Querido doctor, me pongo en sus
manos. Haga usted de mí lo que guste.
Voy a decirle con toda franqueza mi
extraño estado de ánimo, y juzgue si no sería mejor que
cuidasen de mí durante algún tiempo en una casa de salud, en
vez de dejarme presa de las alucinaciones y sufrimientos que
me atormentan.
Ésta es la historia, larga y exacta,
de la singular enfermedad de mi alma.
Vivía yo como todo el mundo, mirando
la vida con los ojos abiertos y ciegos del hombre, sin
sorprenderme ni comprender. Vivía como viven las bestias, como
vivimos todos, cumpliendo todas las funciones de la
existencia, analizando y creyendo ver, creyendo saber,
creyendo conocer lo que me rodea, cuando un día me di cuenta
de que todo es falso.
Fue una frase de Montesquieu la que
súbitamente iluminó mi pensamiento. Es ésta: «Un órgano de más
o de menos en nuestra máquina nos hubiera dado una
inteligencia distinta. En una palabra, todas las leyes
asentadas sobre el hecho de que nuestra máquina es de una
determinada forma serían diferentes si nuestra máquina no
fuera de esa forma.»
He pensado en esto durante meses,
meses y meses, y poco a poco ha penetrado en mí una extraña
claridad, y esa claridad ha creado ahí la oscuridad.
En efecto, nuestros órganos son los
únicos intermediarios entre el mundo exterior y nosotros. Es
decir, que el ser interior que constituye el yo se halla en
contacto, mediante algunos hilillos nerviosos, con el ser
exterior que constituye el mundo.
Pero, además de que ese ser exterior
se nos escapa por sus proporciones, su duración, sus
propiedades innumerables e impenetrables, sus orígenes, su
futuro o sus fines, sus formas lejanas y sus manifestaciones
infinitas, nuestros órganos, sobre la parcela que de él
podemos conocer, no nos suministran otra cosa que informes tan
inseguros como poco numerosos.
Información texto 'Carta de un Loco'