No se dormía con tranquilidad una noche en la plaza fuerte desde que
era cosa segura que iban a ser atacados. Y no por un golpe de
aventureros que buscaban en la piratería un provecho vergonzoso y
arriesgaban la horca ante la perspectiva de mezquino botín, sino por una
escuadra de bucaneros, aguerrida, bien tripulada, en cuya proa la
bandera de las lises significaba el poderío creciente y sólido de Luis
XIV.
La plaza, mal guarnecida y mal artillada, no se encontraba dispuesta a
resistir largos e impetuosos asedios. De sorpresa no la cogerían,
porque el gobernador, aquel Naharro, a quien los indios habían truncado
en un combate la mano derecha, tenía tomadas sus precauciones para no
dejarse saltear. La vigilancia era escrupulosa, y ni de día ni de noche
se interrumpía. Para dar descanso a los varones que habían de defender
la fortaleza habíanse puesto de acuerdo las mujeres y organizado, entre
sí, la guardia nocturna. La esposa del gobernador, doña Teresa de
Saavedra, las mandaba. Y algunas veces, al encontrarse rodeada de su
singular milicia, se le escapó a la señora decir:
—Para algo más que rondar de noche servimos nosotras. Ya se verá cuando llegue el caso.
Estos conatos de acometividad los reprimía el Manco con un gruñido violento y brusco.
—No buscar tres pies al gato, doña Teresa de mis entrañas… Cosas son
éstas de hombres, y vuesa merced me ha salido hombruna… Son hombrunas
todas cada una se cree una Monja Alférez. Vigilen bien y harto harán con
ello.
Más no fue de noche, sino de día, y muy claro, cuando la enemiga
escuadra se dejó ver, formada en orden de batalla, y a poco, una canoa,
conduciendo a un parlamentario, vino a atracar al pie del castillo. El
Manco dio al mensaje por respuesta cerrada negativa. La fortaleza no se
rendía, y podía el señor almirante enemigo intentar tomarla cuando
gustase.
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