En primer lugar, debes empezar por hacer un sacrificio a los dioses
y pedirles que tus pensamientos, palabras y obras les sean muy gratos y
favorables, honrosos y de la mayor utilidad para ti mismo, para tus
amigos y para tu ciudad. Una vez que los dioses sean propicios, has de
alistar soldados de caballería para que se complete el número previsto
por la ley y no se reduzca la caballería actual, pues si no se consiguen
nuevos jinetes, serán cada vez menos, ya que necesariamente unos se
retiran por la edad y otros la dejan por diversos motivos.
Cuando esté cubierto el cupo de caballería, se ha de cuidar de que
los caballos estén alimentados, a fin de que puedan soportar las
fatigas; pues los que se dejen vencer por ellas, no podrán dar alcance
ni escapar. Se ha de cuidar también de que sean útiles; pues, asimismo,
los indóciles son aliados más bien de los enemigos que de los amigos. A
su vez, los caballos que cocean al ser montados deben eliminarse, ya que
muchas veces ésos causan mayores daños que los enemigos. Es preciso
también cuidarse de sus cascos para que puedan cabalgar, incluso, en
zonas escabrosas, sabiendo que, cada vez que sientan molestias cuando
son montados, ya no son útiles.
Además, cuando se tengan los caballos con las cualidades
requeridas, se ha de ejercitar a los jinetes, primero, para que sepan
saltar sobre el caballo; pues la salvación para muchos se debe a esto;
segundo, para que puedan cabalgar en toda clase de terrenos; porque las
guerras se desarrollan cada vez en terrenos diferentes. Y cuando estén
en condiciones de montar, es necesario, asimismo, preocuparse de que
lancen a caballo la jabalina con la mayor rapidez posible y puedan hacer
las demás cosas que necesitan los soldados de caballería.
Información texto 'El Jefe de la Caballería'