Acto I
Escena I
SIMÓN, SOSIA, esclavos cargados de provisiones.
SIMÓN.— Llevad vosotros esas viandas allá dentro, caminad. Tú, Sosia, llégate acá; que te quiero decir dos palabras.
SOSIA.— Dalas por dichas: que se aderece bien todo esto.
SIMÓN.— Muy diferente cosa es.
SOSIA.— ¿En qué más puedo yo serte útil con mi arte?
SIMÓN.— No hay necesidad de ese arte para lo que yo pretendo,
sino de aquellas virtudes que yo en ti siempre he conocido, que son
fidelidad y silencio.
SOSIA.— Suspenso estoy aguardando qué me quieres.
SIMÓN.— Ya sabes cómo después que te compré has tenido en mi
casa desde pequeño una moderada y benigna servidumbre. Hícete de esclavo
mi liberto, porque me servías hidalgamente: te di la mayor recompensa
que pude.
FOBIA.— No lo he olvidado yo.
SIMÓN.— Ni yo tampoco estoy de ello arrepentido.
SOSIA.— Huélgome, Simón, de haber hecho o hacer en tu servicio
algo que te agrade: y en haberte dado gusto recibo gran merced. Pero
ese recuerdo me da pena; porque traerlo a mi memoria, es como
reprenderme de olvidado de las mercedes recibidas. Di, pues, en pocas
palabras, qué me quieres.
SIMÓN.— Así lo haré. En primer lugar, te advierto que estas que tú crees verdaderas bodas no son tales bodas.
SOSIA.— ¿Por qué, pues, las finges?
SIMÓN.— Yo te lo contaré todo desde su principio, y así
conocerás la vida de mi hijo y mi intento, y también qué es lo que yo
quiero en este caso que tú hagas. Porque después que mi hijo salió de la
niñez, amigo Sosia, tuvo ocasión para vivir más libremente; que basta
entonces ¿quién pudiera saber ni entender su condición, mientras la
edad, el miedo y el maestro lo estorbaban?
SOSIA.— Así es.
Leer / Descargar texto 'La Andriana'