Cosme había sido un canalla autocrático toda su vida, como, sin
duda, confirmarían todos los sucesivos socios que fueron devorados por
él.. Cuando se sintió morir, decidió salir de este mundo dejando tras
si un ejemplo de su mala voluntad hacia el género humano. Sólo de
pensar en su testamento, falleció entre carcajadas.
—En resumidas cuentas —dijo el notario a los tres herederos: Don Cosme deja todo su dinero al más tonto de sus hijos.
—Yo he votado siempre al partido del poder. —argumentó el primero, convencido de ser el ganador.
—Yo le quería. —dijo el segundo, superando la marca de su hermano.
—Yo no quiero su dinero para nada. —dijo el tercero, muy avispado.
El notario, nombrado juez, registró un empate: los hijos habían dicho
tres tonterías lo bastante agudas como para demostrar que existían en
ellos trazas de inteligencia humana. El duelo no tuvo más remedio que
comenzar otra vez:
—Estoy convencido de que el Descubrimiento de América fue un encuentro de culturas.
—Pues yo apuesto a que Andalucía será la California de Europa.
—Yo afirmo que no hay corrupción política.
Aquellos tres bribones se fingían tontos pero estaban varios palmos
por encima del mínimo exigible. Lo siguieron demostrando con sucesivas
ráfagas de afirmaciones cuidadosamente calculadas, hasta que el
notario, cansado, decidió aplicarles un test de su invención:
—Juan tiene siete manzanas. Da dos a Pedro. Antonio le regala
cuatro. Juan le roba una y una mariposa se le lleva otra, volando.
¿Cuántas le quedan?
—Veintisiete. —dijo el primero.
—Catorce. —dijo el segundo, también después de calcular el número exacto de manzanas.
—Las mariposas no pueden llevarse una manzana por los aires. —se quejó el tercero.
—Suyo es el dinero. —sentenció el notario.
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