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La Prima Phillis

Elizabeth Gaskell


Novela


Capítulo I

Es maravilloso para un joven disponer por primera vez de un alojamiento para él solo. Creo que nunca me he sentido tan satisfecho y orgulloso como el día en que, a los diecisiete años, me senté en un pequeño cuarto triangular encima de una pastelería de Eltham, la capital del condado. Mi padre se había despedido de mí aquella tarde después de dictarme unas cuantas normas elementales de conducta que me sirvieran de guía en mi nueva vida. Yo iba a trabajar con el ingeniero del ferrocarril encargado de la construcción del pequeño ramal de Eltham a Hornby. Mi padre me había conseguido ese empleo, que estaba un poco por encima de su categoría; aunque tal vez debería decir, por encima de la posición en que había nacido y crecido, pues la gente le trataba cada vez con mayor consideración y respeto. Era mecánico de oficio, pero tenía cierto talento para la invención, además de mucha perseverancia, y había ideado importantes mejoras para la maquinaria del ferrocarril. No lo hacía por dinero, aunque, como es lógico, aceptase el que le llegaba merced al curso natural de las cosas. Desarrollaba sus ideas porque, como él decía, «hasta que no les daba forma, le obsesionaban día y noche». Pero no hablaré más de mi querido padre; un país es afortunado cuando tiene muchos hombres como él. Era un espíritu independiente por ascendencia y por convicción; y eso fue, creo, lo que le empujó a alquilarme una habitación encima de la pastelería. La tienda era de dos hermanas del pastor de nuestra comunidad, lo cual se consideró una especie de salvaguarda de mi moralidad cuando me acosaran las tentaciones de una capital de condado, con un salario de treinta libras anuales.


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123 págs. / 3 horas, 35 minutos / 198 visitas.

Publicado el 17 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

La Prima Bela

Honoré de Balzac


Novela


A D. Miguel Ángel Cajetani
Príncipe de Téamo

No es al príncipe romano, ni al heredero de la ilustre casa de Cajetani, que ha suministrado Papas a la Cristiandad, a quien dedico este pequeño fragmento de una larga historia, sino al sabio comentarista del Dante.

Usted me ha hecho descubrir la maravillosa armazón de ideas sobre la que el más grande de los poetas italianos ha construido su poema, el único que los modernos pueden oponer al de Homero. Antes de oír a usted, la Divina Comedia parecíame un inmenso enigma, cuya solución nadie había encontrado, y menos que nadie los comentaristas. Comprender de ese modo a Dante es ser tan grande como él; bien que todas las grandezas le son a usted familiares.


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484 págs. / 14 horas, 8 minutos / 73 visitas.

Publicado el 6 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

La Piel de Chagrén

Honoré de Balzac


Novela


AL SEÑOR SAVARY,
MIEMBRO DE LA ACADEMIA DE CIENCIAS

I. El talisman

En los últimos días del mes de octubre del año 1829 un joven entró en el Palais-Royal en el momento en que las casas de juego se abrían, conforme a la ley que protege una pasión esencialmente imponible. Sin titubear demasiado subió la escalera del garito señalado con el número 36.

—Su sombrero, señor, si me permite —le chilló con voz seca y gruñona un pequeño y pálido viejecillo encogido en la sombra, protegido por un biombo y que se levantó de golpe enseñando un rostro molellado en un tipo innoble.

Cuando usted entra en una casa de juego la ley empieza por quitarle el sombrero. ¿Será una parábola evangélica y providencial? ¿No es más bien una manera de concertar un pacto infernal con usted al exigirle no se sabe qué garantía? ¿Será, acaso, para obligarle a mantener una respetuosa conducta ante los que le van a ganar su dinero? ¿Es la policía que se agazapa en todas las alcantarillas sociales quien quiere saber el nombre de su sombrero, o su propio nombre en el caso de que lo lleve escrito en el forro? ¿O es, quizá, para tomar la medida de su cráneo y tener una instructiva estadística respecto a la capacidad cerebral de los jugadores? Sobre este punto la administración guarda un completo silencio. Pero, sépalo usted bien, apenas habrá dado un paso hacia el tapete verde que su sombrero no le pertenece ya más de lo que usted se pertenece a sí mismo. Están en juego usted, su fortuna, su forro, su bastón y su abrigo. Cuando usted salga, el Juego le demostrará, por un atroz epigrama en acción, que aún le deja algo devolviéndole sus objetos. Y si, por lo que sea, sale con un aspecto nuevo, aprenderá a costa de usted mismo que tiene que ponerse un traje de jugador.


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285 págs. / 8 horas, 18 minutos / 63 visitas.

Publicado el 1 de abril de 2017 por Edu Robsy.

La Obra

Émile Zola


Novela


I

Claude pasaba por delante del Ayuntamiento, y daban las dos en el reloj, cuando estalló la tormenta. Había perdido la noción del tiempo mientras vagabundeaba por Les Halles, durante aquella noche abrasadora de julio, como el buen artista que gusta de pasear ociosamente, enamorado del París nocturno. De pronto se puso a llover a cántaros y echó a correr, a trotar desmadejado y como loco, a lo largo del quai de la Grève. Pero, en el Pont Louis-Philippe, se detuvo, irritado por sus resoplidos: aquel miedo al agua le parecía una estupidez; y, en las densas tinieblas, bajo el azote del chaparrón que inundaba los mecheros de gas, atravesó lentamente el puente con las manos bailándole.

Por lo demás, sólo le quedaban a Claude unos pocos pasos para llegar. Cuando torcía hacia el quai de Bourbon, en la Île Saint-Louis, un vivo relámpago iluminó la recta y uniforme hilera de los viejos palacetes alineados delante del Sena, al borde de la estrecha calzada. A su fulgor relumbraron los cristales de las altas ventanas sin persianas, y pudo verse el marcado aspecto triste de las antiguas fachadas con muy nítidos detalles: un balcón de piedra, un barandal de terraza y la guirnalda esculpida de un frontón. Era allí donde el pintor tenía su estudio, en el altillo del antiguo palacete de Martoy, esquina a la rue de la Femme-sans-Tête. El muelle apenas entrevisto quedó inmediatamente sumido de nuevo en las tinieblas y un formidable trueno hizo retemblar el barrio dormido.


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446 págs. / 13 horas / 169 visitas.

Publicado el 24 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

La Mujer de Treinta Años

Honoré de Balzac


Novela


Dedicado a Louis Boulanger, pintor.

I. Primeras faltas

A principios del mes de abril del año 1813 hubo un domingo cuya mañana prometía uno de aquellos hermosos días en los que los parisienses ven por primera vez en el año sus pavimentos libres de barro y su cielo sin nubes. Antes del mediodía, un cabriolé desembocaba en la calle de Rivoli por la de Castiglione y se detuvo detrás de varios carruajes estacionados junto a la verja recién abierta en medio de la terraza de los Feuillants. El conductor de aquel rápido vehículo era un hombre de aspecto enfermizo y preocupado; unos cabellos entrecanos cubrían apenas su cráneo amarillento y lo envejecían prematuramente; echó las riendas al lacayo que, montado a caballo, seguía a su cabriolé, y apeóse para tomar en brazos a una joven cuya elegancia y hermosura llamó la atención de los desocupados que paseaban en aquellos momentos por la terraza. La joven se dejó coger complaciente por el talle cuando estuvo de pie al borde del vehículo, y rodeó con sus brazos el cuello de su guía, el cual la depositó encima de la acera sin haber arrugado la guarnición de su vestido de reps verde. Un amante no habría desplegado tantos cuidados. El desconocido debía ser el padre de aquella niña, la cual, sin darle las gracias, lo cogió familiarmente del brazo y lo llevó bruscamente hacia el jardín. El anciano padre observó las miradas asombradas de algunos jóvenes, y la tristeza impresa en su semblante borróse por un instante. Aunque hiciera tiempo que hubiera llegado a la edad en que los hombres deben contentarse con las engañosas alegrías que confiere la vanidad, esbozó una sonrisa.

—Se imaginan que eres mi mujer —dijo al oído de la joven, irguiéndose y caminando con una lentitud que para ella resultaba desesperante.


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216 págs. / 6 horas, 19 minutos / 1.151 visitas.

Publicado el 1 de abril de 2017 por Edu Robsy.

La Mujer de los Ojos Verdes

Maurice Leblanc


Novela


1. … Y la inglesa de los ojos azules

Raoul de Limézy se paseaba por los bulevares alegremente como un hombre feliz que sólo tiene que mirar para disfrutar de la vida, de sus espectáculos encantadores y de la alegría ligera que ofrece París en ciertos días luminosos del mes de abril. De estatura media, tenía una silueta a la vez delgada y poderosa. Las mangas de su chaqueta se hinchaban en el lugar de los bíceps, y su torso se arqueaba por encima de una cintura fina y ágil. El corte y el tejido de sus vestidos denotaban un hombre que da importancia a la elección de la ropa.

Cuando pasaba frente al Gimnasio tuvo la impresión de que un caballero, que caminaba junto a él, seguía a una dama, impresión cuya exactitud pudo comprobar acto seguido.

Nada parecía a Raoul más cómico ni más divertido que un caballero que sigue a una dama. Siguió pues, al caballero que seguía a la dama, y los tres, uno tras otro, a distancias convenientes, deambularon a lo largo de los tumultuosos bulevares. Era necesaria toda la experiencia del barón de Limézy para adivinar que aquel caballero seguía a aquella dama, ya que dicho señor ponía una discreción de gentleman para que la dama no sospechara nada. Raoul de Limézy fue tan discreto como él y, mezclándose con los paseantes apresuró el paso para no perder de vista a los personajes.

Visto por detrás, el caballero se distinguía por una raya impecable que dividía sus negros y engomados cabellos, y por un terno, igualmente impecable, que ponía de relieve sus anchos hombros y su alta estatura. Visto por delante, exhibía un rostro correcto, provisto de una cuidada barba y de tez fresca y rosada. Tal vez treinta años. Certidumbre en su paso. Importancia en su gesto. Vulgaridad en el aspecto. Anillos en los dedos. Boquilla de oro para el cigarrillo que fumaba.


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202 págs. / 5 horas, 54 minutos / 208 visitas.

Publicado el 21 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

La Mujer de las Dos Sonrisas

Maurice Leblanc


Novela


I. Prólogo. La extraña herida

El drama, con las circunstancias que lo prepararon y las peripecias que llevó consigo puede resumirse en unas pocas páginas, sin correr el riesgo de dejar a oscuras el más mínimo detalle necesario para llegar a la inaccesible verdad.

Todo sucedió con la mayor naturalidad del mundo. No hubo ninguna de esas amenazas solapadas que multiplica a veces el destino en el prólogo de sucesos de alguna importancia. Ningún hálito de viento anunció la tempestad. No hubo angustia. Ni siquiera una inquietud entre los que fueron espectadores de aquella pequeñez, tan trágica, por la inmensidad del misterio que la envolvió.

Veamos los hechos: el señor y la señora de Jouvelle y los invitados que recibieron en su castillo de Volnic, en Auvernia —un enorme edificio con torres cubierto de tejas rojas—, habían asistido a un concierto dado en Vichy por la admirable cantante Elisabeth Hornain. Al día siguiente, el trece de agosto, por invitación de la señora de Jouvelle, que había conocido a Elisabeth antes que hubiera pedido el divorcio contra el banquero Hornain, la cantante acudió a almorzar al castillo que sólo está a una docena de quilómetros de Vichy.

Almuerzo muy alegre. Los castellanos sabían poner en su hospitalidad aquella gracia y aquella delicadeza que da relieve a cada uno de los invitados. Éstos, en número de ocho, lucían su verbo y su ingenio. Había tres jóvenes parejas, un general retirado y el marqués Jean d’Erlemont, gentilhombre de unos cuarenta años, de gran estatura y una seducción que ninguna mujer resistía.


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188 págs. / 5 horas, 30 minutos / 238 visitas.

Publicado el 21 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

La Muerte de Arturo

Sir Thomas Malory


Novela, Novela de Caballerías


Prefacio de Caxton a la edición de 1485

Después que hube terminado y dado fin a diversas historias, así de meditación como de hechos históricos y mundanos de grandes conquistadores y príncipes, y también a ciertos libros de ejemplos y de doctrina, muchos nobles y diversos gentileshombres de este reino de Inglaterra vinieron a demandarme, muchas y frecuentes veces, cómo era que no había hecho e impreso la noble historia del Santo Grial, y del más nombrado rey cristiano, primero y principal de los tres mejores cristianos y dignos, el rey Arturo, el cual debería ser recordado entre nosotros los ingleses antes que ningún otro rey cristiano.


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1.024 págs. / 1 día, 5 horas, 52 minutos / 1.211 visitas.

Publicado el 7 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

La Máscara Robada

Wilkie Collins


Novela


INTRODUCCIÓN

Puede ocurrir que algunos lectores de esta historia tengan en su poder una «máscara» —o una cabeza— de escayola del rostro de Shakespeare, una de las reproducciones en vaciado del famoso busto de Stratford que se pusieron a la venta hace algún tiempo. Las circunstancias bajo las cuales se obtuvo el molde original se las oí relatar, una vez, a un amigo de quien guardo un cariñoso recuerdo y con quien estoy en deuda por el ejemplar que poseo hoy en día.

Hace algunos años, se contrató a un cantero para efectuar unos arreglos en la iglesia de Stratford-upon-Avon. Mientras se ocupaba de estas reparaciones, el cantero se las arregló —sin levantar sospechas, pensaba él— para fabricar un molde del busto de Shakespeare. Sin embargo, se descubrió lo que había hecho e, inmediatamente, las autoridades, encargadas de la custodia del busto original, lo amenazaron con penas y sanciones legales muy severas, aunque no especificaron de qué delito se le acusaba. El pobre hombre estaba tan asustado por las amenazas que rápidamente empaquetó sus herramientas y, cogiendo el molde, se marchó de Stratford. Después, el cantero expuso su caso a personas con capacidad para aconsejarle, quienes le dijeron que no debía temer ningún castigo y que, si consideraba que podría venderlos, hiciera tantos moldes del busto como quisiera y los pusiera a la venta en cualquier lugar. El cantero siguió el consejo, realizó cuidadosamente sus reproducciones del busto en bloques de mármol negro y vendió un gran número de ellas no solo en Inglaterra, sino también en América. Debe añadirse que este cantero había destacado siempre por su extraordinaria veneración a Shakespeare, que llevó a tal extremo que llegó a asegurar al amigo —de quien luego recibí esta información— que él, que era viudo, ¡se habría vuelto a casar solo si hubiera conocido a una mujer que fuera descendiente directa de William Shakespeare!


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105 págs. / 3 horas, 4 minutos / 98 visitas.

Publicado el 28 de enero de 2017 por Edu Robsy.

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