; un poco a la derecha, la iglesia, y enfrente, el castillo y los jardines.

—Es verdad —respondió Eduardo—; he visto trabajar a los, obreros desde muy cerca de aquí.

—Después —prosiguió el jardinero— ábrese el valle a la derecha y se descubre una alegre lejanía sobre los magníficos vergeles. La senda, que se encarama por las rocas, está muy bien trazada. La señora sabe lo que tiene entre manos, y todo el mundo trabaja con gusto bajo sus órdenes.

—Ve allá —dijo Eduardo— y ruégale que me espere. Dile que deseo ver su nueva obra y disfrutar de ella.

El jardinero se retiró apresuradamente y pronto lo siguió Eduardo.


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273 págs. / 7 horas, 59 minutos / 507 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Por el Mundo

Máximo Gorki


Novela


I

Ya estoy por el mundo, ganándome el pan; trabajo de «chico» en una tienda de «calzado de moda», en la calle principal de la ciudad.

Mi amo es pequeño y regordete; tiene una cara pardusca de borrosas facciones, dientes verdes y ojos del color del agua sucia. Me da la impresión de que es ciego y, en mi deseo de cerciorarme de ello, le hago muecas.

—No tuerzas el morro —me dice en voz baja, pero con severidad.

Es desagradable que estos ojos turbios me vean; no puedo creer que tengan vista, tal vez mi amo haya adivinado simplemente que hago muecas.

—Te digo que no tuerzas el morro —me alecciona en voz más baja aún, casi sin mover sus abultados labios.

—No te rasques las manos —llega hasta mí su seco murmullo—. Trabajas en una tienda de primera categoría, en la calle principal de la ciudad, ¡esto no hay que olvidarlo! El chico de la tienda debe estar plantado ante la puerta como una estatua…

Yo no sé lo que es una estatua, y no puedo dejar de rascarme las manos, pues las tengo —así como los brazos, hasta los codos— cubiertas de ronchas rojas y llagas, el ácaro de la sarna me pica de un modo insoportable.

—¿Qué hacías en tu casa? —pregunta el amo, mirándome las manos.

Se lo digo; él mueve la redonda cabeza, toda cubierta de espesa pelambre gris, y responde, ofendiendo:

—Ser trapero es peor que ser mendigo, peor que robar.

No sin cierto orgullo, le contesto:

—Yo también robaba.

Entonces, después de poner las manos sobre el pupitre, como un gato sus zarpas, clava asustado en mi cara sus ojos inexpresivos y dice con voz:

—¿Qué-e? ¿Cómo que robabas?

Yo le explico cómo y qué.

—Bueno, consideremos eso como nimiedades. Pero si me robas unos zapatos o dinero, te meto en la cárcel hasta que llegues a tu mayoría de edad…


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388 págs. / 11 horas, 20 minutos / 142 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Mis Universidades

Máximo Gorki


Novela


I

Pues bien, ya voy a estudiar a la Universidad de Kazán, ni más ni menos.

La idea de la universidad me la sugirió N. Evréinov, alumno del liceo, muchacho bueno y guapo, con cariñosos ojos de mujer. Vivía en la buhardilla de la misma casa donde yo habitaba; me veía a menudo con un libro en las manos, y aquello despertó su interés; trabamos conocimiento y, poco después, Evréinov empezó a convencerme de que «yo poseía excepcionales dotes para la ciencia».

—Usted ha nacido para consagrarse a la ciencia —me decía, sacudiendo bellamente los largos cabellos.

Por aquel entonces, yo no sabía aún que a la ciencia se le puede servir en calidad de conejillo de indias, y Evréinov me demostraba con tanto acierto que las universidades necesitaban precisamente muchachos como yo… Ni que decir tiene que Mijaíl Lomonósov fue invocado, turbando su reposo. Evréinov me decía que yo viviría en Kazán en su casa y que durante el otoño y el invierno terminaría los estudios del liceo, aprobaría unos examencillos de tres al cuarto —así dijo: «de tres al cuarto»— en la universidad, recibiría una beca del Estado y, al cabo de unos cinco años sería ya un «hombre de ciencia». Todo aquello era tan sencillo porque Evréinov tenía diez y nueve años y un buen corazón.

Después de aprobar sus exámenes, se marchó y un par de semanas más tarde, partía yo en busca suya.

Al despedirnos, la abuela me aconsejó:

—No te enfades con la gente, no haces más que enfadarte, ¡muy severo y soberbio te has vuelto! Esto te viene del abuelo, ¿y qué es el abuelo? Después de vivir años y años, sólo ha llegado a tonto; es una pena el viejo. Recuerda una cosa: no es Dios el que condena a las personas, ¡al diablo es a quien le gusta hacerlo! Bueno, adiós…

Y luego de enjugarse unas parcas lágrimas de sus mejillas terrosas, ajadas, dijo:


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159 págs. / 4 horas, 38 minutos / 815 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Johannes Climacus

Søren Kierkegaard


Filosofía, Novela


Loquor de vera dubitatione in mente, et non de ea, quam passim videmus contingere, ubi scilicet verbis, quamvis animus non dubitet, dicit quis se dubitare: non est enim Methodi hoc emendare, sed polius pertinet ad inquisitionem pertinacia: et eius emendationem.

(Hablo de la verdadera duda del espíritu, y no de esa duda frecuente, como cuando se dice que se duda, aunque el espíritu no lo haga, cosa que no corresponde al Método corregir, sino que entra más bien en el estudio de la obstinación y de su tratamiento).

SPINOZA, De intellectus emendatione Tractatus, p. 511

Médeis son tés neóteos kataphoneíto.

(Que nadie menosprecie tu juventud).

1 ad Timotheum 4, 12


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54 págs. / 1 hora, 35 minutos / 430 visitas.

Publicado el 3 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Hija del Capitán

Aleksandr Pushkin


Novela


I. El sargento de la guardia


—Si mañana pudiera ser capitán de la guardia…

—No hay necesidad; que sirva en el ejército.

—¡Bien dicho! Que sepa lo que es bueno…

—¿Y quién es su padre?

KNIAZHNÍN
 

Mi padre, Andrey Petróvich, de joven sirvió con el conde Münnich y se jubiló en el año 17… con el grado de teniente coronel. Desde entonces vivió en su aldea de la provincia de Simbirsk, donde se casó con la joven Avdotia Vasílevna Yu., hija de un indigente noble de aquella región. Tuvieron nueve hijos. Todos mis hermanos murieron de pequeños. Me inscribieron de sargento en el regimiento Semiónovski gracias al teniente de la guardia, el príncipe B., pariente cercano nuestro, pero disfruté de permiso hasta el fin de mis estudios. En aquellos tiempos no nos educaban como ahora. A los cinco años fui confiado a Savélich, nuestro caballerizo, al que hicieron diadka mío porque era abstemio. Bajo su tutela hacia los doce años aprendí a leer y escribir en ruso y a apreciar, muy bien instruido sobre ello, las cualidades de un lebrel. Entonces mi padre contrató para mí a un francés, monsieur Beaupré, que fue traído de Moscú con la provisión anual de vino y de aceite de girasol. Su llegada no gustó nada a Savélich. «Gracias a Dios —gruñía éste para su adentros—, parece que el niño está limpio, peinado y bien alimentado. ¿Para qué gastar dinero y traer a un musié, como si los señores no tuvieran bastante gente suya?».


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117 págs. / 3 horas, 25 minutos / 326 visitas.

Publicado el 25 de junio de 2018 por Edu Robsy.

El Crimen de Silvestre Bonnard

Anatole France


Novela


I. El leño de Navidad

24 de diciembre de 1849.

Me había puesto las zapatillas y el batín. Enjugué mis ojos empañados por una lágrima que les arrancó el viento al cruzar el muelle.

Una lumbre llameante ardía en la chimenea de mi despacho; una tenue capa de hielo que cubría los cristales de las ventanas, formaba floraciones semejantes a hojas de helechos, y ocultaba a mi vista el Sena, sus puentes y el Louvre de los Valois.

Acerqué al fuego mi sillón y mi mesita para ocupar junto a la lumbre el sitio que Hamílcar se dignaba dejarme. Hamílcar, hecho una bola, dormía cerca de los morillos sobre un almohadón de pluma con el hocico entre las patas; una respiración acompasada hacía oscilar su pelo abundante y suave; al sentirme entreabrió los ojos y mostró sus pupilas de ágata bajo sus párpados entornados que cerró en seguida como si pensara: «No es nadie: es mi amigo».

—¡Hamílcar! —le dije mientras estiraba las piernas—. ¡Hamílcar, príncipe soñoliento de la ciudad de los libros!; ¡guardián nocturno! Tú defiendes contra los viles roedores los manuscritos y los impresos que el viejo sabio adquirió gracias a un modesto peculio y a un celo infatigable. En esta biblioteca silenciosa protegida por tus virtudes militares duermes con el abandono de una sultana, porque reúnes en tu persona el aspecto formidable de un guerrero tártaro y la gracia apacible de una mujer de Oriente. Heroico y voluptuoso Hamílcar, duermes en espera de la hora en que los ratones bailarán a la claridad de la luna ante los Acta sanctorum de los doctos bolandistas.


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171 págs. / 5 horas / 736 visitas.

Publicado el 22 de junio de 2018 por Edu Robsy.

Las Opinones de Jerónimo Coignard

Anatole France


Novela


Dedicatoria

A Octavio Mirbeau

No necesito detallar aquí la vida del señor abate Jerónimo Coignard, profesor de Elocuencia en el colegio de Beauvais, bibliotecario de monseñor de Séez, Sagiensis episcopi bibliothecarius solertissimus, como dice su epitafio, luego memorialista en el cementerio de San Inocencio y, por último, conservador de aquella célebre Astaraciana, la reina de las bibliotecas, cuya pérdida nunca será bastante lamentada. Al morir en la carretera de Lyon asesinado por un judío cabalista llamado Mosaide (Judœa manu nefandissima), dejó muchas obras interrumpidas y el recuerdo de bellas conversaciones familiares. Todos los incidentes de su extraña existencia y de su trágico fin han sido relatados por su discípulo Jacobo Menetrier, apodado Dalevuelta porque era hijo de un figonero de la calle de San Jacobo. El tal Dalevuelta profesaba por aquel a quien tenía costumbre de llamar su bondadoso maestro una fervorosa y viva admiración. «Es —decía— el más deslumbrante ingenio que ha florecído sobre la tierra.» Redactó con modestia y exactitud las Memorias del señor abate Coignard, que revive en esta obra como Sócrates en las Memorables de Xenofonte.

Atento, exacto y cariñoso, trazó un retrato rebosante de vida e impregnado en una piadosa fidelidad. Es una obra que hace pensar en aquellos retratos de Erasmo pintados por Holbein, que pueden verse en el Louvre, en el Museo de Bale y en Humpton Court, y cuya finura no nos cansamos de saborear. En una palabra: nos dejó una obra maestra.


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129 págs. / 3 horas, 47 minutos / 103 visitas.

Publicado el 22 de junio de 2018 por Edu Robsy.

La Rebelión de los Ángeles

Anatole France


Novela


Capítulo I

Que contiene en pocas líneas la historia de una familia francesa, desde 1879 hasta nuestros días.

El hotel D’Esparvieu yergue sus tres pisos austeros a la sombra de San Sulpicio, entre un patio verde y musgoso y un jardín de vez en cuando estrechado por las edificaciones cada vez más elevadas y más próximas, en el cual dos añosos castaños alzan aún sus copas marchitas. Allí vivió, desde 1825 a 1857, Alejandro Bussart D’Esparvieu, que dio lustre a su familia y fue vicepresidente del Consejo de Estado con el Gobierno de julio, miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, y autor del Estudio acerca de las instituciones civiles y religiosas de los pueblos, en tres volúmenes en octavo; obra que, por desgracia, quedó sin terminar.

Este eminente teórico de la monarquía liberal dejó por heredero de su sangre, de su fortuna y de su gloria, a Fulgencio Adolfo Bussart D’Esparvieu, senador bajo el segundo Imperio quien acrecentó considerablemente su patrimonio con la compra de terrenos que más adelante serían cruzados por la avenida de la Emperatriz, y pronunció un discurso notable en defensa del poder temporal de los Papas.

Fulgencio tuvo tres hijos: el mayor, Marcos Alejandro, que ingresó en el Ejército y llegó a general, hablaba bien; segundo, Cayetano que no reveló ninguna especial aptitud, solía vivir en el campo, domaba potros, iba de caza o se entretenía con los pinceles y con la música; el último, Renato que desde su infancia fue inducido a seguir la carrera de la Magistratura presentó la dimisión de su cargo para librarse de aplicar los decretos de Ferry acerca de las Congregaciones y cuando más adelante vio renacer bajo la presidencia de Falliéres los tiempos de Decio y de Diocleciano, puso toda su ciencia y su actividad al servicio de la Iglesia perseguida.


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218 págs. / 6 horas, 21 minutos / 483 visitas.

Publicado el 3 de junio de 2018 por Edu Robsy.

Episodios Nacionales para Niños

Benito Pérez Galdós


Cuento, Novela


Trafalgar

I

Me permitiréis, amados niños, que antes de referiros los grandes sucesos de que fui testigo diga pocas palabras de mi infancia, explicando por qué extraños caminos me llevaron los azares de la vida a presenciar la terrible acción de Trafalgar.

Yo nací en Cádiz, y en el famoso barrio de la Viña. Mi nombre es Gabriel Araceli, para servir a los que me escuchan… Cuando aconteció lo que voy a contaros, el siglo XIX tenía cinco años; yo, por mi confusa cuenta, debía de andar en los catorce.

Dirigiendo una mirada hacia lo que fue, con la curiosidad y el interés propios de quien se observa, imagen confusa y borrosa, en el cuadro de las cosas pasadas, me veo jugando en la Caleta con otros chicos de mi edad, poco más o menos. Aquello era, para mí, la vida entera; más aún, la vida normal de nuestra privilegiada especie; y los que no vivían como yo me parecían seres excepcionales del humano linaje, pues en mi infantil inocencia y desconocimiento del mundo yo tenía la creencia de que el hombre había sido criado para la mar, habiéndole asignado la providencia, como supremo ejercicio de su cuerpo, la natación, y como constante empleo de su espíritu, el buscar y coger cangrejos, ya para arrancarles y vender sus estimadas bocas, que llaman de la Isla, ya para propia satisfacción y regalo.

Entre las impresiones que conservo está muy fijo en mi memoria el placer entusiasta que me causaba la vista de los barcos de guerra, cuando se fondeaban frente a Cádiz. Como nunca pude satisfacer mi curiosidad, viendo de cerca aquellas formidables máquinas, yo me las representaba de un modo fantástico y absurdo, suponiéndolas llenas de misterios.


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297 págs. / 8 horas, 41 minutos / 1.714 visitas.

Publicado el 24 de mayo de 2018 por Edu Robsy.

La Abadesa de Castro

Stendhal


Novela


I

El melodrama nos ha mostrado con tanta frecuencia a los bandoleros italianos del siglo dieciséis, y tanta gente ha hablado sobre ellos sin conocerlos, que hoy en día tenemos al respecto una idea completamente equivocada. En general puede decirse que estos bandidos actuaron como oposición a los gobiernos atroces que, en Italia, sucedieron a las repúblicas de la Edad Media. El nuevo tirano era normalmente el ciudadano más rico de la difunta república y, para seducir a la plebe, adornaba la ciudad con iglesias magníficas y hermosos cuadros. Así lo hicieron los Polentini de Roma, los Manfredi de Faenza, los Riario de Ímola, los Cane de Verona, los Bentivoglio de Bolonia, los Visconti de Milán y, por último, los menos belicosos y los más hipócritas de todos, los Médicis de Florencia. De entre los historiadores de estos pequeños estados, nadie se atrevió a narrar los innumerables envenenamientos y asesinatos provocados por el miedo que atormentaba a esos pequeños tiranos; estos historiadores tan serios estaban en su nómina. El lector debe tener presente que todos estos tiranos conocían personalmente a cada uno de los republicanos por los que se sabían execrados (por ejemplo, el gran duque de Toscana, Cosme, trataba con Strozzi), que muchos de estos tiranos perecieron asesinados, y así se comprenderán los odios profundos, las suspicacias eternas que insuflaron tanto ingenio y valentía a los italianos del siglo dieciséis, y tanta genialidad a sus artistas. Veremos que estas pasiones profundas impidieron el nacimiento de ese prejuicio tan ridículo al que, desde los tiempos de madame de Sévigné, llamamos «honor» y que consiste sobre todo en sacrificar la propia vida para servir al amo del que hemos nacido vasallos, y para complacer a las damas.


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115 págs. / 3 horas, 22 minutos / 253 visitas.

Publicado el 30 de abril de 2018 por Edu Robsy.

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