Diga lo que diga un hijo del hombre
A su corazón de los dioses del cielo,
Éstos han mostrado al hombre, con enorme celo,
Gracias maravillosas y amor infinito.
Oh, dulce amor; oh, vida mía, encanto,
Querida; aunque los días nos separen
Más allá de toda esperanza, y nos alejen tanto,
Los dioses no nos apartarán dos veces tan seguidas.
Swinburne, «Les Noyades».
Dado el número de excombatientes afectados todavía por sus
experiencias que ingresaron en la Logia de Instrucción (afiliada a la I.
E. 5837, Fe y Obras) en los años siguientes a la guerra, lo raro es que
no hubiera más problemas con los Hermanos que al encontrarse de pronto
con antiguos camaradas se veían retrotraídos a un pasado todavía
reciente. Pero nuestro regordete médico local de barba puntiaguda —el
Hermano Keede, Guardián Mayor— siempre estaba listo para atender los
casos de histeria antes de que fueran a más, y cuando me tocaba a mí
examinar a Hermanos desconocidos o no certificados del todo desde el
punto de vista masónico, le pasaba todos los casos que me parecían
dudosos. Keede había sido oficial de sanidad de un batallón del sur de
Londres durante los dos últimos años de la guerra, y naturalmente solía
encontrarse con amigos y conocidos entre los visitantes.
El Hermano C. Strangwick, recién ingresado en la masonería, joven y
relativamente alto, nos llegó de una logia del sur de Londres. Sus
documentos y sus respuestas parecían por encima de toda sospecha, pero
tenía en los ojos enrojecidos una mirada de estupefacción que podría
significar algo de los nervios, de manera que me ocupé de presentárselo
especialmente a Keede, que descubrió que se trataba de un antiguo
ordenanza de la Plana Mayor de su batallón, lo felicitó por haberse
recuperado —lo habían licenciado por mala salud, no sé exactamente qué— e
inmediatamente empezó a recordar cosas del Somme.
Información texto 'Una Madonna de las Trincheras'