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Una Nación Secuestrada

Vicente Blasco Ibáñez


Panfleto, folleto


Lector: Si vives en España procura que este escrito circule mucho. Dalo a leer a todos tus compatriotas.

Si vives en el Extranjero, esfuérzate por hacerlo entrar en España y con ello prestarás un enorme servicio a la liberación de un país esclavizado actualmente.

Para la introducción en España del presente folleto, y de otros que iré publicando oportunamente, he adquirido dos aeroplanos que llevan los nombres de "Libertad" y "República Española".

Todos los españoles amantes de la regeneración de su patria, deben atender y ayudar a los hombres de buena voluntad que tripulan dichos aeroplanos, cuando aterricen en el suelo de España.

Agradezco de antemano cuanto se haga en favor de estos valientes colaboradores, que exponen su vida por una noble causa.


V. B. I.


Tirada del presente folleto: DOS MILLONES de Ejemplares

I. Al lector

Vivo hace años alejado de la política, pero la situación actual de España me obliga a salir de mi retiro, empujándome otra vez a unas luchas que creí abandonadas para siempre.

Confieso que he vacilado mucho antes de adoptar tal resolución. Mis gustos de novelista se complacen mejor en una existencia aislada y laboriosa. Mas por deber es preciso que combata como en otros tiempos, y sabido es que el deber resulta las más de las veces de un cumplimiento áspero y cruel.


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Dominio público
68 págs. / 2 horas / 734 visitas.

Publicado el 31 de julio de 2024 por Edu Robsy.

Neverending Story: Historia Sin Fin

TaeyBle


relato corto, historia corta, romance


Recuerdo el primer día que nos conocimos: las hojas cayendo, la brisa sacudiendo nuestro cabello, el color rojo anaranjado del cielo, nuestra vestimenta nada apta para el momento y el agradable sonido de tu risa. 
Te recuerdo perfectamente a tí; tus ojitos haciéndose pequeñitos mientras tu hermosa sonrisa iluminaba todo el lugar, tus pestañas moviéndose al ritmo del viento, tu naricita arrugándose, tus mejillas sonrojadas y tus orejas rojas. Los dos éramos muy tímidos, nos costaba mantener una conversación sin ponernos nerviosos y sin estar sonrojados. 
Recuerdo que pensé que iba a ser un día soleado, había ido vestido de shorts y playera sin mangas. Quien diría que terminaría lloviendo. Debí haber visto el pronóstico del tiempo, ¿no? 
Pero tú estabas ahí. Te acercaste cuando me viste temblando frente a la cafetería, me salvaste del gran frío que estaba teniendo. Recuerdo haber agradecido a los cuatro vientos por haberte puesto en mi camino. Me invitaste a pasar y yo con mucho gusto acepté. 
Era un lugar cálido y agradable. Recuerdo que me habías hecho una plática, era una pequeña conversación de sonrisas tímidas y palabras torpes. Ahí fue cuando sucedió. Tuve la oportunidad de mirarte a los ojos, tus grandes ojos cafés, estos brillaban de una manera tan única que pude contemplar mi reflejo en ellos. 
Escuchaba tu voz de fondo y podía visualizar un poco de tus labios moviéndose pero mi concentración iba directo a tus ojos, solo a tus ojos. En ellos pude apreciar la más hermosa galaxia. Me perdí tanto en esas bellas esferas que había olvidado en donde me encontraba y que estaba haciendo, en mi cabeza solo estabas tú. 
Pasaron las horas, los días y semanas, a veces iba a la cafetería solo a contemplar tus brillantes ojos y tu hermosa sonrisa. En todo ese tiempo me dí cuenta de lo mucho que quería protegerte, no quería separarme ni un segundo de tu lado y con cada sonrisa tuya más confirmaba mis sentimientos.


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Licencia limitada
3 págs. / 5 minutos / 234 visitas.

Publicado el 14 de octubre de 2024 por TaeyBle.

El Oscuro Dominio

Antonio de Hoyos y Vinent


Novela corta


He aquí un libro amargo como la hiel, ácido como el zumo de limón. Es un libro abominable y triste. No es inmoral, porque el dolor no es inmoral nunca. Inmorales pueden ser las lecturas livianas que loan el amor y la voluptuosidad, pero jamás los horrendos calvarios de la pasión y el vicio. Este libro es casi tina obra de penitencia y de espiritual maceración; es como esas Santas de la vieja leyenda, todas perfumadas de amor, que para convertir a los pecadores salaces, rasgaban sus vestiduras y mostraban el pecho roído de lepra.

Es el libro del vicio, del pecado y del dolor.

Recemos un Padre Nuestro para que Dios nos libre de caer en la tentación:

«Padre Nuestro que estás en los Cielos...»

I. El puerto de paz

Esas mujeres son como esas últimas rosas del verano, cuya vista causa placer, pero cuyos pétalos están marchitos y cuyo perfume se ha perdido.

Balzac.


—... «Magdalena echó un frasco de bálsamo en la llaga del costado, y las piadosas mujeres pusieron también yerbas en las llagas de las manos y los pies...»—Leía lentamente, puntuando con claridad y marcando los períodos; la voz era grave, cálida, matizada de contenida pasión, y manejada en sordina, era una voz que decía demasiado, que ponía excesivo dolor en las cosas dolorosas y recreábase con ampulosa voluptuosidad en las imágenes brillantes, una voz que, rompiendo el imperativo categórico de la conciencia, obedecía involuntariamente a ignorados resortes.


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Dominio público
45 págs. / 1 hora, 19 minutos / 118 visitas.

Publicado el 21 de noviembre de 2024 por Edu Robsy.

Inquietudes Sentimentales

Teresa Wilms Montt


Poesía en prosa, narrativa


Preliminar

Al ofrecer estas páginas al lector, no he pretendido hacer literatura. Ha sido mi única intención la de dar salida a mi espíritu, como quien da salida a un torrente largamente contenido que anega las vecindades necesarias para su esparcimiento.

Escribo como pudiera reir o llorar, y estas líneas encierran todo lo espontáneo y sincero de mi alma.

Allá van éllas, sin pedir benevolencias ni comentarios: van con la misma naturalidad que vuela el pájaro, como se despeña el arroyo, como germina la planta...

I. La luz de la lámpara

La luz de la lámpara, atenuada por la pantalla violeta, se desmaya sobre la mesa.

Los objetos toman un tinte sonambulesco de ensueño enfermizo; diríase que una mano tísica hubiera acariciado el ambiente, dejando en él su languidez aristocrática.

Una campana impiadosa repite la hora y me hace comprender que vivo, y me recuerda, también, que sufro.

Sufro un extraño mal que hiere narcotizando; mal de amores, de incomprendidas grandezas, de infinitos ideales.

Mal que me incita a vivir en otro corazón, para descansar de la ruda tarea de sentirme vivir dentro de mí misma.

Como los sedientos quieren el agua, así yo ansío que mi oído escuche una voz prometiéndome dulzuras arrobadoras; ansio que una manita infantil se pose sobre mis párpados cansados de velar y serene mi espíritu rebelde, aventurero.

Así desearía yo morir, como la luz de la lámpara sobre las cosas, esparcida en sombras suaves y temblorosas.

II. Paseaba por el camino

Paseaba por el camino somnoliento de un atardecer.

Los árboles otoñales, con sus brazos descarnados levantados al viento, tenían no sé qué gesto trágico de súplica; y las montañas, rojas de ira bajo el sol de ocaso, amenazan derrumbarse sobre el río manso como una mujer enferma.

¡Naturaleza!


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Dominio público
23 págs. / 41 minutos / 115 visitas.

Publicado el 21 de enero de 2025 por Edu Robsy.

La Bruja

Nikolái Gógol


Cuento


I

Apenas se extinguían en el ambiente matutino los sonoros tañidos de la campana que colgaba sobre el ancho portalón del monasteri Kief, donde entonces instalado el Seminario, acudían presurosos de los distintos barrios de la ciudad, compactos grupos de escolares. Gramáticos, retóricos, filósofos y teólogos, clases en que se dividian los estudiantes de la época á que nos referimos, penetraban en el monasterio con los cuadernos bajo el brazo. Los primeros eran todavía muy jóvenes, tropezaban unos con otros y se increpaban con atipladas vocecillas. Tenían la ropa destrozada y sucia y los bolsillos llenos de tabas, huesos de albaricoque, silbatos, dulces incomibles y á veces metían en ellos, pacíficos gorriones que, al piar en el aula acarreaban á sus dueños las ásperas caricias de la palmela cuando no las de una vara de acebuche.

Los retóricos caminaban con más formalidad: solían tener la ropa más decente, aunque no sus rostros, que siempre ostentaban á modo de figuras retóricas, ora un ojo acardenalado, ora un labio partido, ora una contusión de buen tamaño. Estos caballeros conversaban con voz de tenor.

La de los filósofos tenía una octava más. Su rasgo distintivo era, entre otros, el de llevar en los bolsillos hojas de tabaco y el de no hacer nunca provisiones de boca por cuenta propia, devorando, eso sí, con la mayor presteza, lo que caía en sus manos. Además de ésto les distinguía un cierto olor a aguardiente merced al cual los pobres con quienes tropezaban se detenían con la boca abierta y paladeaban el aire que por ella les entraba.


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Dominio público
46 págs. / 1 hora, 20 minutos / 126 visitas.

Publicado el 22 de enero de 2025 por Edu Robsy.

Ifigenia en Áulide

Eurípides


Teatro, Tragedia, Tragedia griega


Argumento

Detenida en Áulide la armada griega por vientos contrarios en su navegación a Troya, declara el adivino Calcas que no soplarán los favorables hasta que Ifigenia, hija de Agamenón y de Clitemnestra, sea sacrificada en el ara de Artemisa. Su padre, generalísimo del ejército, que está descontento e impaciente, instado por su hermano Menelao y por su propia ambición, accede a tan inhumana exigencia y escribe a su esposa mandándole que le envíe a Ifigenia para casarla con Aquiles. Pero se arrepiente después de su resolución, y le escribe otra carta diciéndole lo contrario. Carece de prólogo, y la acción comienza cuando el mensajero que ha de llevar la última carta se dispone a cumplir las órdenes novísimas de su señor. Pero esta última carta es interceptada por Menelao, y Clitemnestra e Ifigenia sobrevienen, deseosas de celebrar las bodas anunciadas. La mentira de Agamenón se descubre al fin; Ifigenia se conforma con su propio sacrificio, y al consumarse este, desaparece la víctima destinada a sufrirlo, siendo sustituida milagrosamente por una cierva.


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Dominio público
43 págs. / 1 hora, 16 minutos / 180 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2025 por Edu Robsy.

Ifigenia en Táuride

Eurípides


Teatro, Tragedia, Tragedia griega


Argumento

Ifigenia, hija de Agamenón, que no ha muerto sacrificada en Áulide, siendo sustituida por obra de Artemisa por una cierva, vive en Táuride, puerto del Quersoneso Táurico, y en un templo de la misma diosa en cuya ara son sacrificados todos los extranjeros que arriban a sus costas. Orestes, su hermano, con su amigo Pílades, desembarcan en Táuride con el propósito de robar la estatua de Artemisa, cuya sacerdotisa es Ifigenia, y son descubiertos y aprisionados por los indígenas, devotísimos de su deidad protectora. Ifigenia, antes de sacrificarlos, sabedora de que eran griegos y acordándose siempre de su patria, de su familia y de su rango, escribe una carta a su hermano Orestes, a quien no conocía, e intenta aprovechar la ocasión oportuna que se le presenta para servirse de uno de los dos extranjeros destinados al sacrificio, y salvarle la vida si acceden a su deseo. Al recibir Pílades la carta que ha de entregar a Orestes, la pone en los manos de su destinatario, llamándolo por su nombre, y se reconocen los dos hermanos, y puestos todos de acuerdo, roban la estatua y huyen; y cuando el rey Toante se prepara a perseguirlos y capturarlos, aparece Atenea, que lo aplaca y salva a los fugitivos, anunciándolo que así lo ha decretado el poder divino.

Esta tragedia, en su plan, en su traza, en los caracteres de sus personajes, en sus pasiones y hasta en sus menores detalles nos ofrece el tipo distintivo y propio de las obras de Eurípides, y es muy útil, por tanto, para ilustrarnos acerca de sus rasgos poéticos personales, de su importante papel en la literatura helénica y de la influencia que ha tenido y tiene en los pueblos modernos, siendo inferior a Sófocles y Esquilo, y justamente por serlo.


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Dominio público
41 págs. / 1 hora, 12 minutos / 233 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2025 por Edu Robsy.

El árbol de la ciencia

Pío Baroja


Novela


 PRIMERA PARTE   La vida de un estudiante en Madrid.


I  ANDRÉS HURTADO COMIENZA LA CARRERA

Serían las diez de la mañana de un día de octubre. En el patio de la Escuela de Arquitectura, grupos de estudiantes esperaban a que se abriera la clase. De la puerta de la calle de los Estudios que daba a este patio, iban entrando muchachos jóvenes que, al encontrarse reunidos, se saludaban, reían y hablaban.

Por una de estas anomalías clásicas de España, aquellos estudiantes que esperaban en el patio de la Escuela de Arquitectura, no eran arquitectos del porvenir, sino futuros médicos y farmacéuticos. La clase de Química general del año preparatorio de Medicina y Farmacia se daba en esta época en una antigua capilla del Instituto de San Isidro convertida en clase, y ésta tenía su entrada por la Escuela de Arquitectura.

La cantidad de estudiantes y la impaciencia que demostraban por entrar en el aula se explicaba fácilmente por ser aquél, primer día de curso y del comienzo de la carrera. Ese paso del bachillerato al estudio de facultad siempre da al estudiante ciertas ilusiones, le hace creerse más hombre, que su vida ha de cambiar.

Andrés Hurtado, algo sorprendido de verse entre tanto compañero, miraba atentamente arrimado a la pared la puerta de un ángulo del patio por donde tenían que pasar. Los chicos se agrupaban delante de aquella puerta como el público a la entrada de un teatro.

Andrés seguía apoyado en la pared, cuando sintió que le agarraban del brazo y le decían:


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Dominio público
223 págs. / 6 horas, 31 minutos / 471 visitas.

Publicado el 21 de enero de 2026 por Fernando Guzmán.

Los Remos de La Gaviota

Horacio Quiroga


Cuento


Estábamos atracados a la playa de Posadas. Eran las tres de la mañana, y acababa de despertarme, muerto de sueño aún y con las caderas muy doloridas, porque una tabla de cedro de veinticinco centímetros no es un lecho confortable. Como no teníamos el menor interés en perder un solo minuto de ese día, desperté a mi vez a mis compañeros y nos lavamos la cara en el agua aceitosa de la orilla, empuñando en seguida los remos, de vuelta a San Ignacio.

Habíamos llegado a Posadas la tarde anterior, muy bien, si se quiere, pues en la segunda hora de viaje La Gaviota había roto dos veces el mástil, tres veces la botavara, concluyendo por trepar con su aparejo compuesto, encima de un arrecife de asperón, a todo el viento que puede no desear un aficionado, que es ya una dosis máxima de aire.

Durante un mes entero habíamos clamado por viento, esa honrada brisa que hace andar armoniosamente a las embarcaciones. Lo habíamos tenido por fin, la mañana anterior, y bien de largo, el viento norte de Misiones, silbante, implacable, que sopla y sopla hasta concluir ahogado en el diluvio de agua sombría del sur.

Había llegado a las seis de la mañana. La Gaviota volaba aguas abajo, cayendo de proa con un timpánico chasquido de palmeta a cada cabeceo. El Alto Paraná, con treinta o más brazas de agua, levanta olas, hay que creerlo.

Bajábamos rozando la costa paraguaya. El timón, bastante cerrado, roncaba y vibraba dentro de nuestro cuerpo. El bosque del litoral, fresco aún y doblado por el viento hacia el sur, parecía empujar él también.

Era un encanto. Al rato, no. Un ensamble de lapacho y canela con tornillos de dos pulgadas y media, es una cosa muy seria. Pero el viento norte, cuando se decide a bramar después de un mes de sequía brumosa, reconoce muy bien lo que está ensamblado. A las siete y media las cabezas de los tornillos pasaban a través de la canela, y la vela se acostaba de proa.


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Dominio público
11 págs. / 20 minutos / 23 visitas.

Publicado el 31 de enero de 2026 por Edu Robsy.

El Dulce Daño

Alfonsina Storni


Poesía


El dulce daño

Así

Hice el libro así:
Gimiendo, llorando, soñando, ay de mí.


Mariposa triste, leona cruel,
Dí luces y sombras todo en una vez.
Cuando fuí leona nunca recordé
Cómo pude un día mariposa ser.
Cuando mariposa jamás me pensé
Que pudiera un día zarpar o morder.


Encogida a ratos y a saltos después
Sangraron mi vida y a sangre maté.
Sé que, ya paloma, pesado ciprés,
O mata florida, lloré y más lloré.
Si comiendo sales, si robando miel,
Los ojos lloraron a más no poder.
Da entonces lo mismo, que lo he visto bien,
Ser rosa o espina, azúcar o hiel.


Así voy a curvas con mi mala sed
Podando jardines de todo jaez.

Este grave daño

Este grave daño que me da la vida,
Es un dulce daño, porque la partida
Que debe alejarme de la misma vida
Más cerca tendré.


Yo llevo las manos brotadas de rosas,
Pero están libando tantas mariposas
Que cuando por secas se acaben mis rosas
Ay, me secaré.

Ligeras

Sábado

Levanté temprano y anduve descalza
Por los corredores; bajé a los jardines
Y besé las plantas;
Absorbí los vahos limpios de la tierra,
Tirada en la grama;
Me bañé en la fuente que verdes achiras
Circundan. Más tarde, mojados de agua
Peiné mis cabellos. Perfumé las manos
Con zumo oloroso de diamelas. Garzas
Quisquillosas, finas,
De mi falda hurtaron doradas migajas.


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Dominio público
26 págs. / 45 minutos / 152 visitas.

Publicado el 30 de mayo de 2026 por Edu Robsy.

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