Primera parte
Capítulo I
Un día, Massival, el músico, el célebre autor de Rébecca, ese mismo autor al que llevaban ya quince años llamando «el joven e ilustre maestro», dijo a su amigo André Mariolle:
—¿Por qué no has intentado nunca que te presentasen a Michèle de
Burne? Te aseguro que es una de las mujeres más interesantes del nuevo
París.
—Pues porque no me siento yo nada hecho para ese ambiente en que ella se mueve.
—Te equivocas, querido amigo. Tiene una tertulia muy actual, muy
animada y muy artista. En su salón se interpreta una música excelente y
se charla tan a gusto como en los mejores corrillos del siglo pasado. Te
tendrían en mucho, primero porque tocas el violín a la perfección;
luego porque se habla muy bien de ti en esa casa; y, finalmente, porque
tienes fama de no ser un hombre corriente y de no prodigar tu presencia.
Halagado, pero resistiéndose aún y dando por hecho, además, que a tan
apremiante solicitud no era ajena la joven señora de Burne, Mariolle
soltó un: «¡Bah! No tengo mayor interés» en el que el desdén deliberado
se mezclaba con un asentimiento que ya era un hecho.
Massival siguió diciendo:
—¿Quieres que te presente yo allí un día de éstos? Si es que, además,
ya la conoces por lo que te contamos todos nosotros, que somos íntimos
suyos y hablamos de ella muchas veces. Es una mujer pero que muy guapa,
de veintiocho años, de lo más inteligente, y que no se quiere volver a
casar porque en su primer matrimonio fue muy desgraciada. Ha convertido
su casa en un lugar de encuentro para hombres de trato agradable. No hay
demasiados caballeros de cenáculos o de buena sociedad. Sólo los
imprescindibles para crear ambiente… Estará encantada de que te lleve
por allí y de conocerte.
Mariolle, vencido, contestó:
—¡Está bien! Un día de éstos.
Información texto 'Nuestro Corazón'