De repente se hizo de noche en aquella parte del mundo. Ni siquiera
se veía el titilar de las estrellas. Y, lo que era peor, tampoco se
podía hablar de la luz: había que pensar que las tinieblas eran lo único
que existía. Para que nadie, aprovechando la noche, viniera a robar
algo o a confundir, o a recordar como era la luz, hicieron levantar un
muro sólido que les rodeaba. Nadie podría entrar, pero tampoco salir.
¿Para qué? ¿No estaba todo oscuro? ¿Qué otra cosa, más que negrura, se
podría ver yéndose lejos?
Pasó el tiempo, inexorable, imposible de parar, y las tinieblas
continuaban, con su monótona penumbra... ¿Cómo soportar una noche tan
larga? ¿Cómo olvidar los colores y las formas del mundo azul que habían
conocido?
Un día alguien, por fin, se atrevió a hablar de lo que sucedía:
— Esto —dijo— es oscuridad, pero nosotros tenemos ojos para ver.
Estas palabras hicieron reflexionar a los habitantes de la oscuridad.
Con el tiempo, ese pensamiento fue ahondando en ellos hasta tornarse
deseo, y un día, varios, a escondidas, hirieron de muerte las tinieblas:
arrancaron una piedra del muro. Al otro lado hacía tiempo que se había
hecho de día, y por el hueco entró un claro y dorado rayo de sol. La luz
era una gloria que venía a revelar las formas, las caras, el color...
¡la verdad de las cosas!
Algunos no querían que entrara la luz. Insistían en las ventajas de
la oscuridad, que era cómoda, que era conocida, y tapiaron el agujero.
Pero los hombres volvieron a horadar el muro: primero una piedra, luego
otra, hasta que todo el muro cayó y la luz penetró totalmente, venciendo
a las tinieblas, irrandiando libertad.
No hubo forma de que las cosas volvieran a ser como antes: los
hombres volvían a ver y, bajo su mirada nueva, las cadenas se rompieron
por siempre.
Presentado al concurso escolar de relatos de Coca-Cola en 1.990.
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