1. El asesinato de un ministro
Señor Yáñez, si no me engaño, sufriremos un ataque formidable, espantoso.
—¡Ah, bribón!… ¿Cuándo te decidirás a llamarme alteza? ¿Cuando te
haya hecho cortar la punta de la lengua por el verdugo de mi imperio?
—Vos no haréis eso jamás.
—Estoy muy convencido de ello, mi bravo Kammamuri; para ti soy
siempre el señor Yáñez o el Tigre blanco; como también Sandokan es para
ti siempre el Tigre de la Malasia.
—¡Dos grandes hombres, señor!…
—El diablo te lleve. Algo hemos hecho, ciertamente, en la Malasia y
en la India, pero no más de lo que bastó para no dejar que se
enmoheciesen nuestras espléndidas carabinas inglesas.
—Nada de eso, alteza…
—Alto allá, Kammamuri; te prohíbo darme ese título mientras no
estemos en la Corte; y me parece que ahora, si no estoy ciego, nos
hallamos en mitad de una selva magnífica, sin ministros inoportunos ni
grandes mariscales de no sé qué título.
—Es una orden que habéis instituido vos, señor Yáñez.
—¡Bien está! Pero mira: a estos de la India es menester darles grandes cargos y títulos rimbombantes. ¡Mariscales de Assam.!…
¡Por Júpiter! Razón tienen para mostrarse soberbios, aunque estoy bien
persuadido de que ninguno de esos poltrones que saquean las arcas del
Estado se habría atrevido a tomar parte en esta cacería. ¿Conque decías,
mi bravo Kammamuri?…
—Que los búfalos se acercan.
—Tienes el oído muy fino.
—Señor, soy de la India y nací cazador.
—Es verdad; mientras que yo soy europeo, hijo de la alegre Portugal y que no tiene…
—Alto ahí, señor. Vos habéis matado más tigres que yo.
—No lo recuerdo —respondió riendo el que se hacía llamar señor Yáñez—. ¿Conque vienen los búfalos?
—Estoy segurísimo.
—¿Y son muchos?
Leer / Descargar texto 'El Falso Brahmán'