La muchacha de la ventana
Una tarde como otra cualquiera en la que mi mente paseaba por la soledad
de mi memoria, salí a pasear. Iba meditabundo, paseando más en mí mismo que por
la calle. Por un momento miré el sol como brillaba intensamente aunque ya andábamos
en noviembre, los rayos recorrían mis manos. Por un segundo miré hacia arriba
por ver la intensidad del círculo solar. Y la vi, estaba en la ventana asomada.
Su mirada no estaba dirigida hacia ningún sitio concreto, aunque era tan triste
que ablandaría hasta al corazón más frío. En este caso el mío. Los rayos me
daban en los ojos y aportaban al rostro de la joven una especie de luz
celestial. Fue un momento inmortal en cualquier memoria, entonces una lágrima
recorrió su rostro y cayó lentamente, vi su viaje a través de la intensa caída.
Y su final fue caer en mi boca, la saboreé un momento, nunca probé algo tan
exquisito. Se fundió en mi boca en una décima de segundo, y su sabor penetró en
todo mi ser. Deje de vagabundear por mí mismo, y seguí mirándola. Era ya de
noche y me había sentado para poder contemplarla mejor. Ella estaba tan
ensimismada en su tristeza que no se percataba de mi presencia. No quería irme
de allí, y dejarla abandonada, pero era de noche y allí en mitad de la nada de
un parque muerto no podía dormir. Así que me fui muy de madrugada.
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