I
—Aún sesenta minutos… hasta la medianoche
—dijo Ariost y se sacó la delgada pipa holandesa de la boca—. El de allí
—y señaló un retrato oscuro en la pared, de color marrón por el humo,
cuyos rasgos apenas eran reconocibles— fue Gran Maestre hace cien años
menos sesenta minutos.
—¿Y cuándo se disolvió nuestra Orden? Quiero decir, ¿cuándo
degeneramos en compañeros de taberna, como lo somos ahora? —preguntó una
voz oculta por el denso humo de tabaco que llenaba la antigua sala.
Ariost acarició su larga barba blanca, llevó luego la mano, dubitativo, a la golilla y, por último, a su sotana de seda.
—Debió suceder en los últimos decenios… tal vez… ocurrió poco a poco.
—Has tocado una herida que tiene en el
corazón, Fortunato —susurró Baal Schem, el Archicensor de la Orden con
los atavíos de los rabinos medievales, y se acercó a la mesa desde la
oscuridad de un nicho de ventana—. ¡Habla de otra cosa! —y en voz alta
continuó:
»¿Cómo se llamaba este Gran Maestre en la vida profana?
—Conde Ferdinand Paradies —respondió rápidamente alguien situado
junto a Ariost, introduciéndose, comprensivo, en la conversación—, sí,
eran nombres ilustres los de aquellos años, y antes también. Los condes
Spork, Norbert Wrbna, Wenzel Kaiserstein, el poeta Ferdinand van der
Roxas. Todos ellos celebraban el «Ghonsla», el rito de la logia de los
«hermanos asiáticos», en el viejo jardín de Angelus, donde ahora está la
ciudad. Inspirados por el espíritu de Petrarca y de Cola Rienzos, que
también eran nuestros hermanos.
—Así es. En el jardín de Angelus. Llamado así por Angelus de
Florencia, el médico personal del emperador Carlos IV, que dio asilo a
Rienzo hasta que lo entregaron al Papa —intervino excitado Ismael
Gneiting.
Información texto 'El Albino'