PRIMERA PARTE. LOS MISTERIOS DE THAN-KIU
Donde cae una semilla de placer brotan mil gérmenes de dolor.
SCHILLER
CAPÍTULO I. LOS JURAMENTADOS DE SOLÚ
¡Los moros! ¡Los moros! Este grito retumba como un trueno en las calles de Manila, la opulenta capital de Filipinas.
Una muchedumbre aterrada, pálida, con los ojos desencajados, se
precipita como un huracán por el soberbio puente de diez ojos que une la
ciudad murada, la ciudad española, con los populosos arrabales de
Binondo y Santa Cruz, que forman la ciudad china.
Algunos de los fugitivos, atropellados por los que vienen detrás de
ellos, caen al suelo; pero no tardan en levantarse y en emprender de
nuevo su desesperada carrera gritando siempre:
—¡Los moros! ¡Los moros!
Hombres, mujeres, niños, españoles, tagalos, chinos, mercaderes,
marineros, barqueros del Passig y soldados, todos corren como si los
siguiera una manada de fieras sedientas de sangre.
Caen algunas mujeres y niños envueltos por aquella oleada humana; que
avanza con ímpetu irresistible. La multitud pasa sobre ellos
pisoteándolos; pero ¿quién se preocupa por tan poca cosa en aquellos
momentos?
Entra la turba en la ciudad atropellando a centinelas y aduaneros y aullando siempre:
—¡Huid! ¡Sálvese el que pueda! ¡Los moros! ¡Los moros!
Ciérrense estrepitosamente las puertas de las casas; bájense de un
golpe los cierres de las tiendas, huyen despavoridos los vendedores de
frutas y hortalizas, dejando abandonadas sus mercancías en medio de las
calles, fustigan los cocheros a los caballos y salen disparados con sus
vehículos, sin mirar si atropellan a alguien.
Abrense algunas ventanas, y salen de ellas miedosas voces que preguntan:
¿Qué pasa?
—¡Vienen de Binondo! —responden algunos fugitivos sin detenerse.
—Pero ¿quiénes?
—¡Los juramentados!
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