Existe en Francia una cosa tan peculiar, tan genuina del carácter
nacional, que con dificultad se encuentra en otro país cualquiera: la
conversación, en cuya especialidad no hay nadie que pueda competir con
los franceses.
En el resto del globo se discute, se argumenta, se perora; sólo en
Francia se conversa por costumbre.
No pocas veces, estando yo en Italia, en Alemania o en Inglaterra, me ha
ocurrido anunciar de pronto que al día siguiente me volvía a París. Si
alguno, admirado de tan súbita resolución, me preguntaba:
—¿A qué vas a París?
Yo le respondía sencillamente:
—A conversar.
Y no era flojo su asombro al saber que yo, ahito de conversación,
pensaba en hacer un viaje de centenares de leguas sólo por darme el
gusto de conversar.
Nadie podía explicarse un capricho semejante; sólo me comprendían los
franceses. Estos solían exclamar:
—¡Qué dicha! ¡qué placer!
Y sucedía a veces que alguno de ellos se venía conmigo.
A decir verdad no hay nada más grato que esas minúsculas tertulias que
en un salón elegante improvisan unas cuantas personas charlando a su
sabor, dando vueltas a una idea mientras dura el hechizo que produjo,
para abandonarla después de sacar de ella todo el partido posible,
cediendo al atractivo de otra nueva que a su vez surge en medio de las
bromas de unos, de los discreteos de otros y de las agudezas de todos,
lo cual no obsta para que súbitamente, al llegar al punto culminante de
su desenvolvimiento, se desvanezca como pompa de jabón tocada por la
dueña de la casa, que mientras sirve el te lleva de grupo en grupo el
hilo de la charla general, recopilando opiniones, pidiendo pareceres,
planteando problemas y obligando casi siempre a cada corrillo a verter
su correspondiente frase en ese tonel de las Danaides que se llama «la
conversación».
Información texto 'Amaury'