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Viaje por Rusia

Théophile Gautier


Viajes


I. El invierno en Rusia

Moscú. Apuntes de viaje

Aunque la vida en San Petersburgo resultaba agradable, nos espoleaba el deseo de ver la verdadera capital rusa, la gran ciudad moscovita, empresa que el ferrocarril hacía fácil.

Estábamos lo bastante aclimatados como para no temer un viaje a veinte grados bajo cero. Habiéndose presentado la ocasión de ir a Moscú en agradable compañía, nos dispusimos afrontar su blanco manto de hielo y nos endosamos la típica ropa de invierno: pelliza de visón, gorro de piel de castor, botas forradas que subían por encima de las rodillas. Un trineo se hizo cargo de nuestro equipaje, otro recibió a nuestra persona debidamente empaquetada y pronto estábamos en la inmensa estación a la espera de la salida del tren, la cual estaba señalada a las doce del día; pero los ferrocarriles rusos no alardean como los nuestros de puntualidad cronométrica. Si algún personaje importante debe formar parte del tren, la locomotora modera su impaciencia algunos minutos, un cuarto de hora si hace falta, para que le dé tiempo a llegar. A los viajeros los acompañan familiares y amigos; y la separación, cuando suena la última campanada, no tiene lugar sin antes un montón de apretones de mano, abrazos y palabras tiernas, a menudo entrecortadas por las lágrimas.

Incluso a veces todo el grupo saca billetes, sube al vagón y acompaña al que se va hasta la próxima estación, para volver en el primer convoy.


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83 págs. / 2 horas, 25 minutos / 110 visitas.

Publicado el 18 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

Desde París

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica, Viajes


Héme, por fin, en París, en la capital-cerebro, en la ciudad de los cuidados, donde todo es acumulamiento, palpitación y prodigio. París merece por dos motivos el primer lugar entre las poblaciones: por lo inmenso que lleva en su nombre y amplia vida, y por la forma que se le ha dado. Para nosotros, pobres desterrados de la suprema intelectualidad, la visión de París es una nostalgia de un lugar que nunca hemos visto, y que, hoy o mañana, nos lleva a conocerle. Héme, por fin, en París.

La primera impresión que se siente al contemplar las ciudades de estas latitudes, es tristísima. Estamos acostumbrados a las casas de techo plano, rematadas en lo alto con balconcillos o cualquiera otra cosa, separadas, por decirlo así, y con pinturas de más o menos buen gusto. Aquí las casas están tan juntas que parece que un gran frío las comprimió en grupos negruzcos, helados y hambrientos. Desde Génova hasta París no se ve otra cosa que casas de media agua que nunca fueron pintadas ni lavadas —ventanas pequeñas, sin gusto ninguno—; casas altas que más bien parecen muros agujereados, casas húmedas de cuatro a diez pisos —seis por lo general— amuralladas sobre su calle de cuatro metros, y que para nosotros, hijos del horizonte y del pleno sol, son motivo de más de una amarga nostalgia.


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6 págs. / 11 minutos / 10 visitas.

Publicado el 23 de julio de 2026 por Brian.

Estampas de Italia

Charles Dickens


Viajes


Pasaporte del lector

Si los lectores de este libro tienen a bien aceptar del propio autor las credenciales para visitar los diferentes lugares que constituyen el tema de sus recuerdos, quizá los vean con la imaginación de forma más agradable y con una idea más clara de lo que deben esperar.

Se han escrito muchos libros sobre Italia, que aportan múltiples medios de estudiar la historia de ese país tan interesante y las innumerables asociaciones con él relacionadas. Yo hago en este escasas alusiones a ese caudal informativo, ya que no considero en modo alguno consecuencia necesaria de haber tenido que recurrir a ese arsenal en beneficio propio el que haya de reproducir ante los ojos de mis lectores su contenido, fácilmente asequible.

Tampoco hallaréis en estas páginas análisis profundos sobre el gobierno o desgobierno de ninguna región del país. Todo el que visite esa hermosa tierra tendrá sin duda convicciones propias sobre el tema. Pues así como decidí yo cuando residía allí, como extranjero, abstenerme de analizar esas cuestiones con toda clase de italianos, así también preferiría no entrar en el tema ahora. En los doce meses que residí en una casa de Génova, nunca vi que las autoridades constitucionalmente celosas desconfiaran de mí; y lamentaría darles ahora motivo de arrepentirse de su generosa cortesía conmigo o con cualquiera de mis compatriotas.

Tal vez no haya en toda Italia una sola pintura o escultura que no pueda cubrirse sin problema con una montaña de papel impreso dedicado a estudios sobre ella. Así que no me extenderé en detalles sobre los cuadros y las estatuas célebres, pese a considerarme un sincero admirador de la pintura y la escultura.


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218 págs. / 6 horas, 21 minutos / 196 visitas.

Publicado el 9 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Estatuas de Roma

Herman Melville


Viajes


Se ha dado por supuesto que los únicos jueces adecuados en la valoración de las estatuas son los escultores, pero es de recibo pensar que otros, además del artista, pueden apreciar y calificar la belleza del arte marmóreo de Roma. Si la valoración de lo que es mejor en la naturaleza y el conocimiento no puede ser privilegio de ninguna profesión, sería increíble que hubiera, en el ámbito llamado arte, cualquier tipo de exclusividad. Cierto, los diletantes podrán emplear su vocabulario técnico, pero ignorar dicha terminología no impide, a cualquier mente naturalmente predispuesta a la belleza o la grandeza, disfrutar del arte. Al igual que las producciones de la naturaleza pueden ser apreciadas por aquellos que no tienen conocimientos de botánica, o que no sienten inclinación hacia tal ciencia, así ocurre para las creaciones artísticas con aquellos que ignoran su ciencia crítica o que son indiferentes a ella. El arte sabe pulsar teclas en lo más alto y en lo más bajo; sienten su influencia tanto los ordinarios e incultos como los corteses y educados. Es una esencia que llega a todas las clases. Es más, dado que es dudoso si las flores otorgaron más satisfacción al riguroso Linneo que al laxo Burns, o si lograron conmover lo más profundo de su interior, la cuestión consiste en saber si el arte no sería capaz de inspirar, en las mentes artísticas, pensamientos o emociones no menos intensos que aquellos que despierta en las mentes de los críticos más destacados.


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16 págs. / 28 minutos / 145 visitas.

Publicado el 22 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Las Encantadas

Herman Melville


Viajes


Primer bosquejo

Las islas en general

—Eso no puede ser —dijo el barquero–
A menos que sin saberlo, por un acaso, estemos predestinados
Pues esas mismas islas que surgen de vez en cuando,
Que no son tierra firme, no tienen punto fijo,
Sino que flotan de aquí para allí
Por el ancho mar; por esto son llamadas
Las Islas Errantes; por esto evítalas
Pues a menudo han hundido a muchos navegantes
En el más mortal peligro y en desesperado trance;
Pues cualquiera que una vez haya puesto
Allí su pie nunca puede recobrarlo
Y se queda eternamente desorientado e inseguro.

Oscura, lúgubre, sombría como tumba voraz,
Que reclama todavía carroñas y osamentas;
Sobre la cual se posa la lechuza espeluznante
Para dejar oír su nota funesta que para siempre apaña
De su guarida a todas las otras aves, más alegres,
mientras en torno suyo espectros errantes gimen o aúllan.

Tome veinticinco cúmulos de ceniza desparramados aquí y allá en un terreno baldío de las afueras de la ciudad; imagine algunos de ellos engrandecidos al tamaño de montañas y que el mar sea la parte baldía y tendrá entonces una idea adecuada del aspecto general de las Islas Encantadas. Se trata más bien de un grupo de volcanes extinguidos que de islas; con un aspecto similar al que tendría el mundo después de una guerra punitiva.


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72 págs. / 2 horas, 6 minutos / 142 visitas.

Publicado el 22 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Quince Días en el Desierto Americano

Alexis de Tocqueville


Viajes, Historia


Una de las cosas que más excitaba nuestra curiosidad al venir a Norteamérica era recorrer los confines de la civilización europea y, si el tiempo nos lo permitía, visitar incluso algunas de las tribus indias que han preferido huir hacia las soledades más salvajes a plegarse a lo que los blancos llaman «las delicias de la vida social». Pero hoy en día llegar hasta el desierto es más difícil de lo que se cree. Habíamos salido de Nueva York y, a medida que avanzábamos hacia el Noroeste, el objetivo de nuestro viaje parecía alejarse cada vez más. Recorríamos lugares célebres en la historia de los indios, atravesábamos valles a los que habían dado nombre, cruzábamos ríos que aún llevan el de sus tribus, pero, en todas partes, la choza del salvaje había dado paso a la casa del hombre civilizado; los bosques habían sido arrasados, la soledad cobraba vida.

Sin embargo, parecíamos seguir el rastro de los indígenas.

—Diez años atrás —nos decían— estaban aquí; allá, hace cinco años; más allá, hace dos.

—En aquel lugar, donde se alza la iglesia más hermosa del pueblo —nos contaba uno—, tiré abajo el primer árbol del bosque.

—Aquí —nos contaba otro— estaba el gran consejo de la Confederación de los Iroqueses.

—¿Y qué ha pasado con los indios? —decía yo.

—Los indios —proseguía nuestro anfitrión— se han ido más allá de los Grandes Lagos, ¡quién sabe dónde! Es una raza que se extingue; no están hechos para la civilización: ella los mata.


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64 págs. / 1 hora, 52 minutos / 417 visitas.

Publicado el 18 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

Un Paseo de Invierno

Henry David Thoreau


Viajes


El viento se filtra con un quedo murmullo a través de los postigos, o sopla con aterciopelada suavidad sobre las ventanas. De vez en cuando, suspira como un céfiro de verano agitando las hojas durante toda la santa noche. El ratón de campo se ha dormido en su abrigado pasadizo subterráneo, el búho se ha instalado en un árbol hueco en la profundidad de los pantanos; el conejo, la ardilla y el zorro, todos se han puesto a cubierto. El perro guardián se ha tumbado tranquilo junto al hogar, y el ganado se ha quedado en silencio en el establo. La tierra misma se ha dormido, como si fuera su primer, y no su último sueño. Salvo algún ruido de la calle o la puerta de la casa de madera que chirría débilmente interrumpiendo el desconsuelo de la naturaleza en su funcionamiento nocturno, el único sonido despierto entre Venus y Marte nos advierte de una distante calidez interior, un ánimo y fraternidad divinos, donde los dioses se reúnen, pero que resulta desolador para los hombres. Sin embargo, mientras duerme la tierra, el aire está despierto y se ha llenado de ligerísimos copos que caen, como si reinara una Ceres boreal y arrojara su grano plateado sobre todos los campos.


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19 págs. / 33 minutos / 272 visitas.

Publicado el 8 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Viaje a Arzrum Durante la Campaña de 1827

Aleksandr Pushkin


Crónica, Viajes


Introducción

Hace poco cayó en mis manos un libro publicado en París el pasado año de 1834 y titulado Voyages en Orient entrepris par ordre du Gouvernement Français. El autor, que describe a su manera la campaña de 1829, concluye sus reflexiones con las siguientes palabras:

Un poète distingué par son imagination a trouvé dans tant de hauts faits dont il a été témoin, non le sujet d’un poème, mais celui d’une satyre.

He sabido solamente de dos poetas que estuvieran en la campaña turca: A. S. Jomyakov y A. N. Muravyev. Ambos se encontraban en el ejército del conde Díbich. El primero escribió en aquella ocasión varios hermosos poemas líricos, el segundo estaba trabajando en su libro de viajes por los Santos Lugares, que tanto éxito tuvo. Pero no he leído ninguna sátira de la campaña de Arzrum.

Nunca se me habría ocurrido que se trataba de mí si no hubiera encontrado mi propio nombre entre los de los generales del Cuerpo Independientes del Cáucaso. Parmi les chefs qui la commandaient (l’armée du Prince Paskewitch) on distinguait le Général Mouravief… le Prince Géorgien Tsitsevaze… le Prince Arménien Beboutof… le Prince Potemkine, le Général Raiewsky, et enfin —Mr. Poushkine… qui avait quitté la capitale pour chanter les exploits de ses compatriotes.


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52 págs. / 1 hora, 31 minutos / 104 visitas.

Publicado el 25 de junio de 2018 por Edu Robsy.

Viaje al Vesubio

Duque de Rivas


Viajes


Desde mi llegada a Nápoles, el objeto que más me ha ocupado la imaginación ha sido el Vesubio, este soberbio gigante que se alza aislado y solo en medió de la llanura más hermosa y apacible del mundo, que domina el golfo más risueño del Mediterráneo, que se ve circundado a respetuosa distancia por elevados montes cubiertos de población y de arboleda, y que mira a sus pies, más como tirano que como protector, una de las primeras y más ricas capitales de Europa, considerables y risueñas poblaciones y preciosas quintas, que duermen tranquilas sobre otras famosas ciudades y apacibles jardines que ha devorado el volcán. Así, los niños juegan, travesean, descansan y duermen entre los árboles y flores del cementerio en que yacen sus abuelos, sin recordar siquiera sus nombres y sin pensar que los aguarda el mismo destino.

¡Cuán gallardo se eleva el monte Vesubio, ofreciendo desde lejos al viajero atónito sus atrevidos contornos, que se destacan sobre un apacible cielo y que encierran la figura de un ancho cono casi regular, desde que se separa de la montaña de Somma, a quien está unido por la base y con la que se cree que en tiempos remotísimos formaba un solo cuerpo!... Lo fértil y risueño de su falda, donde reina una perpetua primavera; la abundante y lozana vegetación de sus empinadas lomas; su elevada cima cubierta de escorias y cenizas, que se bañan por la tarde de un apacibilísimo color de púrpura, y el penacho de humo, ya blanquecino, ya negruzco, ya dorado por los rayos del sol, que corona su frente, forman un todo tan grande y tan magnífico, que visto una vez no se olvida jamás, porque nada puede borrarlo de la fantasía.


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14 págs. / 26 minutos / 191 visitas.

Publicado el 14 de mayo de 2019 por Edu Robsy.

Cape Cod

Henry David Thoreau


Viajes


Introducción a Cape Cod

Por Clifton Johnson (1908)

Del grupo de notables que a mediados del siglo pasado tuvieron su hogar en la pequeña población de Concord, en Massachusetts, otorgándole con ello una fama literaria a la vez especial y duradera, Thoreau es el único nacido allí. Su vecino Emerson había buscado aquel sitio en su madurez como refugio rural y, después de haberlo convertido en el lugar elegido para su retiro, le siguieron Hawthorne, Alcott y otros; pero Thoreau, el genio más peculiar de todos ellos, era hijo de la tierra.

En 1837, a los veinte años de edad, se graduó en Harvard, y durante tres años fue maestro de escuela en su pueblo natal. Luego se puso a trabajar en el negocio al que estaba dedicado su padre: la fabricación de lapiceros de grafito. Creía poder fabricar un lapicero mejor que cualquiera de los que se usaban en aquella época, pero cuando tuvo éxito y sus amigos lo felicitaron por haberse abierto la perspectiva de hacerse rico, él respondió que jamás fabricaría otro lapicero. «¿Para qué?», dijo. «No quiero hacer de nuevo lo que ya he hecho una vez».


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245 págs. / 7 horas, 9 minutos / 141 visitas.

Publicado el 4 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

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