Un Gato Bajo la Lluvia
Francisco A. Baldarena
cuento
Creative Commons
1 pág. / 1 minuto / 349 visitas.
Publicado el 9 de marzo de 2022 por Francisco A. Baldarena .
Creative Commons
1 pág. / 1 minuto / 349 visitas.
Publicado el 9 de marzo de 2022 por Francisco A. Baldarena .
Creative Commons
1 pág. / 1 minuto / 192 visitas.
Publicado el 8 de mayo de 2022 por Francisco A. Baldarena .
Creative Commons
1 pág. / 1 minuto / 414 visitas.
Publicado el 15 de mayo de 2022 por Francisco A. Baldarena .
Creative Commons
1 pág. / 1 minuto / 197 visitas.
Publicado el 28 de junio de 2022 por Francisco A. Baldarena .
Creative Commons
2 págs. / 5 minutos / 263 visitas.
Publicado el 21 de enero de 2023 por Francisco A. Baldarena .
Leer / Descargar texto 'El Ser y la Nada y Otros Cien Microcuentos'
Creative Commons
32 págs. / 57 minutos / 294 visitas.
Publicado el 30 de abril de 2023 por Francisco A. Baldarena .
Creative Commons
1 pág. / 1 minuto / 274 visitas.
Publicado el 7 de mayo de 2023 por Francisco A. Baldarena .
Juan Gual, dado a la historia como a una querida, ha sufrido que ella le arranque los pelos y le arañe la cara.
Los historiadores, los literatos, los futbolistas, ¡psh!, todos son maniáticos, y el maniático es hombre muerto. Van por una línea, haciendo equilibrios como el que va sobre la cuerda, y se aprisionan al aire con el quitasol de la razón.
Sólo los locos exprimen hasta las glándulas de lo absurdo y están en el plano más alto de las categorías intelectuales.
Los historiadores son ciegos que tactean; los literatos dicen que sienten; los futbolistas son policéfalos, guiados por los cuádriceps, gemelos y soleus.
El historiador Juan Gual. Del gran trapecio de la frente le cuelgan la pirámide de la nariz y el gesto triangular de la boca, comprendido en el cuadrilátero de la barbilla.
Mide 1 m. 63 ctms. y pesa 120 lbs. Este es un dato más interesante que el que podría dar un novelista. María Augusta, abandonando el tibio baño, secóse cuidadosamente con una amplia y suave toalla y colocóse luego la fina camisa de batista, no sin antes haberse recreado, con delectación morbosa, en la contemplación de sus redondas y voluptuosas formas.
Juan Gual, sorbiendo el rapé de los papeles viejos, descifra lentamente la pálida escritura antigua.
«Sor. Capitán Gral.: Enterado de que los Abitantes del pequeño Pueblo de Callayruc…»
El Copista, después de un momento contesta: «… de Callayruc»
«estavan mal impresionados con especies que su rusticidad…»
«… que su rusticidad»
Bueno, ¿y qué le importan al señor Gual los habitantes del pequeño pueblo de Callayruc? Lo que a mí el mismo señor Gual.
El cuentista es otro maniático. Todos somos maniáticos; los que no, son animales raros.
Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 243 visitas.
Publicado el 29 de febrero de 2024 por Edu Robsy.
Con guantes de operar, hago un pequeño bolo de lodo suburbano. Lo echo a rodar por esas calles: los que se tapen las narices le habrán encontrado carne de su carne.
«¿Cómo echar al canasto los palpitantes acontecimientos callejeros?»
«Esclarecer la verdad es acción moralizadora».
El Comercio de Quito
«Anoche, a las doce y media próximamente, el Celador de Policía
N.º 451, que hacía el servicio de esa zona, encontró, entre las calles
Escobedo y García, a un individuo de apellido Ramírez casi en completo
estado de postración. El desgraciado sangraba abundantemente por la
nariz, e interrogado que fue por el señor Celador dijo haber sido
víctima de una agresión de parte de unos individuos a quienes no
conocía, sólo por haberles pedido un cigarrillo. El Celador invitó al
agredido a que le acompañara a la Comisaría de turno con el objeto de
que prestara las declaraciones necesarias para el esclarecimiento del
hecho, a lo que Ramírez se negó rotundamente. Entonces, el primero, en
cumplimiento de su deber, solicitó ayuda de uno de los chaufferes
de la estación más cercana de autos y condujo al herido a la Policía,
donde, a pesar de las atenciones del médico, doctor Ciro Benavides,
falleció después de pocas horas.
»Esta mañana, el señor Comisario de la 6.a ha practicado las diligencias convenientes; pero no ha logrado descubrirse nada acerca de los asesinos ni de la procedencia de Ramírez. Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso.
»Procuraremos tener a nuestros lectores al corriente de cuanto se sepa a propósito de este misterioso hecho».
No decía más la crónica roja del Diario de la Tarde.
Leer / Descargar texto 'Un Hombre Muerto a Puntapiés (cuentos)'
Dominio público
52 págs. / 1 hora, 31 minutos / 1.186 visitas.
Publicado el 29 de febrero de 2024 por Edu Robsy.
HABÍA soportado lo mejor posible los mil pequeños agravios de Fortunato; pero cuando se atrevió a llegar hasta el ultraje, juré que había de vengarme. Vosotros, que tan bien conocéis mi temperamento, no supondréis que pronuncié la más ligera amenaza. Algún día me vengaría; esto era definitivo; pero la misma decisión que abrigaba, excluía toda idea de correr el menor riesgo. No solamente era necesario castigar, sino castigar con impunidad. No se repara un agravio cuando la reparación se vuelve en contra del justiciero; ni tampoco se repara cuando no se hace sentir al ofensor de qué parte proviene el castigo.
Es necesario tener presente que jamás había dado a Fortunato, ni por medio de palabras ni de acciones, ocasión de sospechar de mi buena voluntad. Continué sonriéndole siempre, como era mi deseo, y él no se apercibió de que ahora sonreía yo al pensamiento de su inmolación.
Fortunato tenía un punto débil, aunque en otras cosas era hombre que inspiraba respeto y aun temor. Preciábase de ser gran conocedor de vinos. Muy pocos italianos tienen el verdadero espíritu de aficionados. La mayor parte regula su entusiasmo según el momento y la oportunidad, para estafar a los millonarios ingleses y austriacos. En materia de pinturas y de joyas, Fortunato era tan charlatán como sus compatriotas; pero tratándose de vinos antiguos era sincero. A este respecto yo valía tanto como él materialmente: era hábil conocedor de las vendimias italianas, y compraba grandes cantidades siempre que me era posible.
Fué casi al obscurecer de una de aquellas tardes de carnaval de suprema locura cuando encontré a mi amigo. Acercóse a mí con exuberante efusión, pues había bebido en demasía. Mi hombre estaba vestido de payaso. Llevaba un ceñido traje a rayas, y en la cabeza el gorro cónico y los cascabeles. Me sentí tan feliz de encontrarle que creí que nunca terminaría de sacudir su mano.
Díjele:
Dominio público
7 págs. / 12 minutos / 1.948 visitas.
Publicado el 24 de abril de 2016 por Edu Robsy.